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SNOWDEN: EL ESPÍA ARREPENTIDO

Cultura

SNOWDEN: EL ESPÍA ARREPENTIDO

23 de Enero del 2017

Oliver Stone continúa sus cuestionamientos a la política norteamericana

Con tres premios Oscar y cinco Globos de Oro, el director y guionista Oliver Stone (Nueva York, 1946) es una de las personalidades emblemáticas del cine norteamericano de hoy. Especialmente del cine de reflexión política, pues entre sus más de veinte películas figuran Pelotón (1986), Nacido el 4 de julio (1988), JFK (1991), Nixon (1995), W. (2008, biografía de George W. Bush) y otras polémicas y ácidas reflexiones sobre la política interna y externa del país del norte. En esa línea está su más reciente entrega: Snowden (2016), una biografía de Edward Snowden (Carolina del Norte, 1983), el agente de la CIA que en el 2013 hizo públicas las prácticas de esa agencia que, a través de Internet, violaban la privacidad de muchísimas personas en Norteamérica y todo el mundo.

Como se sabe, Snowden trabajó de desarrollador de software para la CIA (Agencia Central de Inteligencia) y la NSA (Agencia de Seguridad Nacional) hasta que abandonó esa labor por cuestiones éticas, entregando a los periódicos The Guardian y The Washington Post documentos clasificados sobre programas de vigilancia masiva como Prism y XKeyscore. Desde entonces es un perseguido político que ha solicitado asilo en 21 países, y actualmente se encuentra en Rusia. Stone inicia su historia en el momento en que Snowden (aquí interpretado por Joseph Gordon-Levitt) deja la CIA, pero paralelamente nos va contando el pasado del personaje: su fracaso como militar, su posterior ingreso a la CIA para formarse como especialista en tecnología, y especialmente su relación con su novia Lindsay Mills (la actriz Shailene Woodley). Entre los “tutores” que tiene Sowden en la CIA hay que mencionar a una pareja de opuestos, el padre bueno y el padre malo: Corbin O’Brien y Hank Forrester (el omnipresente Nicolas Cage).

La película alterna ambas líneas narrativas (el thriller de la persecución política y el biopic de Snowden) de manera acertada, pero algo no funciona: la naturaleza del protagonista, quien casi no tiene cambios a través de todo la historia. Las películas que nos cuentan cómo un joven talentoso entra de novato en una organización poderosa pero sombría, nos ofrecen siempre el proceso “interior” del protagonista, su viaje de ida y vuelta al “lado oscuro”. Al respecto resultan ejemplares las películas de Scorsese, desde Buenos muchachos hasta El lobo de Wall Street. Sin ese proceso interior no se pueden comprender tantas salidas y retornos de Snowden a la CIA, ni sus reiteradas sorpresas ante el “mal uso” que hacen en esta organización de los programas que él mismo creó. Y acaso el problema se debe a que el “punto de vista” desde el que se narra es el del protagonista. Es como si Stone creyera ciegamente en la versión de Snowden de los hechos. Algo que se corrobora con la presencia del propio Snowden al final de la película.

Entre las virtudes de Snowden, además de las ya mencionadas, están la excelente fotografía del británico Anthony Dod Mantle, la actuación de Joseph Gordon-Levitt (que demuestra su versatilidad entregándonos un personaje muy diferente a todos sus trabajos anteriores) y especialmente la denuncia de los ilegales métodos usados por la CIA y la NSA, incluso durante el gobierno del demócrata Barack Obama. No podemos siquiera imaginar a qué extremos llegarán estas agencias bajo la administración Trump.