Aldo Llanos
Cristianismo y polarización política
El político cristiano debe construir caminos de unidad y reconciliación

Los enfrentamientos políticos en el Perú (así como en otras partes del mundo) son evidentes. De un modo excluyente, muchos discursos y narrativas políticas conllevan un efecto polarizador y polarizante: “si no estás conmigo estás en contra de mi”. Esta actitud está alimentada desde la perspectiva que enfrenta caridad con verdad, dándole una (supuesta) primacía a una verdad contenida en un determinado cuerpo doctrinal. De ese modo, se cierra cualquier vínculo que me una al otro cuando este no acepta dicha verdad. Si quiere ser sujeto de mi atención y de mi caridad, primero deberá suscribirla tal y como yo la expongo.
Pero la actitud del cristiano no es ni debería ser esta. Nosotros debemos ir en pos de los demás, así piensen diametralmente distinto a uno. Nuestra verdad es la caridad y no el poder, ya que “el verdadero poder es el servicio” (Francisco, 2013); y en ese sentido, el político que es cristiano no puede tener “enemigos”. El político cristiano tiene mirada universal y actúa por y para los demás. Y es congruente. No está a favor del aborto, pero tampoco a favor de la pena de muerte, de las guerras o del uso irrestricto de armas. Está a favor de la justicia social, pero no está a favor de la eutanasia ni del uso libérrimo de las drogas. Busca la paz de todos, y no solo de los suyos.
Pero para lograr una sociedad que no se pierda en los infiernos del discurso político polarizador y polarizante se requiere de testigos. Se necesita del concurso de aquellos hombres y mujeres que, por medio de una cultivada vida interior, manifiesten su experiencia de fe en la actividad política dentro del amplio abanico de posibilidades partidarias. Estos desplegarán sus actos como servicio a los demás y no como propaganda, ya que jamás condicionarán las posibilidades de cambiar el mundo con la consecución del poder. Sin embargo, también habrá quienes persisten en sostener un cristianismo “combativo” o de “milicia”, que entienden que el mundo se hace mejor no por obra de la Gracia sino por el ejercicio del poder.
Esto ocurre porque no han entendido cuál es la esencia del cristianismo: un Dios que nos “primerea” y que nos ama con tal pasión e intensidad que es capaz de apostar por uno, aunque a uno Él no le interese. Para estos, como para los que contraponen caridad con verdad, la esencia del cristianismo es la ética centrada en este aspecto: la guerra cultural contra los abortistas, liberales, marxistas, feministas, globalistas, etc., olvidando la evangelizadora tarea del encuentro y de la sanación de las heridas sociales.
En ese sentido, el cristiano es signo de contradicción en su mundo. Y si su mundo es una sociedad polarizada, el cristiano no abonará más los antagonismos sino que, por lo contrario, se esforzará, por medio de su actividad política, para construir caminos de unidad y reconciliación.
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