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Manchester junto al mar

Cultura

Manchester junto al mar

6 de Marzo del 2017

Película trágica con tres soberbias actuaciones

Una de las películas animadoras de la última entrega del Oscar fue Manchester junto al mar (Manchester-by-the-sea), que tuvo seis nominaciones (entre ellas, a Mejor Película) y que finalmente se llevó dos premios: Mejor Actor, al protagonista Casey Affleck (Massachusetts, 1975); y Mejor Guion Original, al también director de la película Kenneth Lonergan (Nueva York, 1962). Estos premios nos dan una clara idea de lo que es Manchester junto al mar, un intenso drama en el que las trágicas situaciones dependen en gran medida del desempeño de los actores, y cuyo desarrollo narrativo está basado en una lograda estructura de elipsis y saltos en el tiempo. En suma, una película que renueva la gran tradición de relatos trágicos.

Lo que se cuenta es la historia de Lee Chandler, a quien inicialmente vemos como un apocado conserje, cuarentón y solitario, paleando la nieve y ocupándose de todas las reparaciones (especialmente las más desagradables) de un edificio de departamentos en Boston. La noticia de la muerte de su hermano Joe lo saca de su intrascendente rutina y lo hace regresar a su ciudad natal, Manchester-by-the sea (Massachusetts), donde además de asistir a los servicios fúnebres se convertirá en el albacea de su sobrino Patrick (el actor Lucas Hedges, también nominado al Oscar por esta actuación). El problemático reencuentro con el sobrino (con quien antes tuvo una relación muy estrecha) es parte de los muchos enfrentamientos de Lee con fantasmas del pasado que los espectadores iremos conociendo a través de largos flashbacks.

Poco a poco descubriremos que Lee en realidad era un hombre sumamente sociable y popular; además de un family man, felizmente casado con Randy (la actriz Michelle Williams, también nominada al Oscar) y amoroso padre de tres niños. Todo ello hasta que un terrible accidente, del que Lee se siente culpable, acabó con la vida de sus hijos. Uno de los aciertos de Lonergan es ubicar este suceso hacia la mitad de la narración, con lo que no sólo se explica el extraño comportamiento de Lee, sino que lo convierte en un verdadero héroe trágico que, a pesar de sus violentas reacciones, no pueden asimilar el doloroso destino que les han impuesto los dioses. Otro acierto es presentarnos ese accidente y las diversas tragedias que se narran, con sutileza y sin efectismos, apoyándose principalmente (y como ya hemos dicho) en las manifestaciones corporales (casi no hay primeros planos) del sufrimiento interno de los personajes.

Hay otras muchas cosas que elogiar en Manchester junto al mar. Entre ellas que tratándose de un tema tan oscuro y difícil, Lonergan haya optado más bien por ambientes luminosos y naturales: las nieves de Boston, los hermosos paisajes marinos y las escenas en el barco familiar. Ese barco es también un elemento destacable, pues de alguna manera simboliza la evolución del protagonista: la felicidad del pasado, el deterioro actual (el motor que no funciona) y finalmente su salvación (gracias al cambio de motor). Y el nuevo motor para Lee es la recuperada relación con Patrick, como lo muestra la secuencia final, con la que Lonergan deja al protagonista con la misma discreción con la que no los presentó inicialmente.