Eduardo Ponce de Vivanco

Eduardo Ponce de Vivanco

EL IMPACTO REGIONAL DE LAS IZQUIERDAS CORRUPTAS

EL IMPACTO REGIONAL DE LAS IZQUIERDAS CORRUPTAS
Eduardo Ponce de Vivanco
03 de febrero del 2017

Un monumental sistema de sobornos y cooptación política

En medio del desorden internacional que Trump está provocando, América Latina deberá lidiar, también, con la vergonzosa cruz de Lava Jato y las crecientes repercusiones de la sofisticada maquinaria de corrupción montada por el PT en Brasil, foco de la pandemia que asola a la región y a algunos países africanos. A partir de 2014, las delaciones premiadas y otros mecanismos de colaboración eficaz desentierran los alcances del monumental sistema de sobornos y cooptación política bendecido o alentado desde el Palacio de Planalto.

Comencemos por el principio. Los hechos de las últimas décadas dieron la razón a Marta Harnecker (esposa del zar de la inteligencia cubana, Manuel Piñeiro) cuando recomendó a las izquierdas no llegar al poder por la fuerza, sino por el voto. Con esa pauta, Chávez primero y Lula después, secuestraron a la democracia, instrumentando la corrupción y el soborno, para financiar la expansión de un populismo orquestado por la tríada Cuba-Brasil-Venezuela. Una fluida coalición entre el marxismo castrista, el “socialismo del siglo XXI” de los socios del ALBA (que Chávez compró con petróleo robado a los venezolanos) y la legión antisistema del Foro de Sao Paulo, que Fidel Castro y Lula crearon en 1990 para contrarrestar la caída de la Unión Soviética y luchar contra EE.UU. y la democracia liberal de Occidente.

La inesperada impronta venal de Lula y el PT elevó los niveles de la corrupción brasileña a un rango sistémico. La compra de congresistas (mensalao), tan grave de por sí, se empequeñeció junto al petrolao, el cartel de emprenteiras (constructoras) alrededor de Petrobras (que en Brasil se consideraba como un Estado dentro del Estado). Todos contribuían para que las licitaciones beneficiaran a la empresa de “turno”, según la rotación acordada. Contrastan modalidades primitivas como la de los doleiros —que transportaban billetes pegados al vientre— y la sofisticación de las operaciones “estructuradas” de Odebrecht. Lo obvio es que durante varios lustros esas empresas fueron las bandeirantes del socialismo brasileño, los instrumentos de la hegemonía regional que se proponía liderar con el ALBA y gobiernos afines.

Con el subsidio financiero del inmenso Banco Nacional de Desarrollo Económico y Social (BNDES) y Hugo Chávez como vanguardia vociferante, Lula supo aprovechar una coyuntura geopolítica propicia para generar la imagen de una izquierda moderada y dialogante. En lo peor de la crisis financiera de 2008, el Grupo de los 20 reconoció a ciertos países emergentes como un factor de recuperación importante a cambio del otorgamiento de mayores derechos en el Fondo Monetario Internacional, incluyendo la incorporación del yuan en la canasta de monedas que respaldan los Derechos Especiales de Giro.

La posterior degeneración del lulismo y el chavismo los mostró como responsables del fracaso económico, agravado por la enorme corrupción de sus sistemas políticos. Coaligados con el kirchnerismo, se sirvieron del Mercosur, la Unasur y la CELAC como escudos protectores de sus mercados cerrados y su cultura político-partidaria.

Por ejemplo, el lulismo sirvió a Ollanta Humala para aparentar que marginaba al chavismo a fin de ganar las elecciones peruanas con la garantía moral de Vargas Llosa. La opción brasileña acrecentó el “apoyo” de Odebrecht a la pareja presidencial y aumentó la actividad de otras emprenteiras, como Camargo Correa, OAS, Andrade Gutierrez y Queiroz Galvao. Todas trabajaban y sobornaban en el Perú y en otros países, pero nadie imaginaba que sus contratos eran fruto del patrón mafioso de un cartel centralizado en Petrobras y los gobiernos petistas que corrompieron a políticos y burócratas. No adivinaron las dimensiones del esquema “oficial” de la corrupción brasileña, ni la debacle que provocarían las delaciones premiadas de los imputados, dentro y fuera de Brasil (que aun tienen mucho que mostrar).

La magnitud del Petrolao ha impregnado la agenda política regional con la confesión de Odebrecht en EE.UU. que, en el caso del Perú, señala a los regímenes de Toledo, García y Humala. Este último y la alcaldesa izquierdista de Lima, Susana Villarán, se favorecieron del asesoramiento electoral del experto Luis Favre, supuestamente financiado por las emprenteiras que corrompieron en diez países de la región. Curiosamente, Cuba no figura entre ellos, a pesar del casi billonario proyecto para potenciar el puerto de Mariel, que fue personalmente promovido por Lula con el generoso financiamiento del BNDES al gobierno castrista.

La reacción ejemplar de la justicia brasileña es una referencia ineludible. El impacto regional de Lava Jato contra la institucionalidad de los estados ha sido tan fuerte que podría provocar una respuesta saludable de algunos sistemas de justicia capaces de convertir la crisis en oportunidad, fumigando a los políticos y burócratas que ensucian la administración pública. De ser así, el estado de derecho y los valores de la democracia liberal servirían a la regeneración moral que exige la dignidad y el prestigio de nuestros países.

Publicado por Infolatam

Por J. Eduardo Ponce Vivanco
Eduardo Ponce de Vivanco
03 de febrero del 2017

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