Hugo Neira

Hugo Neira

Trump. Santos. Chiitas en Abancay.

Trump. Santos. Chiitas en Abancay.
Hugo Neira
31 de octubre del 2016

Los rebeldes primitivos que refutan el progreso

Es posible que Donald Trump no gane las elecciones, pero nos revela una América de espanto. Una revista, Esquire, con el rostro de Trump, lleva este titular: Hater in Chief, Presidente del odio. Si ocurriera, sería un triunfo contra demócratas y contra republicanos. Y esas cosas —derrumbar todos los opositores— han ocurrido algunas veces. Hitler ganó con votos de comunistas, no solo de su partido. Era un exsoldado. Hugo Chávez, cuando vence, lo hace contra los dos partidos venezolanos dominantes. Y eso es Trump. Una encarnación de masas sin un Kennedy, más bien un Mussolini.

La revista Time titula: «Cómo Trump ya ha ganado». Se refiere a que esto no acaba este noviembre. La América de Trump existe. Y francamente, es de temblar. Al diablo, pues, encuestas y elecciones, son apenas la espuma de las cosas. Los simpatizantes de Trump son blancos pobres sin trabajo o sencillamente los olvidados del enriquecimiento, como dice más de un Nobel de Economía. Se identifican con el ultramillonario que luce su ignorancia. Su egocentrismo alivia la vergüenza de los fracasados. Por lo visto son innumerables. Ahora bien, si los simpatizantes de Trump son una vasta América de la desigualdad social y de gente que no ha abierto un libro en toda su vida de granjero o de comerciante pobretón, ¿qué pasó con el sueño americano? ¿Qué es de esa utopía de la libertad individual? ¿El dinero y la acumulación masiva conducen a ser mejores personas? Por lo visto, Trump no es la mejor prueba.

América fue un gran sueño. El que atrajo a millones de parias de la tierra. Hoy Trump es el otro lado de la moneda. El voto antisistema viene de blancos de abajo, empobrecidos. Un experto, Richard N. Haass, señala una tendencia al parecer incontenible, «la tentación del repliegue». En Europa los titulares dicen «el fin de la hiperpotencia». Los americanos mismos, «dejemos de creernos los amos de la tierra». La ascención de Trump, su vulgaridad, ha golpeado en el prestigio de los Estados Unidos. El mundo entero se pregunta cómo en América un tipo como Trump puede ser popular. Y obviamente, los ojos se vuelven al pasado. A los años treinta, una Alemania de obreros sin trabajo y excombatientes. Y un líder plebeyo y malcriado como Herr Hitler. Con ambos, el lumpen. No será la primera ni la última vez que gane el peor.

¿Qué cree el amable lector? ¿Que todo es progreso? Hay también gigantescos retrocesos. Y se vienen abajo naciones y civilizaciones enteras. Un profesor inglés, el más grande historiador del siglo XX, Eric J. Hobsbawm, en uno de sus trabajos se ocupa de «los primitivos de la revuelta» (Primitive Rebels). La revuelta, no la revolución, de los marginados, campesinos andaluces anarquistas, mafia italiana —de poder rural antes de emigrar a USA— fasci italianos, o sea, el lumpen. E incluye el valle de la Convención, la revuelta que luego se contagia a los Andes del sur. Lo conocí, cita mi libro sobre Cusco y tomas de tierras, me invita a Oxford como scholar, estuve un rato.

Ahora bien, revuelta no es siempre un conato de revolución como en el Perú de los sesenta. Puede ser una contrarrevolución. Precede a Mao la China de los boxers, chinos xenófobos. En el México de Zapata y Pancho Villa se alzaron los cristeros, manejados por curas. Dejemos de regodearnos con los problemas de una América a punto de tener en el salón oval a un neandertal. Toda civilización tiene su barbarie.

¿Han leído el artículo de la Chichi Valenzuela? «Antauro 2021» (El Comercio, miércoles 26/10). Parece que tenemos nuestros «primitivos de la revuelta». Santos el cajamarquino, los soldaditos de Antauro e islámicos en Apurímac. Y una facción de Sendero, señala Hernando de Soto. Un cóctel antimoderno y antioccidental. ¿Y qué ocurre en Lima? El presidente celebra sus cien días. Y el grupo de ministros, puras sonrisas a cinco columnas.

No sé por qué, me hacen pensar en los gabinetes de Leguía. PPK es un hombre de negocios, lo mismo que Leguía. Cree en la empresa, el sano comercio, Leguía también lo hacía. Amaba las carreras de caballos, PPK el golf. Mientras gobernaba, representaba la modernidad. Bajo Leguía, sin embargo, los anarquistas progresaban en las mutuales y los indígenas de Puno se sublevaban y masacraban a los propietarios. Reconozco que son situaciones muy distintas. Pero como dicen los cognitivistas, hay una captación inexplicable del mundo, racional-intuitiva. Me temo que esta fiesta acabe catastróficamente. No es lo que yo quisiera.

La política mundana suele acabar en un Leguía en prisión escribiendo un texto conmovedor, Yo Tirano, yo ladrón. El otro día, a una señora taxista, le pregunté cómo veía la cosa. Y me dijo, «nada de nada». «Tienen que aplicar la castración química a los violadores.» Lo siento, así piensan las señoras que chambean. ¿Van a buscarse su Trump? Scorza me decía que «los pueblos ponen huevos de donde salen inesperados dragones».

 

Hugo Neira

 
Hugo Neira
31 de octubre del 2016

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