Mario Saldaña
Ética y negocios privados

No aprendimos nada de lo ocurrido en los noventa
Una diferencia clave entre este proceso de corrupción multidimensional al que asistimos —con la repercusión local del caso Lava Jato— y lo sucedido en los noventa con la organización montada por Fujimori y Montesinos es la afectación directa de empresas de mediano y gran tamaño.
A inicios del actual siglo vimos desfilar por la salita del SIN, en horario estelar y semana tras semana, a personas de todo tipo y condición recibiendo rumas de billetes o solo en amenas charlas con el Doc. Al final del día nuestras cárceles recibieron varios ex ministros, políticos, militares y algunos empresarios, que pagaban delitos de distinta magnitud.
El proceso que recién está mostrando sus primeros resultados (pero cuya dimensión y alcance final es impredecible), agrega como nuevo tipo de víctima a las empresas; y con ellas, su reputación y su propio valor económico. Hace unos diez años aproximadamente, mi buen amigo Jorge Medina tuvo la gentileza de invitarme a conversar en su oficina sobre el tema de la ética en los negocios y el efecto que este aspecto tiene no solo en las organizaciones, sino en los mercados en las que estas operan.
En ese entonces, Jorge aún lideraba en Perú una firma multinacional de consultoría. Me invitó a pensar y a ayudarlo a diseñar una estrategia para posicionar el tema de la ética en las empresas; también cómo “venderla” a los principales gremios empresariales, cómo obtener el interés de los medios de comunicación sobre el punto (para que “empujen” su despliegue en la opinión pública) y finalmente, cómo obtener algún tipo de compromiso compartido con el sector público.
Armamos una estructura. Y me consta que, pese a su gran esfuerzo, Jorge obtuvo algunas pocas adhesiones en el empresariado y otras tantas de la sociedad civil. Acaso un hito importante de su tenacidad fue la exposición sobre el tema que hizo en la CADE del Urubamba (si mal no recuerdo) y que, para variar, arrancó sonoros aplausos del distinguido. Pero de ahí en adelante, poco más sé. Jorge dejó su cargo en la compañía para la que trabajaba y hoy preside Pro Ética (lo cual quiere decir que su persistencia se mantiene incólume) y es miembro (si no me equivoco) de la Comisión de Integridad Presidencial.
Vuelvo la mirada diez años atrás y recuerdo esos esfuerzos iniciales con Jorge. Entonces caímos en cuenta de que sería bien difícil obtener un compromiso concreto, explícito y con “dientes” de los gremios y empresas, al ser considerado este un tema no prioritario por algunos, o simplemente como un asunto de “imagen” por otros (ambas perspectivas claramente erradas). Me viene a la memoria una frase de mi amigo: “En el Perú será bien difícil que una compañía le ponga atención y dedicación real a estas cosas; salvo, claro está, que esté en la picota y vea que su reputación o su valor están por los suelos”.
La coyuntura que estamos atravesando demuestra que en el plano político, público e institucional no aprendimos nada de lo ocurrido en los noventa. Ojalá que con lo que viene sucediendo en el ámbito empresarial no ocurra algo similar, para que dentro de una década no veamos que la historia se repite sin que los líderes hayan tomado cartas en el asunto.
Los códigos y manuscritos rimbombantes de poco sirven cuando un gremio se ve disminuido por el peso que en él tienen una empresa o grupo de empresas. Un compromiso con la simple y mera convicción de ser intolerantes con la corrupción privada bastaría para dar un verdadero paso hacia el cambio.
Mario Saldaña C.
@msaldanac
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