Eduardo Zapata

Eduardo Zapata

Una ciudad, un Estado… y un cuento

La burocracia existe para dificultar la vida de todos

Una ciudad, un Estado… y un cuento
Eduardo Zapata
13 de septiembre del 2018

 

Lentamente, apaciblemente, la ciudad disfrutó del placer de morir.
Ray Bradbury, El Hombre Ilustrado.

 

Si la burocracia y las personas que la conforman disfrutaran (como la ciudad) el placer de morir, otro sería el país. En El hombre ilustrado Ray Bradbury narra la historia de una ciudad en un lejano planeta al que llega una expedición de terrícolas. La ciudad ha esperado 20,000 años a que llegue esa raza de seres. Cuando llegan, la ciudad los analiza y, al verificar por análisis que son de la tierra, los mata y crea unos exactamente iguales a los que envía a la tierra con gérmenes patógenos. La ciudad hace esto porque veinte mil años antes una expedición terrestre llevó una enfermedad que acabó con la vida. Ella fue programada para la venganza. Y una vez cumplida su tarea, muere.

¿Qué tiene que ver esto con el Perú? La burocracia (y los burócratas) son la ciudad. Solo que sin la misma razón. ¿Qué hace el burócrata con el ciudadano en el Perú? Lo anula. Le inyecta el germen de la no credibilidad, de la mismísima escasa productividad, de la desconfianza. ¿Cómo así y por qué? Por la razón de que el burócrata no es tomado en cuenta, no es bien visto por las personas comunes y corrientes hasta que se ven obligadas —por una u otra razón— a tratar con él. Pero el burócrata no olvida y se venga. Y la ciudad inyecta su germen en el ciudadano, pues como la ciudad de nuestro cuento solo existe para ello. Con la diferencia de que no muere del todo. Sigue realizando su labor, pues esa es su única labor, ya que ha olvidado cualquier otra.

¿Quién se salva de su labor? Quien la conoce bien y es diferente al ciudadano común. Al diferente (corruptor o influyente) al que el burócrata deja libre de su efecto. El burócrata (como la ciudad) analiza muy bien a quienes tratan con él. Si son personas humanas —“que piensan y luchan… y tienen corazones y órganos registrados desde hace mucho”— no escaparán de su accionar. Si son diferentes, se libran y consiguen lo que quieren.

“Estos son nuestros enemigos. Estos son los que esperamos…”, parece pensar la burocracia. En su mente solo tiene cabida el obstáculo, la no consecución de los fines de quien trata con ella. La burocracia ya olvidó (como la ciudad) que fue creada para otra finalidad. Pero es incapaz de cambiar: su única existencia es dificultar la vida de otros y envenenar.

¿Tiene remedio una burocracia que funciona de esta manera? No con reformas ni cambios parciales. Sí con la desaparición y la sustitución por otra.

Que esta burocracia (y esto puede extenderse al viejo Estado) disfrute del placer de morir. Y que las personas que la conforman cambien y encuentren sentido real a su existencia.

 

Eduardo Zapata
13 de septiembre del 2018

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