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Relanzar el crecimiento con reformas

Política

Relanzar el crecimiento con reformas

7 de Agosto del 2017

Ideas mínimas para que el Perú recupere la senda hacia el 2021

La idea planteada por el presidente Kuczynski acerca de que el Perú debería crecer por encima del 4% el 2018 y que se debería reducir la pobreza al 15% de la población en el 2021 parece una meta difícil de conseguir, considerando que este año el país crecerá menos de 3% y que se acumularán cuatro años de caída de la inversión privada.

Como se sabe, la inversión privada representa el 80% del total invertido en el país. Y si se suma casi un quinquenio de caída es evidente que la economía peruana está en un atolladero que nunca enfrentó en los últimos 25 años. Si las cosas no parecen tan complicadas solo se explica por los poderosos fundamentos macroeconómicos de nuestro país. En este contexto, sin sentidos de urgencias, la lentificación económica continuará y se dibujará el abismo de la recesión.

Crecer más de 4% el 2018 —es decir, el mínimo necesario para seguir reduciendo pobreza— es absolutamente posible. Todo indica, por ejemplo, que la inversión pública volverá a reactivarse a partir del segundo semestre de este año. Sin embargo, es hora de empezar a entender cuáles son las claves para que la inversión privada se eche a caminar. Y, en este asunto, no se necesita ser muy zahorí, porque cerca de los dos tercios del total de los emprendimientos privados están conformados por inversiones en infraestructura y en minería.

El Ejecutivo entonces apunta en el sentido correcto con el destrabe de la ampliación de la segunda pista del Aeropuerto Jorge Chávez y de la Línea del 2 del metro, con su insistencia en Chinchero y el Gasoducto del Sur, y con el proyecto de ley que busca agilizar las expropiaciones de terrenos para obras de infraestructura.

Igualmente la administración pepekausa, como se dice, dispara al blanco cuando anuncia la concreción de los proyectos mineros Quellaveco, Michiquillay, Quellaveco, Mina Justa y Corani, que suman alrededor de US$ 10,000 millones en inversión. Si todas estas iniciativas se concretan, entonces, la meta de crecer 4% es el 2018 será una realidad.

Sin embargo en la situación económica y social del Perú ya no es suficiente el relanzamiento del crecimiento. Se ha llegado a un punto en el que un nuevo ciclo de crecimiento —no se avizora un nuevo super boom de commodities— está intrínsecamente ligado a una nueva generación de reformas económicas.

Sin las llamadas reformas de segunda generación el país se sumergirá en la temida trampa de ingresos medios, de la cual es complicado salir y, por lo general, solo resta la involución hacia el populismo y el estatismo.

Si bien relanzar el crecimiento llevará un viento optimista sobre los agentes económicos, no es posible lograr algo diferente sin, por ejemplo, una reforma laboral de una vez por todas. No se puede entender el porqué es imposible emprender una reforma de este tipo, si el mundo empresarial formal e informal coinciden abiertamente con la necesidad de flexibilizar el mercado laboral, uno de los más rígidos y costosos del planeta. Es como si en el territorio de los medios y de los congresistas solo se quisiera representar a las burocracias sindicales y al 20% del mundo del trabajo formal. Una sola reforma de este tipo indicaría que el Perú empieza a recuperar la senda perdida.

El Ejecutivo viene desarrollando una reforma que se volvió silenciosa, en medio de la polarización oficialismo y oposición y las denuncias de corrupción. El proceso de simplificación administrativa aprobado en recientes decretos legislativos, en realidad, en el corto plazo puede comenzar a demostrar las relaciones directas entre la ley y la economía, entre Estado y sociedad. Todo indica que se apunta a desmontar el Estado burocrático que surgió en los últimos quince años. Allí hay otra reforma que puede señalar la nueva ruta del país.

De otro lado, hacia el 2021 el Ejecutivo debería proponer al Legislativo una idea mínima sobre qué proyectos deberían madurar para cerrar las brechas de infraestructura, que la Asociación para el Fomento de la Infraestructura Nacional (AFIN) calcula que superan los US$ 160,000 millones. Con estas tres reformas no solo relanzaríamos el crecimiento, sino que estaríamos poniendo un piso seguro para otras reformas como la institucional, educativa y de salud, reformas que nuestro país necesita para volver a engancharse con el desarrollo.

Ojalá, pues, que en el Ejecutivo y el Legislativo se entienda que se acaba el tiempo para hacer reformas. Generalmente en épocas de crisis desatadas es imposible reformar.

Fotografía: Peru21