Juan Antonio Bazan

La constitución no es un “arma liberadora”

Propuesta de una nueva constitución es teóricamente anómala

La constitución no es un “arma liberadora”
Juan Antonio Bazan
02 de noviembre del 2021


La constitución del Estado es el aire que se respira, y no un “arma liberadora”. Este artículo, concebido en la línea de Michel Foucault, constituye un contraargumento al sofisma estratégico del cambio constitucional planteado por Boaventura de Sousa Santos, el Foro de Sao Paulo y la izquierda latinoamericana y peruana. Asimismo, constituye una develación de la instrumentalización estratégica que la izquierda peruana pretende perpetrar contra la Constitución, el poder constituyente y el orden jurídico en general, con el propósito de llevar a cabo un cambio constitucional que en verdad signifique un cambio de régimen político y, como consecuencia, la instauración
ipso facto del socialismo en el Perú. Las teorías foucaultianas de la “inexistencia del afuera de la ley y de la constitución”, y del “infra-derecho”, son epistemológicamente más fuertes y éticamente más nobles que la “sociología de las emergencias” y que la “función emancipadora del derecho” esgrimidas por De Sousa Santos. De modo que, este artículo es un contraargumento epistémico, una develación estratégica, y un desenmascaramiento del lenguaje con doblez de la izquierda.

La propuesta de una nueva constitución es teóricamente anómala: No parte de la normalidad del derecho, sino de la sociología de un supuesto sub-derecho. No tiene nada que ver con la teoría de la constitución, sino con la teoría de la conspiración. Este es un contraargumento de completitud, porque la izquierda propone un nuevo texto constitucional de carácter político refundacional que nada, o muy poco, tiene que ver con nuestra constitución histórica; y es un contraargumento de orientación, porque las premisas de la revolución social moderna y de la prosperidad económica son incompatibles con la teoría izquierdista del cambio radical del capítulo constitucional que establece el régimen económico liberal. Stephen Toulmin, el maestro del contraargumento, enseña que a fin de plantear oposición y redargüir el argumento contrario nuestra narrativa debe empezar por exponer los sofismas del enemigo: De Sousa Santos, en Derecho y emancipación, postula una sociología de las emergencias, en la cual reactualiza la idea de que los llamados órganos de democracia directa construyen un poder popular no hegemónico que deviene en germen del nuevo derecho socialista. Este viejo ícono del pensamiento izquierdista recomienda a sus partidarios “la utilización estratégica” de las instituciones jurídicas formales y liberales, y llega a establecer el siguiente catálogo, o camino, de la conspiración contra el Estado de derecho en general, y contra la constitución en particular: Primero, la utilización de la herramienta hegemónica llamada constitución en una determinada lucha política; segundo, la integración de la demanda constitucional con movilizaciones sociales y políticas más amplias que incluyan acciones tanto legales como ilegales; tercero, diseminar esta legalidad subalterna teniendo como objetivo la sociedad civil incivil y la sociedad civil extraña, y cuarto, someter los principios modernos de regulación social y política a una hermenéutica de la sospecha.

Michel Foucault, en Vigilar y castigar, ubicaría a este pensamiento contra constitucional, y subterráneo, de la izquierda como parte del infra–derecho. He dicho: Como parte, no como todo, ni como lo más importante del infra-derecho. Foucaultianamente, toda sociedad produciría infra–derecho. Aun así, en nuestra sociedad de la vigilancia, por ser una expresión moderna, se lleva a cabo la distinción entre la esfera de lo público y la esfera de lo privado, entre la sociedad civil y la sociedad política. De Sousa Santos se equivoca: No existen la sociedad civil incivil y la sociedad civil extraña. Precisemos: Ese infra–derecho, o derecho subalterno, no necesariamente tiene un sentido revolucionario de izquierda, y también el llamado poder popular pudiera ser un instrumento de normalización inmanente a la sociedad disciplinaria e isomorfo respecto del resto de la sociedad. Es más: El filósofo francés afirma que el derecho liberal, y por tanto la constitución, tiene como finalidad actuar como el mecanismo más importante de la regulación y de la normalización de la sociedad. Por último: De Sousa Santos y la izquierda deberían normalizarse, pues la ley está en todas partes y aun rebelándose contra la legalidad ésta se reafirma. Foucault, en El pensamiento del afuera, es liquidador: Piensa que el Estado de derecho no tiene límites, y que el derecho se hace procedimental para exigir la totalidad del yo. Para él, la constitucionalidad es total: Abarca la norma positiva, la cultura, y la subcultura. Dice el maestro francés: “pueden formarse complots, extenderse rumores de sabotaje; los incendios, los asesinatos, pueden muy bien ocupar el lugar del orden más ceremonioso; el orden de la ley no habrá sido jamás tan soberano, puesto que ahora abarca todo aquello que quiere derribarlo”. Es así: La izquierda no puede escapar de la legalidad, y aun en su conspiración es ejecutora de la legalidad liberal.

Todos estamos dentro del círculo del derecho, y de la constitución, de Foucault. Todos: Incluso la izquierda sofística y el resto de la anormalidad. El discurso extra jurídico y, paradójicamente, en favor de la nueva constitución contiene falsos argumentos. Ocupémonos de dos sofismas de accidente, en los que se pretende embrollar lo esencial con lo accidental: Primero, la constitución de 1993 debe ser cambiada por su origen, puesto que su promulgación se produjo durante el oncenio del presidente Alberto Fujimori; segundo, la constitución de 1993 debe ser cambiada por su antigüedad, puesto que su vigencia es de casi treinta años, tiempo en el cual se han producido grandes cambios en el mundo. Además, ocupémonos de dos develaciones de verdad, con las cuales se descorre el velo con que se oculta el enfoque político y los actores políticos: Primera, la izquierda ha adoptado el enfoque institucionalista por su supuesto efecto constructivista sobre la sociedad y hasta sobre el ser humano, por tanto la nueva constitución y sus instituciones políticas deben asumir la tarea de moldear al Perú para el socialismo; segunda, la patología estratégica de la nueva constitución es compartida por caviares, izquierdistas, nacionalistas, por los noctámbulos más ruidosos de la Plaza San Martín, y por el presidente Pedro Castillo y Sendero Luminoso. He aquí mis contraargumentos, y mi desenmascaramiento, a los sofismas y al enfoque de la nueva constitución: Primero, sobre el sofisma del origen: Roland Barthes ha logrado legitimidad hermenéutica con su teoría de la muerte del autor, pero sobre todo ha logrado consenso en el razonamiento jurídico con la teoría de la muerte del legislador: Con el derecho positivo, y por tanto con la constitución, ocurre como con la literatura cuyo texto es un lugar neutro, y como con el literato cuya identidad de mente y cuerpo que escriben ya no existe. Segundo, sobre el sofisma de la antigüedad: La magna carta libertatum fue otorgada por Juan I de Inglaterra en el año de 1215, trataba sobre todo de la concordancia medieval entre el rey y los barones, y no tanto de los derechos de la gente común, sin embargo contiene cláusulas vigentes en el actual ordenamiento jurídico inglés. Tercero, sobre el desenmascaramiento del enfoque: La constitución del capitalismo y la hipotética constitución del socialismo no se hacen por decreto, sino por un proceso social, económico y político. Es decir: La constitución se construye desde la sociedad civil, y no desde un acto de poder.

La izquierda concibe a la nueva constitución como un arma de guerra. Foucault, en Defender la sociedad, invierte la máxima de Carl von Clausewitz. Sostiene que el derecho es la continuación de la guerra por otros medios, y que el infra-derecho es el material de guerra. Pero, como en el derecho, en el infra-derecho tampoco existe el afuera de la ley y de la constitución. Estamos inmersos en la ley, como la ley está inmersa en nosotros. La define nuestra identidad, y constituye una consumada articulación de significados a través de los cuales vivimos. Foucault dice que “el afuera de la ley es tan inaccesible que cuando se quiere superarlo y penetrar en él se está abocado… al afuera de ese afuera mismo, a un olvido más profundo que todos los demás”. En consecuencia: A la izquierda le es metodológicamente imposible imaginar una nueva constitución desde el afuera de la ley porque nuestra imaginación es esencialmente imaginación jurídica. Lo que ocurre es que la nueva izquierda es como la vieja izquierda: Siempre tuvo los sesgos de llenarse de teoría abstracta, y de estratégicamente negarlo todo. La izquierda ha explicitado su pensamiento estratégico, y ha variado sus formas de lucha: Hoy, su línea estratégica tiene como mecanismo fundamental instrumentalizar la constitución, por supuesto en una negación del derecho, y su táctica tiene como mecanismo básico actuar desde dentro de las instituciones y jugar con las reglas de la democracia. El pensamiento estratégico de la nueva constitución no ha sido hecho por constitucionalistas, sino preeminentemente por sociólogos. Concluyamos: foucaultianamente, la constitución es el principio o el aire que respira la sociedad civil, y no una “hoja de papel” de la burocracia o un “arma liberadora” del capitalismo.

Juan Antonio Bazan
02 de noviembre del 2021

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