Dante Bobadilla

Dante Bobadilla

Síndrome de la vaca lechera

Síndrome de la vaca lechera
Dante Bobadilla
15 de junio del 2017

Histeria antiempresa, como en los tiempos de Velasco

Lamentable espectáculo ofrecido esta semana por la clase política y buena parte de conductores de medios por el caso Pura Vida. De una simple observación a la etiqueta en Panamá, pasamos a la psicosis colectiva en el Perú, donde congresistas, ministros y directivos de entidades públicas se rasgaron las vestiduras en defensa del consumidor, emprendiendo una furiosa arremetida contra la empresa privada y dictando severas medidas contra toda la industria láctea.

Más que una explicación política, lo ocurrido merece un análisis psiquiátrico. Este tipo de conductas reactivas y aparatosas contra la empresa privada es normal en algunos políticos como Yonhy Lescano, pero esta vez la epidemia afectó a casi todos. El escándalo ha revelado los viejos problemas que aquejan a nuestra clase política: ignorancia, vedetismo, estatismo y aversión por la empresa privada. Mezcla perfecta para mantenernos en el subdesarrollo. Se pueden contar con los dedos de una mano a quienes emitieron una opinión ecuánime en medio de tanta histeria lechera.

Todo empezó cuestionando a la vaca de la etiqueta, luego pasaron a cuestionar el contenido, como si fuera malo, y acabaron cuestionando a la empresa Gloria como enemigo público. Algunos incluso emprendieron una curiosa idolatría a la leche pura. Otros desataron el terrorismo informativo alertando que todos los productos lácteos contenían componentes cancerígenos. Y hasta culparon a Pura Vida de la baja estatura de los niños peruanos. Finalmente, el ministro de Agricultura anunció que volveríamos a las épocas preindustriales, comprando leche de establo; la ministra de Salud ordenó revisar casi 700 licencias sanitarias de la industria láctea, e Indecopi paralizó la venta de Pura Vida para coronar así la psicosis antiláctea.

Nunca he visto tanta histeria antiempresa desde los tiempos de Velasco y su gobierno revolucionario antiimperialista. En esa época se le conminó a Coca Cola a retirar el término “toma” de su publicidad, bajo el ridículo argumento que era un “mensaje subliminal”. Así que Coca Cola tuvo que modificar todos sus carteles cambiando la frase “Toma Coca Cola” por “Disfruta Coca Cola”. ¡Gran triunfo revolucionario en defensa de los intereses del pueblo! Hoy hemos vuelto a esos delirantes días en que se cuestionaba la publicidad por engañosa y malintencionada, y se redactan los más enrevesados reglamentos para controlarla al milímetro.

Como si todo eso fuera poco, salió un proyecto de ley condenando a ocho años de cárcel a quienes engañen sobre la calidad de los alimentos. Empecemos encarcelando a los que aseguran que su producto “ayuda a prevenir”, ya que eso, estrictamente hablando, significa que no hace nada. ¿Llegaremos a la yihad publicitaria?

Hace tiempo los genios exigieron a las empresas colocar la información nutricional en la etiqueta. Lo copiaron del extranjero, para variar. Hoy se quejan de que “hay que ser químico para entender esa tabla”. Pero en vez de admitir el absurdo requerimiento, culpan a la empresa por no ser “amigable” con el consumidor. Y pretenden hacer más reglamentos siempre bajo la premisa de que la empresa es malvada y culpable, y el consumidor es una víctima sin responsabilidad alguna. Ya hemos llegado al ridículo en que el Estado regula hasta lo que compran los escolares en el recreo, incluyendo lo que llevan en la lonchera. ¿Adónde más llegarán?

No falta nada para que algún progre iluminado exija etiquetados en quechua y aymara o en la lengua nativa del lugar donde se expende. ¿Alguien se opondría? No. De seguro todos levantarían la mano para aprobar tan revolucionaria medida a favor del pueblo y los sectores más indefensos, de las minorías marginadas y bla bla bla.

Ver las tonterías que publican en los memes de las redes sociales no me sorprende, pero comprobar que estos reflejan fielmente el accionar y el discurso de los ministros, y políticos, resulta preocupante y desalentador. ¿Cómo llegamos a esta situación? ¿Cómo salir de este mundo absurdo? Hay, hermanos, mucho por hacer.

Dante Bobadilla

 
Dante Bobadilla
15 de junio del 2017

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