Martin Santivañez

Martin Santivañez

¿Por qué cayeron Martens y Saavedra?

¿Por qué cayeron Martens y Saavedra?
Martin Santivañez
20 de septiembre del 2017

Para revolucionar la educación hay que dialogar con los actores

Dos ministros de educación han caído en un año por la sencilla razón de que la supuesta reforma educativa no ha tomado en cuenta la opinión de los padres de familia ni de muchos otros stakeholders de la sociedad. Esta razón no ha sido procesada políticamente por el Gobierno. En cambio, sí ha sido captada inmediatamente por sus aliados mediáticos e ideológicos (la izquierda caviar) quienes, a pesar de ser conscientes de hasta qué punto su postura abstrusa favorecía la formación de un gran frente nacional contra la supuesta reforma, jalearon al Ejecutivo para que se mantenga tercamente en contra de este frente nacional que se formaba contra sus ministros. Finalmente, un tsunami de indignación popular (74%) ha puesto fin a la supuesta reforma y nos obliga a preguntarnos, nuevamente, sobre cómo se deben hacer políticas públicas en el sector educativo.

Está meridianamente claro que el laboratorio de los burócratas ignoró por completo a varios de los más importantes involucrados de la supuesta reforma (stakeholders). Esto significa que los burócratas que diseñaron la falsa reforma pensaron en sus modelos y en sus ceteris paribus, algo propio de la mentalidad de los economistas encerrados en la desviación de sus ensoñaciones. Pero no analizaron la realidad peruana, un escenario que solo está al alcance de los políticos y de los buenos gerentes de la cosa pública. Este ha sido el punto débil, la línea de quiebre de la supuesta reforma. Hacer una reforma en función a los modelos y no a la realidad equivale a condenarla al fracaso. Y la realidad no solo son los problemas de infraestructura, de currículo o de regulación. La realidad también son los actores, los involucrados, los que se benefician y los que rechazan la reforma.

El saavedrismo ninguneó a los actores porque se dedicó a promover fórmulas creadas para otros entornos, aplicándolas sin filtro al país. La supuesta reforma no ha contado con los padres de familia, no ha contado con la situación regional y subregional de los profesores, y no ha contado con el sector privado de la educación nacional. El sesgo antiprivado ha sido señalado reiteradamente por los críticos de la supuesta reforma. La política saavedrista tiene un apellido: se trata de la política educativa del humalismo, un voluntarismo pseudo-institucional que hunde sus raíces en el mismo sesgo estatista que ha condenado a la educación peruana a los últimos lugares del ranking mundial.

Martens y Saavedra cayeron porque activaron el mismo frente de actores opuestos a la imposición estatal. Cayeron porque no supieron dialogar con los padres de familia, con los maestros que sí quieren meritocracia, pero gradual y realista, y porque ningunearon el aporte positivo de la educación privada al país. Cualquier ministro que active este gran frente nacional, optando por la ensoñación antes que por la realidad, está condenado al fracaso. El ministro Vexler tiene ante sí un desafío enorme. La realidad que encuentra es distinta a la realidad que tuvo que enfrentar cuando fue viceministro. Los actores están en pie de guerra. El camino más corto para el fracaso empieza en el laboratorio de los burócratas. Por eso, el ministro que quiera revolucionar la educación peruana tiene que dialogar con los actores. El resto es pura ensoñación.

 

Martín Santiváñez Vivanco

 
Martin Santivañez
20 de septiembre del 2017

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