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¿Sin partidos la democracia es ilusión?

Política

¿Sin partidos la democracia es ilusión?

16 de Agosto del 2017

A propósito del debate en el TC sobre la ley del transfuguismo

Días antes de que se tratara en audiencia en el Tribunal Constitucional (TC) la demanda de inconstitucionalidad contra “la ley antitransfuguismo” —que prohíbe, a los parlamentarios que renuncian a las bancadas por las que fueron elegidos, integrar otros grupos legislativos, formar parte de las comisiones dictaminadoras y participar de la Mesa Directiva del Legislativo—, la opinión mayoritaria en contra del transfuguismo que se había formado en los últimos quince años, sobre todo luego de la caída del fujimorato, parecía que se había volteado.

De pronto, el transfuguismo no parecía un asunto tan malo. ¿Qué es lo que ha cambiado en el denso consenso que se había formado en el Perú? Si recordamos que las ideas sobre cómo enfrentar el transfuguismo fueron impulsadas principalmente por Transparencia, el asunto se hace cada vez más complicado de entender.

Bueno, lo que ha cambiado es que el fujimorismo ahora es mayoría absoluta del Congreso y, seguramente, en el afán de galvanizar la disciplina partidaria, impulsó la modificación del Reglamento del Congreso aprobando la legislación antitránsfuga. En el momento en que la legislación favorecía al fujimorismo, el antifujimorismo relativizó todos los debates y los consensos alcanzados, ¿se puede organizar de esa manera una comunidad política? ¿Acaso no estamos ante una expresión del efecto corrosivo de la polaridad fujimorismo versus antifujimorismo?

Al respecto vale recordar que, según el Centro de Capacitación y Estudios Parlamentarios (CCEP), en los periodos legislativos 2001-2006 y 2006-2011 en la totalidad de la representación parlamentaria hubo alrededor de 20% de transfuguismo. Asimismo en el periodo 2011-2016, la gestión parlamentaria se inició con seis grupos parlamentarios y culminó con nueve bancadas. La fragmentación que afecta al Estado y la sociedad en el Perú parece, pues, empezar en el Congreso. En ese contexto, ¿no era acaso conveniente aprobar una normatividad en contra del transfuguismo?

Pero eso no es todo. En las grandes tradiciones democráticas de Estados Unidos y del Reino Unido es impensable una lógica como el llamado “transfuguismo” de los parlamentarios. Y, en el mundo en general, el tema del transfuguismo convoca marchas y contramarchas de las índoles más diversas por una sola razón: porque no obstante la revolución digital y la emergencia de la sociedad de redes que vuelve líquido al Estado y las instituciones tutelares forjadas en los siglos pasados, y que impregna a toda la sociedad, todavía no se ha inventado una forma de intermediación política entre el Estado y la sociedad más allá de los partidos políticos.

El partido político sigue siendo, a pesar de todo, el único príncipe de la sociedad. Fortalecerlo es una necesidad imperiosa para cualquier democracia; más aún en una como la peruana, que ha producido presidentes electos en democracia con prisión efectiva y órdenes de detención en curso.

Ahora bien, ¿cómo entender entonces el súbito entusiasmo de algunos medios de comunicación a favor del transfuguismo? Es evidente que el antifujimorismo busca la disolución o fractura de la actual mayoría legislativa y, en ese afán y al margen de principios y visiones de sociedad, está dispuesto a empujar a un enfrentamiento estéril entre el Congreso y el Tribunal Constitucional. Y más allá de que en la normatividad contra el transfuguismo no haya nada que reprochar en términos constitucionales.

De otro lado, las cosas siempre serán perfectibles si es que existe una visión sobre el papel de los partidos y la democracia. Todo parece indicar que el voto de conciencia y la capacidad de disentir política e ideológicamente al interior de las bancadas parlamentarias deberían ser incorporados taxativamente en la legislación. Al respecto vale recordar que los parlamentarios en Estados Unidos y el Reino Unido, si bien desarrollan comportamientos alejados del transfuguismo, sí ejercen plenamente el voto de consciencia en contra de sus bancadas. Y, aunque parezca mentira, los partidos siguen fortaleciéndose.

Como se aprecia, en este debate crucial hay que separar la maleza antifujimorista de los temas de fondo vinculados al futuro de la democracia. En todo caso. el Tribunal Constitucional tiene la palabra. Veremos.