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Todas las cifras vinculadas a la descentralización generan un escenario devastador para el Perú. Quizá reparar en que, en algunas regiones, la informalidad representa más del 80% de la economía y la sociedad nos dé una idea del incuestionable del fracaso descentralizador en el Perú. Y no se trata de cifras frías, sino de algunas que interpelan cualquier sentido de humanidad. En el Perú, por ejemplo, alrededor de 3.5 millones de personas carecen de agua potable y cerca de 7.6 millones no tienen alcantarillado. En regiones como Loreto y Cajamarca este déficit llega a cerca de la mitad de la población.
Semejante tragedia se produce no obstante que el presupuesto de los gobiernos regionales entre el 2007 y el 2023 aumentó en 290% en términos nominales. El brutal y descarnado fracaso del proceso de descentralización no se explica entonces por falta de recursos, sino por temas institucionales; es decir, por un diseño que estaba condenado al fracaso y que ha fomentado la corrupción y las irregularidades en general.
En los presupuestos de las últimas dos décadas, de cada tres soles destinados a la inversión pública dos se gastaban a través de las regiones, pero todo eso es fracaso. El dinero que pagan las empresas privadas a través de los impuestos, el canon y las regalías de nuestros recursos naturales parece haberse ido por el caño, a través de los gobiernos regionales. Y uno de los asuntos más graves es la deslealtad de los movimientos antisistema y de los sectores de izquierda, que suelen denunciar que la falta de agua, desagüe, de escuelas, postas médicas y pavimentación de las carreteras se debe a problemas vinculados al modelo económico.
Según el Plan Nacional de Competitividad del 2019, en ese entonces las brechas en infraestructuras básicas representaban S/. 117,000 millones. Sin embargo, entre el 2019 y el 2023, se gastaron S/ 195,000 millones; es decir, más de 160% del total de la brecha. No obstante, todas las cifras señalan que las brechas en agua potable, desagüe, colegios, postas médicas y pavimentación de carreteras siguieron aumentando.
Otro de los efectos devastadores de la regionalización es el fomento de la balcanización política del país. En el afán de destruir el sistema de partidos las corrientes progresistas en el país promulgaron leyes mediante los cuales se permitió la creación de movimientos regionales autónomos –al margen de los partidos nacionales– y, de esta manera, surgieron caudillos y caciques locales de la política que se propusieron capturar los recursos de los presupuestos regionales, que han aumentado en 6% anual en los últimos años.
¿Qué hacer frente a esta situación? Es una pregunta crucial para cualquier candidato que pretenda gobernar el país. Se tiene que pensar en una forma de recentralizar la inversión pública para evitar que el dinero sea malgastado por empresas locales vinculadas a las autoridades o las familias de los dirigentes de los movimientos regionales.
Por ejemplo, en una región se podrían estandarizar la construcción de los colegios tomando en cuenta materiales ideales para la región (por ejemplo, zona lluviosa) y modelos del siglo XXI en aula escolar, incluyendo la energía y las redes digitales. Sobre esta base si la señalada región tiene que construir 900 colegios, entonces todos los colegios se empaquetan en un proyecto y la obra se licita convocando operadores nacionales e internacionales. De esta manera Puno, por ejemplo, contaría con colegios que no tendrían nada que envidiar a cualquier país medianamente desarrollado. El modelo vale para el agua, desagüe, postas médicas y carreteras.
La descentralización actual –y con ella el fracaso de la regionalización– tiene que ser reformulada con urgencia. ¡No se puede esperar más!
















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