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Andrés Soto; criollismo y negritud

Cultura

Andrés Soto; criollismo y negritud

14 de Julio del 2017

A una semana de la partida del notable cantautor peruano

A menos de un mes de la muerte de Luis Abanto Morales, otra lamentable perdida volvió a enlutar a la canción peruana: la muerte de Andrés Soto, reconocido cantante y compositor autor de algunos temas clásicos como “El tamalito” y “Negra presuntuosa”, infaltables en los conciertos de nuestros intérpretes más destacados (hay muy buenas versiones de Eva Ayllón y Tania Libertad, por ejemplo). Soto —que murió el viernes pasado a los 68 años de edad— formó parte de la generación de brillantes músicos peruanos surgidos en los años setenta (al lado de Susana Baca y el Kiri Escobar, entre otros) y llegó a ser declarado “Patrimonio Cultural Vivo de la Nación”.

Nacido en el Centro de Lima, el 29 de abril de 1949, Andrés Soto Mena hizo sus estudios en el Colegio Guadalupe y después en la Pontificia Universidad Católica, donde se graduó como sociólogo en 1972. Sin embargo, desde niño siempre tuvo una fuerte afición por la música, pues su abuelo fabricaba instrumentos musicales, además de que en su juventud pudo disfrutar de la época de oro de la canción criolla. Por eso ya en 1968 debutó artísticamente como parte del grupo del cuarteto Manos Duras, que integró con Paco Guzmán, Kiri Escobar y Hugo Castillo. Esa misma vocación lo llevó, al concluir sus estudios universitarios, a matricularse en la Escuela Nacional de Música, para formarse como músico bajo la tutela de maestros como Celso Garrido Lecca.

Buena parte de la fama de Soto está basada en su primer disco solista: Andrés Soto. Para El Carmen (1981), un trabajo centrado en la música afroperuana tradicional. Ese disco contiene las canciones más conocidas de Soto, desde “Quisera ser caramelo” y “Vendedora de amoríos” hasta las ya mencionadas “El tamalito” y “Negra presuntuosa”. Todas estas canciones se interpretaban con arreglos modernos y audaces, en los que figuraban las tradicionales guitarras y los cajones, pero también bajos electrónicos y flautas traversas. En general en aquellos años la música criolla se abría a esas tendencias: las tradiciones afroperuanas y la experimentación con nuevos instrumentos y armonías más elaboradas. La gran Chabuca Granda compartió ese momento creativo con Soto, a quien consideraba entonces como “uno de los cantautores más importantes en habla castellana”.

Soto seguiría con este trabajo de recuperación y difusión de la tradición musical afroperuana durante mucho tiempo, incluso colaborando en documentales y realizando numerosas giras artísticas por toda América y Europa. Eso acaso le hizo postergar un poco su labor creativa, por lo que su segundo disco solista recién aparecería en 2014, con el título de El bribón, en el que daba a conocer canciones más personales, aunque sin distanciarse mucho de sus raíces musicales. Pero ya entonces se notaba un cierto agotamiento en él, y una inocultable decepción con respecto al sistema de producción y difusión de la música en el Perú. Lo confirmó en estos días su gran amigo el Kiri Escobar: “En realidad hemos perdido a Andrés Soto hace muchos años. Ahora ha sido su partida física, pero por la manera en que la sociedad trata a los artistas, a sus talentos naturales, lo hemos perdido hace tiempo”. Es una pena que un compositor tan talentoso y creativo como Andrés Soto no haya podido desarrollar plenamente la obra que tan auspiciosamente inició hace 35 años.