Pedro Corzo

El mundo desdichado de los Castro

Experimentos sociales y genéticos de la dictadura cubana

El mundo desdichado de los Castro
Pedro Corzo
13 de diciembre del 2020


Tomás Carrera fue un gran luchador por la democracia, hermano del fusilado comandante del ejército rebelde Jesús Carrera, una víctima más del criminal de Ernesto Guevara. Tomás era un aficionado a la genética, y en el Presidio de Isla de Pino formó un pequeño grupo que compartía esa afición. Sus charlas eran muy amenas, y gracias a ellas conocimos algunos de los aspectos más rudimentarios de esa ciencia, un conocimiento científico en desarrollo en los lejanos años sesenta. 

Tomas afirmaba que su profesión era cubano y piloto aviador. Era, además, un maestro y conversador excelente. Fue él quien nos recomendó leer Un mundo feliz, del escritor británico Aldous Huxley, para que apreciáramos hasta qué nivel la genética, aplicada con malas intenciones, puede afectar la condición humana, que de por sí dista de ser perfecta. 

En la Circular había un par de ejemplares desde antes del castrismo, y accedí a uno de ellos gracias a Ángel Fana o Julio García, no recuerdo bien. La novela describe un mundo tecnológico en el que, entre otras crueldades aceptadas por la mayoría, la reproducción humana es determinada por ingenieros sociales, asistidos por otros científicos, que tienen la misión de crear y mantener un mundo de felicidad en el que las pautas son determinadas por una cúpula que todo lo puede. Cuando salí de prisión encontré que José Antonio Albertini había escrito clandestinamente su Tierra de extraños, donde describe un mundo distinto pero igualmente aterrador. 

En aquel mundo la voluntad y los sentimientos no contaban. Todo estaba a favor de la Gran Sociedad y ajustado a los planes de los conductores. Y como los pobladores eran diseñados y estructurados con fines específicos, los herejes eran prácticamente inexistentes. En fin, estábamos ingresando a un mundo literario que en cierta medida era el prometido por el marxismo, y que los hermanos Castro estaban montando en Cuba. 

Fidel Castro fue por muchos años un fiel devoto de la genética. Y seguramente en su utopía de construir un mundo a la medida de sus caprichos, incluyó a los seres humanos en sus planes de cambiarlos a nivel de laboratorio; aunque lo estaba intentando con relativo éxito a fuerza de cárcel y paredón o suculentos platos de lentejas. Tampoco olvidemos el experimento biológico en la Cárcel de Boniato, que consistía en suministrar a los presos políticos “una cantidad de calorías mínimas indispensables para la vida”, como testimonia, entre otros, Amado Rodríguez. 

Castro invirtió grandes recursos materiales y de tiempo en el semental Rosafé Signet, que usó en experimentos genéticos que arruinaron la ganadería cubana que, al triunfo de la insurrección (1959) pasaba los cinco millones de cabezas, cuando el país tenía una población de poco más de seis millones. En la proporción de cabezas de ganado por habitantes solo Uruguay superaba a Cuba. 

No se deben pasar por alto el proyecto de la supervaca lechera Ubre Blanca, que Fidel quería clonar; o el de las vacas enanas, el de los conejos más grandes y gruesos. Y el no menos impresionante Cordón de La Habana, donde el café Caturra transformaría al país en el principal exportador de ese producto mientras, a su lado, se podía cultivar gandul, cítricos, aguacate, mango, mamey, y otros frutos. 

Sus inventivas fueron tan alejadas de la realidad que importó, de Vietnam, búfalos de agua, porque producían más leche y consumían menos pasto. Y trajo el pez Claria, con el objetivo de aumentar el consumo de proteínas de la población, situación que se ha agravado con el tiempo, con la particularidad de que el pez, un depredador, se convirtió en un peligro para el equilibrio ecológico de la isla. 

La genética fue para Fidel Castro mucho más que una ciencia que prometía grandes progresos económicos. El régimen hubiera tenido un rotundo éxito en el control social si hubiera contado con la capacidad científica y tecnológica para crear individuos obedientes y sumisos, en laboratorios como los que describe Huxley, aunque evidentemente ha contado con éxitos parciales como lo confirman 62 años de tiranía. Sin embargo, a través de esas décadas no han cesado los brotes de protestas de ciudadanos dignos, que contrariamente a la mayoría de la población, que tal parece que les inocularon en los cromosomas la sumisión y obediencia, reclaman sus derechos arriesgando la libertad y la vida.

Pedro Corzo
13 de diciembre del 2020

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