Luis Hernández Patiño

Luis Hernández Patiño

¿Qué hay para celebrar esta noche?

Los peruanos tenemos mucho por corregir y un largo trecho que recorrer

¿Qué hay para celebrar esta noche?
Luis Hernández Patiño
19 de abril del 2018

 

A los peruanos nos gusta festejar. Conocidas son aquellas jaranas de antaño que, según cuentan, duraban más de tres días. No hace mucho, nuestra gente estuvo celebrando la renuncia de PPK, y también festejó los triunfos de la selección de fútbol. Pero al leer las noticias, sobre los más recientes acontecimientos, me hago la pregunta: ¿Qué hay para celebrar esta noche? Si vamos al fondo de lo que nos está ocurriendo como país descubriremos que están sucediendo cosas que no son, ni pueden ser para nada, motivo de celebración alguna, sino de profunda indignación.

Por dar un ejemplo, yo siento que, después de tanto esfuerzo y luego de tanto trabajo para liberar al Perú de todo lo que sufrimos en los años ochenta, las hordas terroristas se están saliendo con la suya, en términos jurídicos. Y gracias a todos los que, en mi opinión, se encargaron de traicionar aquello que se dio en llamar la “transición democrática”. Así pues, los malhechores terroristas, esos tipos que nunca debieron dejar las cárceles, ahora se sienten triunfadores. ¿Tendríamos que celebrar con ellos? No, simplemente no.

En el Perú no hay motivos de fiesta. Viene a mi mente aquella canción “Las torres”, de Los No Sé Quién y Los No Sé Cuántos. Sí, me parece estar escuchando esa canción, pero no porque me den ganas de bailar, sino porque me preocupa todo lo que ha pasado desde aquel 1992, cuando la mencionada canción se puso de moda. El Perú, en esos tiempos, era efectivamente una torre derrumbada. Más propiamente dicho, era una torre que había sido históricamente derrumbada por la acción de grupos minoritarios de mercantilistas, de derechas e izquierdas, que acapararon al Estado para ponerlo a su servicio.

Pero entonces, con esfuerzo y gran sacrificio, el país se dedicó a enderezar aquella torre que a todos nos pertenece. Aunque a algunos no les guste, los años noventa sí representaron una gesta heroica de reconstrucción; lo que no quita que sí hubieron errores en la conducción y en el proceder político de nuestros dirigentes. Los terroristas dejaron de tener la posibilidad de seguir balanceándose sobre “la torre derrumbada”. Nuestra economía se comenzó a encarrilar, y no es poco lo que se podría seguir anotando de los logros que se fueron dando.

Pero, al cabo de unos años, los terroristas fueron reemplazados por otro grupo no menos nefasto. Así, hoy podemos ver cómo un lobista se balancea sobre una torre, que podría volver a derrumbarse. Pero como nota que esa torre todavía resiste, le pasa la voz a otro camarada financista. Y entonces ya son dos, y luego tres, los lobistas que se siguen balanceando, sin ninguna preocupación por lo que a nuestro país le pueda suceder.

¿Qué hay, pues, para celebrar esta noche? Para mí, nada. Aquí no hay fiesta que tenga realmente un sentido de triunfo para la sociedad peruana. Tal vez los grupos de dominio fáctico disfruten de algún cocktail party, pero los hombres y mujeres de a pie, entre los que se encuentran aquellos mozos que atienden en las grandes comilonas de lujo, tendremos que esperar el mensaje del presidente del Consejo de Ministros. Y tampoco pienso que entonces haya mucho por celebrar.

Yo percibo que los últimos cambios producidos en las esferas del poder no representan ni más ni menos que la instauración de la segunda fase de un mismo gobierno. Lo interesante, y lo que yo quisiera, sería que esta segunda fase sea capaz de realizar lo que el gobierno no hizo en la primera. Y en realidad no es poco lo que está pendiente como agenda histórica. Por lo pronto, es necesario dejar de lado a todos los funcionarios que promueven la implementación del enfoque de género y que han tenido luz verde en el terreno político durante el periodo de PPK. El Perú tiene el derecho natural a una educación y a una salud que no tome a la persona humana como medio para beneficio de poderosos intereses financieros, sino como fin y receptor supremo de los beneficios que el Estado debe brindarle a la persona humana. Justamente por un tema de obligación también natural, antes que ideológica.

Hay mucho por corregir y un largo trecho que recorrer para encontrar un real motivo de celebración. Al respecto, hago votos para que no nos salgamos del camino económico por el que hemos venido andando —al que se le suele llamar “el modelito”, en una forma despectiva—, dejando de lado lo que sí hemos conseguido dejar atrás en cuanto a pobreza. Pero recordemos que lo económico no es todo, y por eso hago énfasis en la orientación de la salud y la educación. Cuando nuestro Estado demuestre con hechos que sí está a la altura de la majestuosidad de la persona humana y de su naturaleza, entonces sí sobrará motivo para hacer fiesta.

 

Luis Hernández Patiño
19 de abril del 2018

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