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Un sembrador de paz

Columna

Un sembrador de paz

20 de Diciembre del 2016

Por: Martín Santiváñez Vivanco

La trayectoria democrática de Juan Hermoza

DIOS reparte la alforja de los talentos de acuerdo a los designios misteriosos de su providencia. Sin embargo, en el Perú el talento de la paz es un recurso escaso, casi inexistente. Somos un país en el que se ensalza el enfrentamiento estéril ya sea en guerras abiertas o en una chismografía frívola que denota nuestra debilidad de carácter. Por eso, cuando surge un sembrador de paz, en un medio cainita como el nuestro, se impone rescatar su impronta, señalar su ejemplo y hacer votos para que este talento se multiplique, el ciento por uno, para beneficio de nuestra sociedad.

Conocí a Juan Hermoza en una reunión de amigos de diversas tiendas políticas. Conversamos largo y tendido sobre la coyuntura (él había leído algún artículo mío) y rápidamente comprendí que estaba frente a uno de esos extraños arquitectos de la unidad, rara avis en tierra peruana. Poco a poco fuimos forjando una amistad que ha sido trascendental para mí, porque me permitió superar la creencia (rezago de mi generación universitaria) de que el país debe construirse negando la existencia de Fuerza Popular y de otros partidos políticos. En este sentido, Juan, con paciencia virgiliana, ha sido para mí un guía impagable en la ruta hacia Damasco. Y por eso siempre le estaré agradecido.   

Sí, Juanito posee el extraño talento de la paz. Y, como todo apostolado, su verdadero trabajo se realiza en un marco de discreción y confidencia. Los sembradores de paz siempre actúan alejados de los reflectores de civilización del espectáculo. Supongo que conocen interiormente que la gran recompensa a su labor escapa de los noticieros y se interna en el terreno permanente de la historia. De la historia con mayúsculas. Juan es uno de esos hombres que, trabajando silenciosamente, hace historia del Perú. Historia por los protagonistas, por las premisas y por las repercusiones. ¡Cuánto bien y cuánto mal pueden nacer de la vocación de una sola persona! Mi amigo ha sembrado paz porque ha sido fiel a esa pulsión que domina su vida: tender puentes es mejor que destruir caminos. Esta es una obra noble, porque para un patriota el Perú está por encima de todo.

Fotografía: A la derecha, Juan Hermoza.

Ciertamente, la vida de un pacificador responde a toda una genealogía, a una historia particular. Las vocaciones se hacen con sangre, sudor y lágrimas. Son el fruto de una biografía. La de Juan es edificante. Benjamín de nueve hermanos, de padre limeño, Federico, y madre pucalpina, Miguelina, Juan perdió a su madre a los ocho años. Anduvo por todo el Perú: Chimbote, Arequipa, Bellavista. Cuando estudiaba la secundaria, falleció su papá. De vuelta en Chimbote empezó trabajando como conserje y terminó dueño de su propia empresa. Mientras tanto estudiaba en la Normal Marianista y se graduó de profesor. Trabajó en varios oficios y una vez, siendo operador de radio en la pesca, un amigo suyo, el administrador Víctor Plaza le dijo premonitoriamente “ese puesto no es para ti, prepárate y llegarás lejos”. Aquél día, Juanito comprendió que la actitud es fundamental para todo lo que se emprende en la vida. Desde entonces, siempre dice que el esfuerzo genera una recompensa y que cada cierto tiempo, como su maestro Ludwig Meier le enseñó, todos tenemos que reinventarnos cuidando “la ética y la estética”. Estudiando. Aprendiendo y compartiendo el conocimiento con los demás.

Dice el Evangelio: “Bienaventurados los sembradores de paz”. Juan está casado desde hace cuarenta y cinco años y tiene tres hijos. En junio cumplirá setenta. Su esposa Dorita lo acompaña en las buenas y en las malas. Hace unos días fue condecorado por su labor de paz y concordia, por una vida entregada al Perú. Recibió la medalla en silencio, pensando, seguramente, que solo hace su trabajo de todos los días, con ganas de ayudar. Esto es lo que tienen los sembradores de paz. Viven uniendo discretamente, fomentan la concordia casi con pudor, de manera incansable y no son conscientes de hasta qué punto es importante para todos los demás el diario cumplimiento de su deber.