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Una cohabitación a la peruana

Columna

Una cohabitación a la peruana

19 de Abril del 2016

Soluciones para el problemático manejo institucional que se avecina

Los recientes cuestionamientos al actual proceso electoral han hecho que diversos analistas y observadores clamen por una reforma profunda en la política peruana. Y no creo que exista persona que se oponga a este propósito, pues el actual arreglo institucional no da para más. Urge un nuevo diseño, que se inicie tan pronto como entre en funciones el próximo Congreso y con un liderazgo que parta de la propia Presidencia de la República.

En ese sentido, vale la pena detenerse en lo que viene sucediendo en la relación entre el Poder Ejecutivo y el Poder Legislativo. Es un hecho concreto que la mayoría, sin necesidad de alianzas, la tendrá Fuerza Popular, partido que lidera Keiko Fujimori. No es una mayoría absoluta, que le permita reformas constitucionales o modificaciones a leyes orgánicas, pero es una mayoría muy importante. En el supuesto de que ella gane la Presidencia, puede constituirse en un presente griego. Se sabe que el poder corrompe, y que el poder absoluto corrompe más. Manejarse con mayoría parlamentaria requerirá de mucho tino, pues el fujimorismo no querrá mostrarse desde un inicio como un gobierno arrasador y autoritario, cuestión que le quitaría gobernabilidad y daría pretextos a sus enemigos para que empiecen con movilizaciones y protestas a nivel nacional.

En el caso de que sea Pedro Pablo Kuczynski el próximo presidente, un escenario posible sería tener el Parlamento con una Mesa Directiva opositora (fujimorista) y sin mayoría. Sería un caso muy particular de una cohabitación, esa que en un régimen semipresidencialista como el francés tiene un Jefe de Estado y otro de Gobierno (nombrado por el Parlamento) pertenecientes a distintos partidos. En el caso peruano, de régimen presidencialista, tendría a un Jefe de Estado de partido político distinto al presidente del Congreso, necesario para el impulso de las leyes e iniciativas de la oposición.

Lo que lo diferencia de circunstancias similares que se han dado en el pasado reciente es que no sería consecuencia de pactos políticos sino algo que nació de las urnas, y que no se daría en el cuarto año de gobierno sino desde el inicio. El fujimorismo haría mal en convertir al Parlamento en una entidad obstruccionista, pues sellaría aquello de lo cual se quiere desprender: la etiqueta de autoritarios, que más bien se convertiría en un tatuaje, muy difícil de sacar. En caso contrario, de ser una entidad colaboradora, dentro de los matices de la discusión parlamentaria, demostraría que los deseos de cambiar no solo eran buenas intenciones sino hechos concretos. Otro escenario sería el de entregar la Mesa Directiva a un grupo de partidos que no sean el fujimorista, pero esto sería lo más difícil de ejecutar.

Existen soluciones para el problemático manejo institucional que se viene; pero dependerán de la posición de los políticos, de acuerdo a una visión de Estado. Se apuesta por el inmovilismo y la confusión que vienen de la confrontación o se toman decisiones que lleven a una suerte de cohabitación con un sello a la peruana. Todo dependerá, una vez más, de la política, que demuestra así su gran importancia.

Juan Sheput