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Combi Perú

Columna

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1 de Junio del 2017

Llegaremos al bicentenario en pleno retroceso

La Cosa Nostra caviar ha decidido apuntalar al gobierno de PPK extendiéndole su manto protector, como hizo con Toledo y Humala. Han hecho un inusitado despliegue de poder atacando al contralor, luego de pintarlo de naranja para lanzarle encima a los perros rabiosos del antifujimorismo. Y todo por atreverse a cuestionar al gobierno.

El premier Fernando Zavala es como un niño haciendo travesuras mientras el padre, PPK, está entretenido con el celular. Zavala cree que sigue siendo el gerente de una empresa y salió a reprender al contralor y al Congreso quejándose de su falta de colaboración, como si se tratara de dos conserjes que no le llevan el café a tiempo. Ambas entidades le pidieron que se comporte, pero la prensa caviar salió como una madre sobreprotectora a responderles a gritos y apañar al nene malcriado. Cada vez resulta más evidente que acá hay una casta de intocables bajo el manto caviar.

El escenario político es como un jardín de infantes retardados, donde todos se tiran las cosas. Entienden la política como una guerrita que hay que ganar. La pandilla webera del progresismo se ha sumado en apoyo del gobierno, trepada en las rejas de Palacio y esperando seguir mamando de la teta del Estado. Desde sus redes y medios siguen arrojándoles piedras a todos los críticos del gobierno, practicando su deporte favorito, el antifujimorismo, y secundados por el lumpen que celebra con risotadas y aplausos sus trapacerías.

La prensa ha cambiado de oficio. Hoy se dedica a la prostitución mediática, vendiendo su apoyo a cambio de publicidad estatal. Muchos solo viven de eso. Ya no informan con veracidad ni educan. Solo sirven para seguir en su eterna campaña antifujimorista y en apoyo del gobierno. Sin objetividad ni decencia, se han llenado de baratos escribas progresistas que usan sus columnas como ventanas de palomilla.

Los primeros actores del teatro político no pasan de ser meros improvisados que saltan al escenario desde las tribunas. No tienen preparación ni oficio y acaban siendo pifiados por el público apenas en el segundo acto. Para colmo, algunos se van con el dinero recaudado. Los actores secundarios son todavía peor. No pasan de ser meros activistas, posando como referentes intelectuales y profiriendo sus pamplinas en defensa de su causa cursi, o denigrando al sujeto de sus odios en aras de la moral.

Es lo que hay en un país donde nunca hubo partidos políticos reales, organizados alrededor de ideas, sino solo personajes e intereses de grupo. Históricamente han sido las Fuerzas Armadas y la Iglesia católica las que tuvieron que ejercer como partidos políticos, unas arranchándose el poder y la otra orientando las ideas y ocupándose finalmente de lo que el Estado no hacía. La República no fue producto de un anhelo ciudadano con una visión de país, sino la consecuencia imprevista, secundaria y hasta molesta de un proceso ajeno. Por eso mismo nunca supimos qué hacer con la República y nos dedicamos a copiar como monos todo lo que veíamos afuera, sin entender su sentido. Nuestras instituciones son solo fachadas de cartón, y adentro todos simulan ser de utilidad social.

Los que piden “grandes cambios” no aceptan estos cambios. Nadie quiere, por ejemplo, liberalizar el empleo. Sin libertad para contratar y despedir no habrá más empleo; sin desmontar el castillo de derechos laborales que se yergue como una fantasía nacional, cual tótem de adoración, no se reducirá el 70% de informalidad laboral. ¿Alguien quiere estos cambios? Se asustan. Solo piden cambios, pero en el fondo no quieren que nada cambie. Solo quieren maquillaje.

Ya deberíamos trasladar los servicios públicos al sector privado. La insistencia en el fracasado manejo estatal es como la del drogadicto que no quiere dejar la droga. Sin un cambio de mentalidad no se pueden lograr cambios. El progresismo quieren hacernos creer que sus ridículas causas cursis son los cambios que necesitamos para ser un país de avanzada, y el gobierno le sigue la cuerda. Todo parece indicar que llegaremos al bicentenario en pleno retroceso y en mayor crisis. Una lástima.

Dante Bobadilla