Ahora muy pocos observadores y analistas dudan de la enorme su...
No se necesita ser un experto en energía para saber que Venezuela es el país que cuenta con las mayores reservas probadas de petróleo pesado y extrapesado del mundo. La riqueza está emplazada en la franja del Orinoco. Cuando en Venezuela existía Estado de derecho y contrapesos al poder político, más allá del fracaso de los políticos y las denuncias de corrupción, el oro negro venezolano permitía que los ciudadanos de ese país cuenten con uno de los mayores ingresos per cápita en América Latina. En los setenta, por ejemplo, Venezuela estaba entre los diez países del mundo con más altos ingresos per cápita: el 70% del per cápita de un ciudadano de Estados Unidos.
Al margen de los yerros de los políticos existía una alianza entre las empresas occidentales que explotaban los campos petroleros, mediante licencias y pagos de regalías (sistema de concesiones), y el pueblo venezolano, que prosperaba de tal manera que casi todos los latinoamericanos soñaban con emigrar a las tierras llaneras. Así sucedió hasta que el chavismo procedió a nacionalizar y expropiar las concesiones de las empresas occidentales.
En las últimas dos décadas y media, Petróleos de Venezuela (PDVSA), bajo la conducción de la narcodictadura chavista, estatizó y nacionalizó todas las concesiones. Y de producir 3.5 millones de barriles diarios –antes de Hugo Chávez– todo se desplomó a una producción de menos de un millón de barriles por día. La falta de inversión, reinversión, exploración y una política extractivista y criminal con respecto a la riqueza venezolana arrasó con la prosperidad.
Mientras las oligarquías militares y los barones de la droga se enriquecían con el oro negro de los venezolanos, la pobreza se disparaba al 90% de la ciudadanía y cerca de un tercio de la población emigraba del país, huyendo del hambre, la muerte y la persecución de la dictadura. Si bien en los últimos años a Venezuela han regresado algunas empresas occidentales, el despojo de la riqueza petrolera de Venezuela se perpetró en una connivencia entre la oligarquía chavista e intereses de China, Rusia e Irán. La conclusión: una de las sociedades con más riqueza fue empobrecida a niveles superlativos, mientras surgía una narco-oligarquía que se había apropiado del oro negro.
De allí que, realmente, cause hilaridad las reacciones de las izquierdas mundiales frente al anuncio del presidente Donald Trump acerca de que empresas estadounidenses volverán a conducir los campos petroleros venezolanos. Hilaridad e ira porque también hay cinismo, pues oponerse al regreso de las empresas occidentales a Venezuela es seguir respaldando una de las mayores expropiaciones de la riqueza de un pueblo por una oligarquía despiadada.
El regreso de las empresas occidentales y estadounidenses a los campos petroleros de Venezuela producirá en toda la región no solo un terremoto económico, sino una verdadera revolución cultural. Las estatizaciones y las nacionalizaciones ya han sido testeadas –como se suele decir– y el resultado es la masacre y la hambruna generalizada de un pueblo.
El regreso de las empresas occidentales a los campos petroleros de la franja del Orinoco desarrollará una alianza indisoluble entre el gran capital y el pueblo venezolano, que estaba condenado al hambre, la muerte y la inanición por la narco oligarquía chavista.
Finalmente nos gustaría señalar una última lección sobre la tragedia que ha causado el castrochavismo en Venezuela. Los recursos naturales por sí solos no producen la riqueza, la prosperidad y el bienestar de una sociedad. Únicamente cuando existe Estado de derecho y respeto irrestricto a los derechos de propiedad la dotación de recursos naturales de un país se convierte en prosperidad y bienestar. Venezuela es un ejemplo incuestionable.
Víctor Andrés Ponce
















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