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Reformismo liberal

Columna

Reformismo liberal

2 de Agosto del 2017

Un país se construye por la voluntad de los emprendedores

Todos los mensajes presidenciales son insatisfactorios si no remecen la escena política. Durante el primer gobierno de Alan García (1985-1990), los peruanos se mantenían expectantes aguardando un anuncio inesperado. Vivían fascinados con la novedad porque asumían que el crecimiento dependía de las decisiones palaciegas y no de la iniciativa privada.

No hay mejor gobierno que el que aburre en los discursos. No hay mejor Congreso que el que legisla menos. Desregularizar y desatar cumple mejor los objetivos de un libre flujo de la riqueza que entrampar. Muchos congresistas persisten en sumar proyectos en su ranking de trabajo, como si con el bulto aportaran al crecimiento. Este no depende del número de leyes que se elaboran, sino del número que se derogan y de la cantidad de procedimientos que se simplifican. Mientras se requiere de un gobernante que lidere el ánimo colectivo y se coloque el casco y la bota para pisar el fango frente a la obra, se necesita también de un parlamentario que sepa que lo suyo es representar. Importa cuando un congresista recorre los pasadizos de los hospitales o gestiona frente a la escasez de determinados fármacos fundamentales. Caminar entre camillas, armar bochinche, supervisar una obra y ser un auténtico defensor del pueblo es lo que se espera de quien ocupa un escaño.

No hay mejor reforma que la obra pública ejecutiva por un lado, y el dominio de la ley (a la francesa) que limita el campo temático del legislador ávido de gloria individual. Una legislación desbordante no solo es ineficaz (no se cumple), sino que promueve el derecho ineficiente, ese que aprieta e incentiva la informalidad, cuando no la ilegalidad o la corrupción. Un legislador ocupado en la abundancia de normas será el artífice de una mala legalidad y pervertirá el sistema de justicia, pues el juez (Montesquieu) es la boca de la ley.

El reformismo liberal es una deconstrucción, algo tan remoto de nuestra cultura, avivada por la novedad estatista, en la que los mensajes presidenciales de medio año son sosos si no abundan en injerencias populistas. Un país no se construye por el voluntarismo en la punta de la pirámide, sino por la voluntad de millones de emprendedores libres de toda coerción exterior. Pero para los peruanos deconstruir el derecho lleva al vacío.

Quizás poco se sabe de las experiencias exitosas (y también de las otras) que permiten afirmar que el desarrollo es un efecto de la libertad. Murray Rothbard expuso la creencia en un orden espontáneo, influenciado por la experiencia, el razonamiento e incluso el Tao, la filosofía del “no hacer”. “No me ocupo de ningún negocio y el pueblo se enriquece por sí mismo”, decía Lao Tse. No le faltaba razón si miramos dos ejemplos.

En los años veinte, Argentina era uno de los países más ricos del mundo, junto con Estados Unidos, Canadá y Australia. La clave: apertura comercial, libre mercado y estabilidad monetaria. A los argentinos los hubieran espantado las novedades. La nacionalización, el gasto público, los impuestos, los controles y el mercantilismo (aún en la dictadura de los setenta y en la restauración democrática) llevaron a este país a una degradación económica y social que los alejó de la cumbre. Mientras tanto, para 1960 el ingreso per cápita en Singapur era de US$ 430. Un país paupérrimo que multiplicó su riqueza y pasó a tener un ingreso per cápita de US$ 55,000. Cero pobreza y uno de los cinco países más ricos del mundo: al margen de paraíso fiscal, un país en el que se puede invertir fácil y, fundamentalmente, baja presión fiscal; facilidad para hacer negocios (segundos en el Doing Business 2016) y un Estado pequeño. Un paquete de anuncios de injerencia populista y este descomunal león, asentado en un territorio pequeño, se desmorona.

La lección es verificable cuando fecunda en la historia. Esperamos mucho de nuestros políticos, cuando deberíamos temer cada vez que asoman. La construcción del desarrollo no es patrimonio de la imaginación creadora de un burócrata, como sí de su ingenio para desmontar el Estado, tarea que debería unir al Gobierno y al Congreso nacional. Quizás los peruanos de la calle no sepan de Argentina y Singapur, pero ustedes ya están avisados.

Raúl Mendoza Cánepa