Jose Azalde

Cuando gobernar consiste en controlar el relato

Establecer qué versión de la realidad será considerada creíble

Cuando gobernar consiste en controlar el relato
Jose Azalde
30 de junio del 2026

 

Después de leer “El mago del Kremlin”, de Giuliano da Empoli, y ver su adaptación cinematográfica queda la impresión de que el autor formula una de las ideas más inquietantes de la política contemporánea: el poder ya no necesita convencer; le basta con confundir. O quizá esa haya sido siempre una de sus formas más eficaces de ejercer el dominio. De la incertidumbre y del agotamiento colectivo emerge entonces la figura del líder providencial que promete restablecer el orden.

La película muestra cómo la proliferación de versiones contradictorias de la realidad puede convertirse en una herramienta de gobierno. Con frecuencia, son los propios actores políticos quienes tienen incentivos para alimentar narrativas alternativas que dificulten distinguir entre información, propaganda y desinformación. El objetivo deja de ser imponer una verdad oficial para instalar una incertidumbre permanente.

Eso es precisamente lo que comprende Vadim Baranov, el brillante spin doctor de un Putin todavía en construcción. En la Rusia posterior al colapso soviético, la irrupción del capitalismo y de los valores occidentales produjo una sociedad fascinada por el consumo, pero también profundamente desorientada. Baranov interpreta ese cansancio como una oportunidad política: reconstruir la idea de una Rusia fuerte mediante una política convertida en espectáculo. La televisión, los símbolos y la escenificación del liderazgo resultan más eficaces que cualquier programa ideológico. El líder deja de persuadir con argumentos y comienza a gobernar mediante emociones.

Quizá el efecto más perturbador de esta lógica sea la transformación del ciudadano. Cuando la política se reduce a una competencia de relatos, el ciudadano deja de participar en una deliberación pública y pasa a consumir narrativas cuidadosamente diseñadas. Una de las escenas más logradas de la película ilustra esa transformación: Baranov reprende a un colaborador por haber confiado la producción de contenidos a un doctor en relaciones internacionales. Su crítica no se dirige contra la academia, sino contra la incomprensión del público al que pretende influir. La propaganda fracasa cuando intenta educar; triunfa cuando se adapta a los hábitos de consumo informativo de su audiencia. Lo que produce efectos no son los análisis sofisticados, sino los titulares impactantes, los videos breves, los rumores y las imágenes capaces de despertar indignación o entretenimiento.

Frente a ese realismo aparece Rowland, escritor e investigador que encarna la tradición liberal occidental. Él todavía confía en que la política pueda sostenerse sobre la razón pública, la deliberación y la búsqueda de la verdad. Baranov niega esos presupuestos. Para él, la política nunca ha consistido principalmente en descubrir la verdad, sino en administrar percepciones y moldear la imaginación colectiva. La tensión entre ambos personajes no enfrenta simplemente a un demócrata con un autoritario; enfrenta dos concepciones de la naturaleza humana y, por tanto, dos formas radicalmente distintas de entender el poder.

La película, sin embargo, no habla únicamente de Rusia. También invita a preguntarnos quién ejerce hoy el verdadero poder. Los Estados ya no actúan solos. Su capacidad de influencia se entrelaza con la de grandes empresas tecnológicas que controlan plataformas, datos y flujos globales de información. Esa convergencia entre poder político y poder tecnológico no solo redefine la comunicación pública; también reorganiza la competencia geopolítica por los recursos estratégicos indispensables para la economía digital y la transición energética.

Desde esa perspectiva, la principal lección para países como el Perú no consiste en reeditar viejas discusiones sobre la nacionalización de los recursos naturales. El verdadero desafío es comprender el valor estratégico de aquello que poseemos y negociar desde esa posición de fortaleza. La paradoja del arsénico es ilustrativa: un elemento asociado a graves problemas de salud pública puede adquirir, en determinados procesos industriales y tecnológicos, un enorme valor económico. Comprender esas contradicciones forma parte de una política de Estado que piense en términos geoestratégicos y no únicamente administrativos.

Tal vez esa sea la enseñanza más profunda de “El mago del Kremlin”. El poder del siglo XXI ya no consiste solamente en controlar las instituciones. Consiste en decidir qué versión de la realidad será considerada creíble y quién dispondrá de los recursos —materiales y tecnológicos— para sostenerla. La disputa por el relato y la disputa por los recursos estratégicos son, en el fondo, dos expresiones de una misma competencia por el poder.

Jose Azalde
30 de junio del 2026

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