Hugo Neira

Hugo Neira

Televisión y dos políticos peruanos

La política es pasión, coraje y el derecho a indignarse

Televisión y dos políticos peruanos
Hugo Neira
05 de marzo del 2018

 

Estando en el extranjero, no dejo de leer diarios peruanos. Y lo que no he dicho hasta ahora, veo entrevistas en la televisión a personalidades. No todas. Con internet el mundo es un pañuelo. La mayoría del tiempo lo empleo, como puede suponerse, en mis quehaceres intelectuales.

Voy a opinar. Estrictamente, una “opinión no es sino una expresión oral o por escrito” (Diccionario Casares). O sea, no es gran cosa. Voy a opinar, sin embargo, dejándome llevar por lo que se llama una impresión. Algo que he visto y oído, algo sin duda subjetivo, pero los seres humanos, además de conciencia y conocimientos, tenemos instinto. Y el periodismo —y la política— desarrollan esa tercera herramienta.

Vamos al grano. He escuchado a Keiko Fujimori cuando, con un grupo de personas de su partido y ante los periodistas, daba su parecer sobre las declaraciones últimas de Jorge Barata, que la excluye. Y he visto la entrevista a Gregorio Santos, hecha por Phillip Butters. Ahora bien, como se sabe, o debe saberse, yo no estoy ligado a ningún partido. De modo que si me equivoco, es algo que asumo personalmente. Como en los suicidios: “no se culpe a nadie…”.

Comencemos por Keiko. Estuvo sonriente, tranquila, saca unos papeles y emite un mensaje calmo y breve. Unas sonrisas, y la cosa se acaba. Ni un ¡viva el Perú!, nada. ¿Qué es lo que no va?

- En primer lugar, se trata de alguien que ha recibido 8.55 millones de votos en la segunda vuelta electoral del 2016. El 49.42%. La diferencia con PPK fue de 42,597 votos, 0,2%. Una ñizca.

- En segundo lugar, Keiko ha sido la víctima de una de las más feroces campañas de demolición personal en diarios y medios y redes sociales. Y hoy, cuando sale Barata a decir que ni la conoce, ¿hace un discursito light?

Quien haya visto esa conferencia no la puede tomar como un acto político. Más parecía una reunión de club o de alguna empresa. Y quien no supiera de lo que se trata, por ejemplo, un corresponsal venido de Finlandia, pensaría que era una notaria, una médica, por la frialdad. Mal camino. La “niña buena” —que le han recomendado— era para sus años en el Sagrado Corazón de la Recoleta. Hoy no va a convencer a sus detractores y más bien va a perder, inevitablemente, simpatizantes. La política es agon, decían los griegos, es decir combate. No malacrianza, pero sí pasión, coraje, e incluso el derecho a indignarse. En mi modesto entender, era el gran momento.

¿Qué pasaba si salía y decía lo siguiente: “A los ocho millones de peruanos que votaron por mí, les puedo decir que no los he traicionado”, o algo por el estilo. Un político —lo que se llama un “animal político”— no hubiera perdido la ocasión para enfrentar a sus rivales, tal vez con una sonrisa sardónica o una broma. Caray, ¡era una hora de triunfo! ¡Ella no ha recibido dinero! Yo imagino en la misma situación a Nadine Heredia. A Meche Aráoz. A la ministra Aljovín. Me imagino, en cualquier escenario, a Mélenchon, el francés, si durante dos años lo han jodido acusándolo de gánster, lo que hubiese dicho en la Plaza de la República a jueces y periodistas: ¡incendios! OK, me van a decir, Keiko no quiere mostrarse agresiva porque confirmaría la etiqueta que le han colgado en el cuello, “hija de autoritario”, entonces, “autoritaria”. Puede ser, pero hay que ir contra los prejuicios. Una pregunta: ¿por qué lee? En su campaña no habló sin papelito (¿?)

Para ser totalmente sincero, ella y el grupo se olvidaron de algo: del pueblo. Había que preparar ese acto no solo para los privilegiados congresistas, sino para una muchedumbre desparramada en el país enorme y fragmentado que es el Perú. Si hacen política, si viven de ella, lo cual es legal, deben pensar todo el tiempo en los que votaron por ellos. Se olvidaron de eso. Y se dicen un partido “popular”. Yo vi un grupo burgués muy satisfecho de sí mismo.

Lo que Keiko me produjo cabe en una sola palabra, decepción.

En cuanto a Gregorio Santos, sabemos quién es. Ha sido no solo presidente regional de Cajamarca, sino que lo han reelegido cuando estaba en prisión. Sabemos que paralizó el proyecto Conga y que se ha bancado catorce meses de prisión preventiva. Famoso lo es. Wikipedia: “una de las figuras actuales de la izquierda peruana”. También se apellida Guerrero, pero no se le nota. Lo he visto en el programa de Butters, que lo revolcó, sin dejar de tratarlo con amabilidad. Lo que yo vi fue alguien escurridizo, sacando el cuerpo todo el tiempo a las preguntas. Butters le pide que diga qué cambiaría en la Constitución de la que Goyo despotrica. ¡Pero no dijo nada! ¿Y su partido se llama Democracia Directa? ¡Uy! Qué de silencios y disimulos… Qué olores a sacristía.

La mala impresión que me deja Santos se llama desconfianza.

Es usted radical, dígalo Santos. No le fue mal a Alfonso Barrantes por ser sincero. Le recomendaría que pase un tiempo en una barriada de Trujillo, o en San Juan de Lurigancho. Costa, no solo la sierra cajamarquina. Hay otras culturas en nuestro país, de criollos, de cholos urbanos. Sin tantas dobleces. A los ciudadanos, como están las cosas, no se les puede seguir diciendo medias verdades. ¡Ni siquiera pudo decir que era candidato!

En Keiko, la educación y autocontrol, el peruano de a pie los toma como debilidad. Y hable, señora, no lea. Muestre sus emociones, eso es política aquí y en la Cochinchina. Y acuérdese de Vallejo, cuidado “con las crepitaciones de un algún pan que en la puerta del horno se nos quema”. Líbrese de esos “heraldos negros” —sus consejeros— que la están volviendo una lideresa encuevada.

 

Hugo Neira
05 de marzo del 2018

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