Carlos Rivera
Cuando vivir es una ironía
In memoriam Gonzalo Guillén Peralta (1939-2023)

Tal vez muchos lo recordarán en su faceta de arquitecto o acuarelista. Los matices de una vida llevada a su máximo apogeo le alcanzaron a Chalo (Gonzalo Guillén Peralta) para dejar su luminoso legado como un artista polifacético. Amistades, devotos, discípulos y seguidores. Cariños de todos lados y en todas las formas para un hombre que se entregó a crear mundos a través de un lápiz. Dibujante de trazo cáustico, comentarista de obras, periodista, cuentista de anécdotas sorprendentes, bohemio, amante apasionado de la vida y de sus elixires que atavían la existencia para soportarla con decoro.
Era una tarde del 2009 y yo regresaba de comprar mi atado de alfalfa para mis cuyes quienes en maratónica pose sufriente reclamaban su venerable comida y compadecido de esas miradas fui velozmente a traerles su manjar verdoso. Al cruzar la línea del tren que pasaba por mi barrio (La Libertad) en Cerro Colorado desde una tienda oí unas voces que reclamaban mi presencia: eran unos amigos que discutían (y bebían) con dos caballeros muy distinguidos y educados. Yo no podía quedarme a oírlos; además asumí que eran solamente unos entusiastas señorones con los que fácilmente podía charlar en cualquier oportunidad. Asediado por mis camaradas parroquianos para que desafíe los argumentos de los visitantes, me sentí en el deber moral de exponer algunas cuestiones. Dejé la alfalfa para mis animalitos y regresé rápidamente a continuar con la cháchara. Un graduado en Oxford(magno ejemplar de un ciudadano cosmopolita que había recorrido la mitad del mundo con sus conocimientos) y un artista cultísimo no eran muy común por estos lares.
Ya libre de mi compromiso entré de lleno al debate sobre política y el periodismo de antaño. Grande fue mi sorpresa cuando Chalo hizo una reflexión brillante acerca de Federico More y sus broncas con el aprismo. Chalo vestía un saco a cuadros, una camisa amarilla, un sombrero estilo Fedora y unos ademanes criollos y como buen arequipeño cantando la últimas sílabas y pidiendo por favor que le repitieran algunas palabras porque la sordera de un oído le impedían oír claramente. No era un erudito ni un especialista, pero conoció a los hombres valiosos de su tiempo y contrapunteaba con brillantez y audacia retórica. Sus saberes eran un amasijo de experiencias y libros de toda laya. Exhibía una manera singular de conversar que hacían juego con su mediana figura y vigor de caballero inglés.
El viejo líder del partido del pueblo (Haya de la Torre) era mi tema de estudio por esos tiempos y mi admiración por More me condujeron a reverenciar su estilo profano y estético de un hombre que latigueaba con el lenguaje. “¡Conocí a More!” Me interpeló para que no dudara de su testimonio. Tomé el vaso de cerveza y sentía una felicidad indescriptible. Estaba discutiendo con la historia cara a cara. Además hablaba con acalorado compañerismo de Francisco Bendezú, Juan Ríos, Sebastián Salazar Bondy y Paco Iguartua (una leyenda del periodismo nacional). Aquella vez nos bebimos la vida y me fui repleto de ideas y aprendizajes como un niño que va a contarle sus aventuras a su sacrosanta madrecita.
Poco tiempo después nos encontramos en la Plaza Las Américas. Era una tarde mustia y nos animamos a tomar unas cervezas acompañado de una Inca Kola. Hablamos de su entrañable amistad con Juan Ríos y sus virtudes de poeta y dramaturgo. Yo me limité a oírlo como era mi deber de catecúmeno. De un momento a otro fue avasallado por la tristeza al recordar a Juan Gonzalo Rose. Me limité a ver la ventana del barcito que nos acogía y recordar alguno de sus versos y lo juro quería llorar ante aquella estampa joyceana.
Yo recuerdo que tu eras
como el agua que beben silenciosos los ciegos,
o como la saliva de las aves
cuando el amor las tumba de gozo en los aleros.
Como vivíamos por el barrio era común encontrarnos y hablar del acontecer. Siempre nos enfrascábamos en temas de personajes como Eusebio Quiroz Paz Soldán o recuerdos de sus maestros o de su experiencia en Brasil o sus divergencias con el muralismo de Siqueiros y Diego Rivera o su paso por las revistas Oiga, Caretas y La Olla.
A fines de octubre de este año (2023) nos encontramos después de mucho tiempo cerca al Mall Arequipa Center. Sentí el gusto de tenerlo enfrente. Lo noté un poco agotado, pero con el sueño de publicar su libro de caricaturas y memorias. Como repetía: “…una miscelánea que va desde Mafalda hasta El Quijote”. Reflexiones filosóficas, artísticas y desde luego el patrimonio de su arte con el pincel y con la tinta. Emocionado le conté que leí la poesía de Juan Ríos y había incluido uno de sus discursos en el libro La memoria y la vida. Discursos. Tomo II que diera en homenaje al poeta José Gálvez (1) y también otro discurso de Cesar Miró dedicado a Ríos, a quien consagra estas palabras: “Sus sueños eran todo aquello que conducía a la belleza, que nos permitía reconciliamos con la dura realidad de la existencia porque, en, verdad, se situaba su creación poética entre los dos extremos de la experiencia vital.” (2). Chalo se puso feliz y casi entre lágrimas celebró aquella mención a manera de homenaje a su genial amigo.
Unos días después nos vimos unos minutos en el restaurante donde comía sus alimentos. Bebía un vaso de chicha morada observando a los comensales y con los brazos cruzados saboreaba el tiempo como un sabio que esclarece las tinieblas. Haciendo una cabriola de sorpresa con sus ojos reconoció mi tosca silueta chola. Me reconocía como su amigo (que para mí ya era una abundancia inmerecida de cariño) y prometimos conversar otro día con más tiempo. Meditabundo, arrasado por el coraje de la pena al enterarme de su muerte lo recordé con ternura, con esas ganas inmensas que se les regala a los seres importantes que te dan pan o a los que te regalan conocimiento. Y tal vez como dijera a su entrañable amigo Eusebio Quiroz: “En alguna caminata por la eternidad nos encontraremos”. Y ahora si nos beberemos el universo, don Chalo.
1.-Academia Peruana de la Lengua. (1985). Homenaje a José Gálvez en el centenario de su nacimiento. Discurso del Académico Don Juan Ríos. Boletín de la Academia Peruana de la Lengua, 20(20), 27-29. Recuperado a partir de https://revistas.apl.org.pe/index.php/boletinapl/article/view/521.
2.- “La estética del idioma en la obra de Juan Ríos”: 145-160. “Discurso de incorporación pronunciado en la sesión efectuada el 15 de julio de 1993”. Boletín de la Academia Peruana de la Lengua.
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