Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

Todo sobre mi madre

Todo sobre mi madre
Raúl Mendoza Cánepa
23 de octubre del 2017

Un testimonio personal

No recuerdo cuando me enseñaste a interpretar la poesía, pero sí que fue a través de Amado Nervo, un llanto callado sobre la muerte de la amada, “La amada inmóvil”. De a pocos construiste tu pequeña biblioteca porque creías que en ella residía la plenitud del mundo que nunca conocerías. Ahora que yaces vegetativa por el Alzheimer, trato de devolverte lo que recibí gratuitamente. Sí, porque el amor de madre es el único que no acepta devoluciones, la madre ama porque ama y punto.

Te visito y entreabres los ojos. La habitación y la inmovilidad es lo único que te queda. Entonces, perplejo, yo, un extraño para ti, procuro mostrarte el universo desde mi aparato de celular. Me miras desde tu quietud: Mussenet, Mozart, Vivaldi, Brahms, Bach. Te elevas hasta las supremas alturas con “Jesus bleibet meine Freude”, ves. oyes, sin comprender. Las pinturas que te muestro sobre una pequeña pantalla (Van Gogh, Leonardo, Dalí, algunos paisajes impresionistas) son formas sin significado. Ya no interpretas los códigos ni entiendes de perspectivas. Una sociedad represiva te impidió desde muy joven estudiar el arte que amabas, solo tarde descubriste ese universo de manos tu maestro, Miguel Ángel Cuadros. Expusiste y me indujiste con tierna avidez a ese mundo de mezclas y técnicas que mi torpeza solía estropear. Supe lo que era el aguarrás por el ardor de mis ojos, el óleo, el bastidor.

Tenías un principio y es que la cultura nunca, nunca, debe aburrir. Supe por ti de Freud, prohibitivo a mi edad, y de lo eterno de la existencia en tus experimentos sobre los trozos de hielo en el césped de nuestro jardín soleado. “Esto es”, decías, mientras me mostrabas el hielo, el agua y más tarde el vapor invisible, pero inextinguible. “No es efímero, se transforma”, decías como si hubieras descubierto la piedra filosofal. Me contagiaste tu optimismo, la forma creativa de elaborar cada lección. Supe por ti de Frankenstein, de los experimentos de Galvani, de la pesadilla de Mary Shelley y de la boba urgencia de inmortalidad; de la soledad de los monstruos y de un libro que marcó tu existencia: “El Criterio”, de Jaime Balmes. Querías que supiera de él para aprender a pensar, porque hallar la verdad por mis propios caminos era tu ideal y tu vida. Nos recuerdo juntos recortando una selección de artículos del suplemento dominical de El Comercio. Kant, Hegel, Racso, Arguedas, Cortázar, Sartre, cualquier tema que nos capturara en mi más joven edad, todo en un álbum que simulaba ser el summum de nuestra pequeña sabiduría en sociedad.

Te entusiasmaba Unamuno más que nadie. Es curioso que esa inquietud y ese amor por las letras fueran el patrimonio de una mujer que apenas (si lo hizo) culminó la escuela. Procuraste, en una ciudad excluyente, arcaica y machista, que el hogar no fuera tu cárcel. Exploraste la magia en los poemas. La historia de un bibliotecario ciego que, adolorido, se quebraba por habitar el paraíso sin poder deleitarse. Borges y el Poema de los Dones. Gustabas de Neruda y me lo leías para transmitirme tu amor por las pequeñas cosas. Azorín tenía la riqueza del lenguaje sencillo y portentoso, la excelencia de la descripción de los paisajes. Aún recuerdo cuando me lo leías despacio para que lo entendiera y lo paladeara.

Mientras me miras sin reconocerme, sin entenderme-porque te has olvidado de decodificar- tus ojos se humedecen, como si, derruido el hemisferio izquierdo (el de la razón y el lenguaje), aún quedara el alma para comprender lo que nos es inefable.  Mientras insisto en mostrarte el genio de Miguel Ángel desde mi pequeño aparato, me asaltan tus viejos retratos, tus bodegones, tu creación, aquella que solo dio a su fin cuando empezaste a olvidar la utilidad de un pincel. Conservo tu Quijote y algunos de los recortes que con mayor cuidado conservabas. En efecto, la cultura no debe aburrir como no me debían aburrir los ensayos que me leías para obsequiarme tu interpretación, siempre cautivante, siempre esencial.

Aún conservo algunos de tus incunables, porque así los llamabas, aunque fuera “La amada inmóvil”, que hoy es una ironía. Machado, Lorca, Hernández, adorabas la musicalidad. Lo que no era hondo, era chato y vano. Así somos y así es la heredad que luego transmitimos como un viejo pacto a los que nos vienen detrás.  Tu magisterio sobrevivirá y prevalecerá.

 

Raúl Mendoza Cánepa

 

Raúl Mendoza Cánepa
23 de octubre del 2017

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