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Sin luchas no hay victorias

Columna

Sin luchas no hay victorias

21 de Agosto del 2017

Se unen los beligerantes e intransigentes

De buena fe, la población se solidariza con los reclamos de los profesores. Esa buena fe es alimentada por los deseos que todos tienen de mejores sueldos y jornales, y que sus labores sean reconocidas de la mejor manera. Esa buena fe no es la misma de la política que abandona al Gobierno frente a la huelga impulsada por una dirigencia ideologizada del SUTEP, que fue apapachada en el Congreso. Congresistas casi disputándose una instantánea con Pedro Castillo, el dirigente acusado de ser una especie de tándem en la órbita de Sendero Luminoso.

En momentos tan cruciales, y para vergüenza ajena, la mayoría de Fuerza Popular apoya la interpelación presentada por el Frente Amplio contra la ministra de Educación. Se convierte así en furgón de cola de una izquierda a la que, por identidad y visión, debería combatir ideológicamente. No es de buenas intenciones cuestionar a la ministra frente a una dirigencia adoctrinada y preparada para toda clase de luchas en plazas, calles y salones, sin temores y sin nada que perder. Se debería quitarle fuerzas y legitimidad para debilitarla.

Se han unido toda clase de beligerantes, intransigentes, envalentonados padres de familia, alumnos y caciques ocupados en política. Creen que la gesta heroica de hoy es de los maestros. Ayer fue contra Pura Vida. Poco importan los climas de paz y estabilidad social, consenso, disponibilidad para el diálogo y para ceder cuando se debe. Las próximas elecciones municipales y regionales ya tienen protagonistas visibles. Indignados legañosos manifestándose en favor del SUTEP que, además de reivindicaciones laborales, tiene una agenda política bajo el brazo. Los aprovechadores de la circunstancias creen que sus perfiles personales se verán mejor congraciándose con los revoltosos y violentos. Ni lecciones ni historias aprendidas.

De valientes recordemos a Manuel González de Prada, quien rompió con sus antepasados aristócratas para ponerse del lado de las masas trabajadoras explotadas y abusadas de mil maneras. Eliminó el “de” de su apellido para sentirse más peruano. “Los jóvenes a la obra, los viejos a la tumba” fue su grito de guerra contra todo un establishment que se apropió de los cuerpos y las almas del país. Combatió ardorosamente a esa oligarquía que sobrevive, que cree que el país es su feudo y donde su voluntad prevalece con el apoyo de los políticos a su servicio. Un virulento González Prada aprovechó toda oportunidad para señalar los defectos y los vicios de un Estado y una sociedad carcomida por toda clase de ineficiencias, corruptelas e ignorancias que hacían del Perú —a comienzos del siglo pasado— un país con un destino nada alentador. Sus alegatos por la decencia y la honestidad de la política y la vida pública no han tenido eco aun cuando era imagen ejemplar de personajes jóvenes como José Carlos Mariátegui y Víctor Raúl Haya de la Torre. De eso, nada queda.

Los políticos son como los conductores detrás de un vehículo averiado cuyo chofer, tratando de solucionar el desperfecto, sufre el ataque indolente de las bocinas de los vehículos detrás de él, atosigado de manera inmisericorde, sin entender la situación complicada que atraviesa. Qué saben de cooperación y solidaridad los profesores ideologizados con doctrinas violentas. Qué saben de esos principios esenciales para edificar una sociedad en la que lo colectivo prime sobre lo individual. Esa es la desgracia del país. La lucha de clases es la bandera que enarbolan: “Lucha irreconciliable de los trabajadores con la patronal”; es decir, el enfrentamiento constante entre peruanos, cada quien peleando por su cuota de poder y por sus beneficios personales y de grupo. Odios y resentimientos. Y dirán por más tiempo: sin luchas no hay victorias.

Manuel Gago