Desde el primer día de la nueva administración la izquie...
El argumento acerca de que Keiko Fujimori ganó con los votos en el extranjero es una falsedad de principio a fin. Uno de esos relatos comunistas y progresistas que han construido todas las fábulas de las últimas décadas. El fujimorismo ganó porque avanzó en casi todos los sectores de la sociedad. Considerando los votos nacionales y las actas impugnadas, Keiko gana por miles de votos. Y considerando el voto en el extranjero el fujimorismo consolida una victoria que avanzó en todas las regiones del país.
Sin embargo, antes de continuar debemos enfrentar y rechazar de plano los argumentos de la izquierda acerca de que existe un voto rural que vale más que el urbano, un voto de los nacionales que cuenta más que los sufragios en el extranjero. Semejante posición discriminatoria desconoce que el Perú hoy es una sola nación y no hay identitarismo que destruya el avance de la peruanidad en curso.
Por otro lado, es necesario precisar que Keiko no representa un voto de la capital en contra de las provincias. De ninguna manera. Con respecto a los sufragios del 2021 Fuerza Popular ha avanzado significativamente en Cajamarca, Junín, Huánuco e, incluso, el Cusco. Los datos y resultados están allí.
Sin embargo, estos hechos no deben llevarnos a ignorar que en el Perú el modelo está bloqueado, contenido, por el Estado burocrático y sobrerregulado que, en el caso de los gobiernos subnacionales, se ha convertido en un espacio de saqueo de la riqueza nacional. Semejante estado burocrático ha levantado una cordillera entre el Perú formal e informal y he allí la causa de que, en las últimas seis elecciones nacionales luego del fujimorismo de los noventa, hubo cuatro balotajes en que una fuerza planteaba la defensa de la Constitución y el Estado de derecho y otra proponía la instalación de una asamblea constituyente y un programa de nacionalizaciones, expropiaciones y estatizaciones.
El problema del Perú es que el sector privado ha producido una riqueza que, en términos proporcionales, solo puede ser comparable con la riqueza que hubo en la época del guano en el siglo XIX. La minería, las agroexportaciones, la pesquería y el sector privado financian el 80% de los ingresos fiscales, pero siguen existiendo regiones con un déficit de servicios que corresponden a sociedades de ingreso bajo. En el Perú existen 3.5 millones de personas sin agua potable pese a que las regiones y municipios han gastado tres o cuatro veces el monto requerido para cerrar esas brechas.
¿Adónde va la riqueza nacional que produce el sector privado? A obras sin criterios técnicos que no se terminan y a la corrupción generalizada. Es un saqueo total de la riqueza nacional. Y para rematar los absurdos viene el comunista, el radical, y levanta la mentira de que la gente no tiene agua potable porque las empresas no pagan impuestos.
Cifras más, cifras menos, he allí la explicación de que en seis elecciones nacionales, en las últimas décadas, hubo cuatro balotajes en que se enfrentaron el sistema versus el antisistema.
¿A qué vamos? El éxito de un gobierno de Keiko Fujimori y la posibilidad de una nueva época para el Perú no solo dependerá de contener la ola criminal, de desarrollar una nueva ola de reformas que relance la economía nacional, sino también de establecer una alianza entre pobres y ricos –tal como sucedió en los noventa– a través de un Estado presente en todo el territorio nacional. En esta alianza los ricos invierten, generan empleo y crean riqueza y pagan impuestos. Con esa riqueza transformada en tributos el Estado hace obra, construye un solo país, una sola sociedad, con servicios básicos en la costa, en la sierra, en la selva y en las punas alejadas.
Sin embargo, en esta ocasión el fujimorismo tendrá una ventaja histórica. La transformación del país se desarrollará con pleno Estado de derecho y control del poder. He allí por qué el pánico de la izquierda a un gobierno que establezca una alianza entre pobres y ricos para crear clases medias, tal como soñaba el olvidado Aristóteles.
















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