Martin Santivañez

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Partido, política y terrorismo

Partido, política y terrorismo
Martin Santivañez
22 de agosto del 2017

Para conjurar el retorno de la violencia política

El partido político que se muestre radicalmente antiterrorista contará con el apoyo mayoritario de la población en las próximas elecciones. El terrorismo ha logrado unificar a la mayor parte de los peruanos y el discurso de la memoria histórica, un discurso que la izquierda pretende desarrollar, carece de lógica interna. El antiterrorismo, la denuncia del terror senderista que durante años destruyó a la sociedad peruana, es un pilar en la conformación de un partido popular que represente a la mayor parte de la población. El eje antiterrorista tiene que plasmarse en un discurso concreto de identificación del enemigo. El Movadef, por su origen viciado y su discurso radical, se presenta como un movimiento que permite lograr un doble objetivo político: hacer pedagogía histórica y ejercitar el músculo discursivo.

El discurso antiterrorista es un discurso esencialmente político. La izquierda, que no ha logrado capturar el Estado a pesar de su apoyo directo a diversos procesos revolucionarios, aún es ambivalente ante la realidad de la violencia. Un Estado viable, una democracia de calidad, se caracteriza porque el Estado ejerce el monopolio de la violencia. Pero la izquierda peruana, que ha fracasado en la gestión del Estado, está dispuesta a que este pierda el monopolio de la violencia desarrollando una estrategia de “protesta social”. La violencia, para la izquierda, recae en la dimensión operativa. Un sector reducido puede ejercerla, arrebatando el control del Estado. Y este sector, ejerciendo la violencia hasta llegar a la sangre, es capaz de cambiar una política pública o forzar la claudicación de cualquier gobierno.

La democracia débil es el resultado de esta ambivalencia sobre la capacidad de ejercer la violencia política. Un Estado que cede esta prerrogativa es un Estado débil que se condena voluntariamente a la ineficacia. Este es el valor que deben analizar los tecnócratas, incapaces de ser hombres de Estado. Si la tecnocracia prioriza la eficiencia por sobre otras variables, entonces es imperativo hacerles notar que la renuncia a ejercer la violencia e imponer el orden provoca un entorno de anemia institucional e ineficiencia sistémica. El monopolio de la violencia estatal es la premisa básica de todo reformismo capaz de transformar el Estado en una máquina eficiente. La renuncia a imponer el orden es la renuncia al posibilismo reformista.

Un partido popular tiene que imponer el orden e identificar a los enemigos de la autoridad estatal. Un partido popular debe ser capaz de defender lógicamente al Estado, apelando a la razón política y a la supervivencia de la comunidad social. La identificación del enemigo terrorista y de los movimientos filoterroristas es un punto estratégico para un partido popular. La creación, basada en la historia nacional, de un discurso político antiterrorista que identifique adecuadamente las causas, protagonistas y peligros del terrorismo es un extremo imprescindible para la conformación de una estrategia electoral.

Los que defendieron al terrorismo, los filoterroristas de los setenta y ochenta, actúan políticamente de manera pública. Tienen un discurso articulado falsamente progresista. Los terroristas han infiltrado varias instituciones, ministerios y poderes del Estado. Solo un partido popular consciente de las desviaciones históricas puede conjurar el retorno del terror, actuando como arca de la verdadera memoria, columna esencial de todo Estado funcional.

 

Martín Santiváñez Vivanco

 
Martin Santivañez
22 de agosto del 2017

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