Cecilia Bákula
Elecciones municipales: el sinsabor de la política local
Demasiados candidatos y pocas propuestas
Culminaremos este año con un nuevo proceso electoral, no obstante estamos recién saliendo de uno anterior y reciente, que fue muy desgastante y mediante el cual se eligió al presidente de la República y a los miembros del nuevo Parlamento bicameral, incluyendo a aquellos que van al Parlamento Andino, de los que, en verdad, no me acuerdo. En ese proceso nos enfrentamos a la disputa que llevaban a cabo más de treinta candidatos que, solo por el número y lo variopinto de sus credenciales, hizo que viviéramos momentos no solo de angustia y ansiedad, sino de una preocupación que, por lo menos a nivel parlamentario, no ha cesado, aun cuando sí debo señalar que el espíritu del país es otro y se respira, de muchas maneras, algo de necesaria paz y esperanza.
Sin embargo, ese ambiente se quiebra nuevamente ante las inminentes elecciones municipales y distritales por la voracidad que en muchos candidatos parece despertar el poder llegar al sillón municipal. Así, nuevamente nos enfrentamos a una excesiva “oferta” de postulantes y a una confusión severa entre lo que exponen, proponen y prometen.
Un proceso electoral debería ser una fiesta democrática en el sentido más amplio de la expresión: festejar la democracia, la participación, la transparencia, el futuro, la gobernabilidad local y todo ello, a mi parecer, se diluye entre voces de pugna, expresiones altaneras, acomodos a la ley para interpretar como convenga, como por ejemplo en el asunto de la reelección, muchas veces velada, pero real.
Es cierto que el margen de acción de un alcalde de la capital o de un distrito no alcanza a los niveles de complejidad de quien ocupa la presidencia de la República, pero percibo una lejanía total entre los candidatos y esa ciudadanía a la que, en lo local, en lo del día a día, deben responder y atender.
Las propuestas viables y claras, calendarizadas y objetivas y que, cuando corresponda, signifiquen continuidad de acción, han quedado marginadas e inexistentes por los ataques y un enfrentamiento entre personas que, por intentar destruir u opacar a un contendor, terminan desentendiéndose del ciudadano.
Hay otro asunto curioso y es la proliferación de propaganda en las calles. Me pregunto por el costo y la inversión que ello significa y, si agregamos a ello las pocas credenciales que ostentan, el silencio en temas transversales, el historial que los respalda u opaca, la urgencia por no dialogar sino atacar, vemos que detrás de la postulación habría, en muchos de ellos, intereses que podrían ser poco santos o, quizá, no se han percatado de qué es lo que el vecino requiere y cómo podrían ellos dar solución a esos temas o paliar los problemas de muchos.
Lima es mucho más que la administración del centro histórico y en casi todos los distritos vemos una complejidad en la toma de decisiones por la necesaria injerencia y/o responsabilidad que Lima tiene. Hay acciones que son de acción meramente distrital y otras en las que la participación metropolitana interviene y, si el color político de uno es opositor al de otro, podemos imaginar el daño para el vecino, pues somos nosotros los que sufriremos esa realidad.
Hay temas que exceden lo referente a la seguridad, que para algunos es solo una frase; existen asuntos complejos como el tráfico desordenado y desbordado que obliga a miles de ciudadanos a desplazarse en medios de comunicación inseguros y en condiciones infrahumanas, perdiendo valiosas horas en el traslado porque no se logra reducir los tiempos de viaje; se requiere compromiso con la educación ciudadana, acción real para ordenar asuntos del día a día; urgencia de autoridad en el respeto a los parámetros urbanos, celeridad en los trámites, eficiencia en el manejo de la basura, justicia en las obras de infraestructura y saneamiento, acción ante las construcciones ilegales, atención al comercio ambulatorio y así, la lista de acciones, todas urgentes, podría ser mucho más larga y esos temas deberían haber merecido propuestas coherentes y realizables y no ataques personales como se vio en algunos momentos del debate. Y en todo ello, no hay un plan de largo alcance, ninguna propuesta frente a lo que se avecina con seriedad respecto al Fenómeno de El Niño, porque el inmediatismo gana a la seria política y la pequeñez de intentar hacer solo lo que yo puedo mostrar como logro habla de una pésima comprensión de la palabra política que, en la acción, se debe entender como servicio. Un alcalde no tendría que disculparse por no haber actuado, porque actuar tarde podría tener consecuencias desastrosas para muchos.
Quizá todo esto nos debería llevar a tomar conciencia de lo que debe renovarse y/o estructurarse a nivel de ley electoral porque la abundancia de candidatos; la “antojadiza interpretación de la ley” que ha permitido no solo reales intentos de reelección o de aspirar a gobernar a partir de mostrarse como accesitario a la alcaldía, deja mucho que desear.
Muchos candidatos, con un grave complejo mesiánico, creen que pueden ser los salvadores de la jurisdicción a la que aspiran gobernar cuando ni siquiera pueden demostrar el conocimiento real de esa realidad, como tampoco de las limitaciones de su propio presupuesto, del tiempo en que les correspondería permanecer en el cargo y la participación necesaria de otras —muchas— instancias del gobierno en las decisiones que tomen.
El país debe madurar en la acción política y dejar de optar por advenedizos y parlanchines, asumiendo cada uno la responsabilidad del voto que emite y, las autoridades, luego de la experiencia de este año electoral, tendrán que ver la urgencia de proponer normas y filtros a los candidatos en beneficio de los ciudadanos.
















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