Juan Antonio Bazan
El Perú vive una situación contrarrevolucionaria
Siguiendo las reflexiones del propio Lenin

El Perú de estos días vive una situación contrarrevolucionaria. Nuestro proceso social y político tiene un sentido exactamente al revés del que profesan los historicistas de la izquierda que coyunturalmente gobierna. Es paradójico: para comprendernos debemos darle vuelta a Vladimir Ilich Uliánov, Lenin. Ocurre que si bien la crisis política y social cumple el requerimiento leniniano de los “tres signos principales” de la “situación revolucionaria”, lo que se ha originado es una situación contrarrevolucionaria.
Enfoquémonos en el concepto “situación revolucionaria”, con voluntad revisionista: el líder bolchevique, en La bancarrota de la II Internacional, escrito entre mayo y junio de 1915, formula las leyes generales de la revolución política: “1) La imposibilidad para las clases dominantes de mantener su dominio en forma inmutable; tal o cual crisis en las “alturas”, una crisis de la política de la clase dominante, abre una grieta por la que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que estalle la revolución no basta que “los de abajo no quieran” vivir como antes, sino que hace falta también que “los de arriba no puedan vivir” como hasta entonces. 2) Una agravación, superior a la habitual, de la miseria y las penalidades de las clases oprimidas. 3) Una intensificación considerable, por las razones antes indicadas, de la actividad de las masas, que en tiempos “pacíficos” se dejan expoliar tranquilamente, pero que en épocas turbulentas son empujadas, tanto por la situación de crisis en conjunto como por las “alturas” mismas, a una acción histórica independiente”.
La categoría “situación revolucionaria” está legitimada metodológicamente por la comparación política sincrónica e histórica, y constituye un antecedente de categorías propiamente politológicas como “cambio político”, “transición política”, entre otras. Este artículo encuentra su clave teórica en la lógica subyacente del concepto “situación revolucionaria”, pero al revés.
Se trata de una contrarrevolución en forma de protesta y hasta de movimiento social que contraría la fantasía triunfante del presidente Pedro Castillo y de su escolta de izquierda, que asumen su triunfo pírrico en la elección presidencial del año 2021 como si se tratara del triunfo de la revolución socialista. Castillo y su izquierda básica, marginal, se comportan como si estuvieran en un teatro de operaciones de lucha revolucionaria y a punto de instaurar la dictadura del proletariado. En parte, es por ese desvarío que todo le sale mal a Castillo: el Perú prerrevolucionario que minoritariamente lo eligió es el mismo Perú contrarrevolucionario que, al cabo de unos meses de gobierno, mayoritariamente lo quiere derrocar.
Lenin parte de la posibilidad de la revolución en Rusia, y en medio de la lucha se auto inflige algunas preguntas: “¿Se prolongará mucho tiempo esta situación? ¿Hasta qué punto se agravará aún más? ¿Desembocará en una revolución?”. Se responde: “No lo sabemos ni podemos saberlo”. En cambio yo, parto de la imposibilidad de la revolución socialista en el Perú, y también me formulo algunas preguntas, aun a riesgo de parecer esencialista: ¿Entre nosotros, la política sigue siendo una capa sobrepuesta de la cultura? ¿Es posible que la política pueda revertir el proceso de individuación social? ¿La resistencia de la sociedad civil está desembocando en una contrarrevolución?
Me respondo: Primero: El Perú contemporáneo sigue siendo un país profundamente histórico y cultural, al punto que en mucho aún subyace el siglo XVI. El cardenal Juan Luis Cipriani y, en el extremo, la tradición inaugurada por el Concilio de Trento tienen más raíz social que el cardenal Pedro Ricardo Barreto y la teología de la liberación. Robert Dahl con su estupendo modelo de democracia en las sociedades plurales nos queda corto, pues tal vez somos el único caso en el cual la raíz histórica hasta casi el medioevo y la pluriculturalidad estarían salvando la democracia liberal. Primer otrosí: Castillo vive la imposibilidad de conservar el poder como la fatalidad objetiva y subjetiva de que la política es una capa sobrepuesta de la cultura, que fue favorecido por el voto arcaico y no por alguna de sus propuestas, y que no fue elegido o puesto en el lugar de “los de arriba” para cambiar el sistema social y político. Segundo: El Perú vive un proceso propio de modernidad cuyo rasgo fundamental es la aparición de un sujeto, de un individuo, que resuelve su vida en la esfera de lo privado y que asume radicalmente valores como la libertad individual, la propiedad privada y el emprendimiento. Este proceso social es “el desborde”, “el otro sendero”, y aún se lleva a cabo al margen y hasta en contra del Estado. Segundo otrosí: Castillo vive el impedimento de mantener el poder como la fatalidad subjetiva y objetiva de que los dos tercios del país que residen en la informalidad asumen que ésta es una manera de ética del trabajo y no toleran la pauperización de su microeconomía, y de que el sistema está trazado para que la mayoría de los peruanos no pueda beneficiarse significativamente con el populismo. Tercero: El Perú del siglo XXI tiene una cultura política conformada por valores, a la vez, materiales y post materiales. Veamos las últimas caídas presidenciales: Pedro Pablo Kuczynski y Martín Vizcarra cayeron sustancialmente por presuntos anti valores post materiales, como son la mentira y la corrupción. Manuel Merino cayó principalmente por probados anti valores post materiales, como son la antipolítica y el antiparlamentarismo. Veamos la probable próxima caída presidencial: Pedro Castillo tendría el derrumbe más completo de todos, pues este se debería a probados antivalores materiales y post materiales, como son la crisis microeconómica, la corrupción y la incapacidad. Tercer otrosí: Castillo vive la dificultad de preservar el poder como la fatalidad objetiva y subjetiva de haber provocado una contrarrevolución social, en el sentido de la reversión del camino socialista del gobierno y la restauración de los valores económicos y hasta políticos del anterior tiempo prerrevolucionario.
La sociedad peruana experimenta unos cien años de situación prerrevolucionaria permanente, pero jamás ha tenido una situación revolucionaria. Lenin entendió que no necesariamente una situación revolucionaria va a parir una revolución. Por eso, en su momento, apoyó a Aleksander Kerensky, no quiso entregar “el poder a los soviets”, y evitó precipitar el cambio político y constitucional. Al revés de lo que creen nuestros leninianos, autóctonos de 1917, el Perú de estos días vive su febrero y no su octubre, vive su contrarrevolución.
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