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¿Y si declaramos una guerra contra los promedios en educación?

Columna

¿Y si declaramos una guerra contra los promedios en educación?

12 de Mayo del 2017

Lo que no encuentras en el colegio, lo terminas buscando afuera

Todo nuestro sistema educativo está construido sobre una verdad indubitable que con las décadas se ha convertido en un tótem: en los salones de clase se educa para el estudiante promedio. Tenemos, todos los involucrados en educación, una insana obsesión por el promedio. Si no, no se explica que todas la clases tengan un Power Point.

Dos problemas fundamentales con esta idea: la primera es que el ser humano promedio no existe; y segundo, si seguimos haciendo eso vamos a seguir destruyendo la creatividad e innovación innatas en el ser humano. Bonus track: y de paso desnaturalizamos la razón de ser de la educación.

En un reciente estudio neurocientífico se buscó graficar cuál es el promedio respecto del uso de la memoria  Luego de realizar cientos de CAT scans a un conjunto de individuos, se encontró que no existe (científicamente hablando) la idea de promedio cuando enfrentamos al ser humano.  No podemos hablar de cerebros, células, huesos o músculos promedios. Entonces, ¿por qué estamos todos confortablemente tranquilos cuando le enseñan a nuestros hijos bajo la ley del promedio? 

La raíces de esta obsesión por el promedio

Nuestros sistemas educativos, como los conocemos hoy, nacen al calor de la revolución industrial (luego nosotros los importamos al Perú). En ese momento, recordemos, lo que importaba por encima de todo era contar con el trabajador promedio, los estándares de producción y la eficiencia medida en función a evaluaciones externas. ¿Les suena familiar? Y claro, a esto le sumamos la enorme masificación sufrida por los colegios entre los setentas y ochentas. Y una tercera ola, en la que estamos ahora, en la que todo se mide, todo se evalúa, la calidad se publica en listas de mérito. Así como sin querer queriendo tenemos sellada a fuego esta obsesión por el promedio. 

Me pregunto, entonces, cómo se ve el promedio en un salón de clases peruano. Fácil, comencemos por los libros de texto, las evaluaciones estandarizadas, los estándares de aprendizaje, la revisión de cuadernos, la evaluación oral, el examen mensual y bimestral, la infraestructura educativa, y los uniformes escolares, para nombrar algunos elementos. Incluso, la idea del perfil del estudiante que propone el nuevo Currículo Nacional, por ejemplo, es en el fondo una suerte de estándar de lo que un peruano que termine la educación básica debe ser, hacer o haber aprendido desde el nido hasta la secundaria. ¿Por qué pasa todo esto? Simple, porque es más fácil, menos complejo y menos costoso. 

Hemos configurado así un sistema donde la “promeditis” lo tiñe todo. El problema con esta lógica es que quienes terminan “rebelándose” son los sujetos del aprendizaje, nuestros hijos. Ellos no se atracan en preescolar ni en primaria, pero cuando llegan a secundaria como que ya se cansaron que los alineen a todos, que los traten a todos igualitos. Y optan por dos caminos, no te hacen caso en nada o "pretenden" que aprenden contigo; todos felices y hasta dan exámenes.  Como dice el dicho: “lo que no encuentras dentro del aula o colegio, lo terminas buscando afuera”. ¿Qué buscan nuestros hijos? Aprender. ¿Donde lo encuentran? En el bolsillo, en un adminículo llamado smartphone. Allí, sí, allí están todos esos aprendizajes que nuestra obsesión por el promedio ha molido a palos. 

Si no hacemos algo ahora, luego no nos quejemos cuando nos demos cuenta de que comprometimos estructuralmente el futuro sostenible de nuestro Perú y la felicidad de nuestros hijos.

 

Paul Neira Del Ben