Martin Santivañez
El Bicentenario de la reconciliación
El país no puede paralizarse por el encono destructivo

En su programa “Diálogos de fe” el cardenal Juan Luis Cipriani ha sido enfático al señalar que toda reconciliación es “dolorosa”. Ciertamente, para perdonar de verdad al prójimo tenemos que realizar un ejercicio doloroso de perdón en el que hemos de optar por renunciar a la venganza y el ojo por ojo en pos de un bien superior. Este bien superior, tratándose del Perú, es el bien común de cara al Bicentenario. ¿Significa esto que todo debe quedar impune y que Odebrecht ha de convertirse en periódico de ayer? En absoluto. La reconciliación del pueblo peruano pasa inevitablemente por la correcta atribución de responsabilidad jurídica a los actores de nuestra clase dirigente.
En este sentido, justicia no es venganza. La reconciliación debe materializarse en dos grandes consecuencias. La primera radica en el ejercicio de la justicia sobre aquellos que contribuyeron desde el Perú al caso más grande de corrupción de la historia latinoamericana. Los delincuentes de cuello y corbata que se enriquecieron con la corrupción brasileña deben ser juzgados y el Estado de derecho ha de imponerse de manera justa, sin ejercer una venganza política. He aquí la reconciliación moral que necesita nuestro país, una reconciliación ética que exige la aplicación estricta del derecho (el castigo pertinente a cada crimen) sin cebarse vengativamente en las personas por mor de la política.
La segunda reconciliación es la que tiene que ver con la política. El círculo de la transición democrática solo se cerrará cuando cesen los antis y su furia vengativa. El odio político ha logrado dividir al país paralizándonos. El odio nos impide avanzar hacia el Bicentenario. El odio ha levantado barreras artificiales entre los peruanos. El odio, por último, ha descubierto que su propia existencia depende de su expansión. Por eso, se resistirá a morir y siempre quedará un remanente. Pero la mayor parte de la población debe comprender que si el odio es el motor de nuestra historia, la postración nacional es nuestro destino. De varias formas, nuestra irrelevancia continental tiene que ver con estas fracturas mal resueltas que, por una falsa comprensión de la tolerancia, nos hemos empeñado en mantener.
Las sociedades, en este punto, se asemejan a las personas. Las mujeres y hombres consumidos por una pasión se encuentran paralizados para toda acción positiva. El Perú no puede paralizarse en un remolino eterno de encono destructivo. Por eso, la reconciliación pasa por la aceptación de una premisa básica: Fuerza Popular se encuentra legitimada para gobernar. Las transiciones española y chilena (en el fondo, toda transición) culminaron cuando los dos bandos enfrentados comprendieron que ambos podían y debían gobernar. La alternancia democrática está fundada en el reconocimiento del adversario político. Adversario no es enemigo. La democracia, con todo, sí tiene enemigos. El enemigo político, el verdadero hostis, es aquél que pretende acaparar la potestad de decidir quién es el jugador y cuáles son las reglas. Esto es particularmente execrable, porque una minoría ideologizada se arroga el poder de la mayoría, transformando su interés particular, un interés faccioso, en un falso bien común.
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