Juan Antonio Bazan
Abimael Guzmán no tuvo cuerpo
La derrota aniquiló su cuerpo en el teatro del castigo

Abimael Guzmán tuvo utopía, pero no tuvo cuerpo. Cuando se convirtió en el presidente Gonzalo, a la vez se autoinfligió la condena biológica del no lugar. Lo suyo fue la performance de un cuerpo incorporal. Su condición de “cuarta espada del marxismo”, en la guerra popular y más aún en la derrota, hurgó en el simbolismo de su representación personal, pero de ninguna manera en su cuerpo. En puridad, la existencia social de los cuerpos de los líderes de todos los procesos de lucha armada para conquistar el poder tiene como condición la victoria.
La tipología muestra que, en el caso de estos hombres de tradición de izquierda, el triunfo los puede conducir del culto a sus personalidades cuando vivos, y al culto a sus cuerpos cuando muertos: Vladimir Ilich Lenin es exhibido embalsamado en la Plaza Roja y su cerebro en solución de formalina es el más estudiado de la historia médica. Es más, ante la proximidad nazi, el cadáver del bolchevique fue puesto a buen recaudo en Siberia. Literal: Podía caer Moscú, pero no el muerto Lenin. Semejante cuidado y adoración del cuerpo ha recaído también sobre los victoriosos Mao Tse Tung, Josef Stalin, Kim Il-sung, Ho Chi Minh y hasta sobre Hugo Chávez. También en puridad: La derrota de Guzmán significa, a la vez, la pérdida definitiva de un lugar en la sociedad y la pérdida absoluta del cuerpo utópico.
Guzmán tuvo un cuerpo sin cuerpo por la auto aflicción de la utopía y por la aflicción del teatro del castigo. Se trata de una historia de vida tan anormal que en parte lograría falsear al propio Michel Foucault. Nuestro filósofo de mayo del 68 encontró en la biopolítica y en la tanatopolítica a los más grandes contraargumentos a las utopías políticas realmente existentes: “Mi cuerpo es lo contrario de una utopía: es aquello que nunca acontece bajo otro cielo. Es el lugar absoluto, el pequeño fragmento de espacio con el cual me hago, estrictamente, cuerpo. Mi cuerpo, implacable topía”.
No obstante Foucault, este artículo propone dos hipótesis sobre la ausencia de cuerpo, de topia, en Guzmán. La primera es que una vez convertido en presidente Gonzalo y conductor de la guerra popular se radicaliza en una regresión freudiana que lo transfigura en niño que no sabe o que olvida que tiene cuerpo organizado: ¿Cómo comprender los aproximadamente cuarenta años que no caminó por las calles, y que no tomó el sol? La segunda es que una vez capturado y presentado con traje a rayas dentro de una jaula, vuelve a perder la noción de cuerpo para trocarse únicamente en boca vociferante, en brazo blandiente, en el número 1509: ¿Cómo comprender los cerca de cincuenta años que no valoró su cuerpo, y que asumió como demiurgo de su acción política el disvalor de los cuerpos de todos los peruanos?
Guzmán tuvo utopía, pero no topía. Su filosofía de la historia, su filosofía de vida y todas sus filosofías, incluida la propia, hicieron que su biografía pudiera organizarse a partir del abandono de todos los lazos sociales y, por supuesto, de su cuerpo. Veamos: Abandonó su nombre, para reconocerse en su nueva forma con los seudónimos de Álvaro y Gonzalo. Abandonó su familia de sangre y destruyó todo vestigio fotográfico y magnetofónico, para adoptar la familiaridad de sus camaradas partidarios. Abandonó su cátedra universitaria, para “iluminar” al mundo con su propio pensamiento Gonzalo. Abandonó el amor y la belleza de su esposa Augusta La Torre y también le cambió el nombre por el seudónimo Norah, para asumir ambos la contradicción de las dos líneas. Abandonó a su jefe y mentor ideológico Saturnino Paredes, para ser él mismo la cuarta espada en la línea sucesoria del marxismo, leninismo, maoísmo. Abandonó Bandera Roja, para construir su propio Sendero Luminoso y ser el presidente Gonzalo. Abandonó la república del Perú, para estatuir su república popular del Perú, de la cual se autoproclamó presidente. Más o menos cincuenta años de su vida los pasó preparándose, clandestino y encarcelado; de los cuales, más o menos, cuarenta años no habló con casi nadie. En verdad, Guzmán se construyó a sí mismo y construyó todo lo suyo, como una de las mayores anormalidades de la historia.
Guzmán auto aniquiló su cuerpo por el sendero utópico, y la derrota aniquiló su cuerpo en el teatro del castigo. Vivió y murió sin cuerpo. Y sin cenizas: una ley ad hoc incineró su cadáver, y el destino de las cenizas es secreto de Estado. Las pavesas no fueron ni al mar ni al desagüe, sino al no lugar. Es paradójico: La palabra “cuerpo” la inventa Homero, en La Iliada, para asignarle una definición más grande al cadáver de Héctor y así construir el razonamiento occidental que hace que Aquiles entregue los restos del héroe de Troya para recibir las honras fúnebres. Pero Abimael Guzmán fue un monstruo social, y no tuvo cuerpo.
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