Eduardo Ponce Vivanco

Eduardo Ponce Vivanco

Chile acierta mientras el Perú salta al vacío

Vacancia presidencial nos desprestigiaría como país

Chile acierta mientras el Perú salta al vacío
Eduardo Ponce Vivanco
20 de diciembre del 2017

La sensatez y responsabilidad ciudadana vencieron a la apatía de los chilenos ausentes en primera vuelta que, por segunda vez, definieron la contundente victoria de Sebastián Piñera. Es probable que hayan sido motivados por el apoyo de la extrema izquierda incrustada en el Frente Amplio de Beatriz Sánchez que las encuestas encumbraron, amenazando con una sorpresa que habría significado el continuismo del modelo Bachelet.

La elección vecina ha coincidido con la debacle que sacude al Perú, donde los políticos compiten por llevarnos, alegremente, al despeñadero. El crecimiento sostenido que arrancó en los años noventa, fortalecido por los gobiernos democráticos posteriores, sufrirá un brusco estancamiento hasta que salgamos del hoyo cavado, afanosa y gratuitamente, por los mismísimos vencedores de las últimas elecciones nacionales. Un hoyo cavado “a cuatro manos” por quienes elegimos para liderar el Ejecutivo y el Congreso.

Dadas las innegables convergencias programáticas entre PPK y Fuerza Popular, esperamos en vano que su responsabilidad y madurez conducirían a una fructífera confluencia en beneficio del desarrollo nacional. Sin embargo, contrariando la sensatez y traicionando a sus electores, los elegidos coincidieron más bien en empujarnos al precipicio de la ingobernabilidad que ahora más que nunca se cierne sobre el país.

A la guerra política declarada se ha sumado una guerrilla de interpretaciones y pretextos legales y reglamentarios para ignorar el problema de fondo: el antagonismo emocional e irracional entre los líderes responsables de los poderes Ejecutivo y Legislativo. No pasarían dos meses entre la vacancia presidencial, la asunción del primer vicepresidente y los obstáculos que el ex gobernador de Moquegua enfrentaría cuando nuestros feroces tribunos reaviven las acusaciones que lo obligaron a renunciar a su cargo de ministro de Transportes. No hay que ser adivino para anticipar esta previsible y desafortunada escalada que ahondaría la crisis absurda que padecemos.

Absurda, digo, porque es superable. Y quienes deben superarla son los dos principales líderes políticos, Pedro Pablo Kuczynski y Keiko Fujimori, quienes tienen la perentoria obligación moral de asegurar que el Perú sea un país gobernable y que su desarrollo no se ahogue en un pantano parecido al que vivimos en la década 1980-1990. Ellos deben enmendar la crisis que han provocado por su resentimiento mutuo y la ridícula pugna de poderes a la que han sometido al país. Es la responsabilidad de ambos.

En la malhadada entrevista presidencial del domingo fue evidente para todos el diálogo de sordos y la imposibilidad de los periodistas de entender el lenguaje de PPK cuando se refería a prácticas corporativas de financistas y banqueros. El durísimo interrogatorio de sus escandalizados inquisidores fue de menos a más y desencajó a un hombre mayor en el Palacio de Gobierno. El tembloroso interrogado no solo exhibió su conocida falta de elocuencia, sino que (pensando en inglés) también incurrió en contradicciones y frases inconvenientes. ¿A quien puede habérsele ocurrido juntar a varias conductoras de los programas políticos dominicales y un columnista para que compitan en destrozar al presidente en su propia casa?

 

Esta catastrófica sucesión de desaciertos configura la crisis que, tan inoportunamente, limitará el impacto vigorizante de la reconstrucción y, peor todavía, nos impedirá aprovechar el nuevo ciclo alcista de los precios del cobre y los minerales, que podrían acelerar el crecimiento, multiplicar las inversiones, reducir la pobreza y fortalecer la gravitación regional del Perú. Lamentablemente no solo es lo que dejaríamos de ganar, sino lo que perderíamos, mientras vecinos sensatos y maduros —como Chile, Colombia y Argentina— aprovecharán al máximo lo que nosotros desperdiciamos irresponsablemente (olvidando que los ciclos revierten y que una desaceleración de China, por ejemplo, dispararía la baja de los metales).

Todavía peor. Además de avergonzarnos ante nosotros mismos, el desprestigio internacional que provocaría una vacancia presidencial sobre bases cuestionables nos afectaría drásticamente porque alimentaría dudas sobre la solvencia institucional, la seguridad jurídica y la existencia de una democracia gobernable y funcional en el Perú.

La crispación que vivimos y el aumento de la conflictividad social, especialmente en las zonas mineras, paralizarían inversiones que se consideraban hechas y permitirían que las izquierdas culpen al sistema económico, al capitalismo y al libre mercado. Las alternativas castro-chavistas estarán al acecho para aupar a cualquier candidato con posibilidades de hundir el modelo liberal que prefieren los peruanos, y condenarán a banqueros y empresarios para hacer olvidar las miserias socialistas y totalitarias, campeonas de la corrupción. ¿Quién subraya que las enormes inversiones de Odebrecht en la Cuba comunista ($ 680 millones solo en Puerto Mariel) y la Venezuela chavista ($ 2,000 millones, por lo menos) son mucho mayores que en cualquier otro país latinoamericano?

¿Cuántas vestiduras han sido rasgadas por la elección de empresarios tan ricos como Macri en Argentina o Sebastián Piñera, una de las grandes fortunas chilenas? ¿Habrán dejado de percibir dividendos por las ganancias de sus empresas (de cuya gestión seguramente se desligaron)? ¿Y qué podría decirse del respetado Emmanuel Macron, el liberal-revolucionario francés que fue banquero de inversión nada menos que de la prestigiosa y antigua casa Rothschild, de la cual fue gerente antes de haber sido ministro de Finanzas del presidente socialista François Hollande y, luego, presidente de la República con el 65% de los votos? ¿Alguien puede creer que presidentes norteamericanos tan ricos como Teodoro y Franklin Roosevelt o J. F. Kennedy renunciaron a percibir la renta de sus fortunas e inversiones?

Es cierto que Kuczynski no dijo la verdad a tiempo y se enredó en el discurso. Pero si se observa fríamente su conducta y sus respuestas da la impresión de que hubo más candidez que ánimo de mentir. Y quienes lo lapiden por sus pecados tendrían que brillar por su propia pureza.

Declarar la vacancia presidencial sin que se pruebe la comisión de delito, y en medio de tanta tensión y controversia, puede ser el salto al vacío que nos condenaría a volver al pelotón de países rezagados del que creíamos haber salido para siempre.

Eduardo Ponce Vivanco
20 de diciembre del 2017

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