Rocío Valverde

Rocío Valverde

Para que la vida dure un poco más

A propósito de las enfermedades degenerativas del sistemas nervioso

Para que la vida dure un poco más
Rocío Valverde
19 de febrero del 2018

 

He recibido un ramo de tulipanes morados. Los tulipanes llegaron cerrados y los puse en un florero con agua. Cada día he ido cambiando el agua del recipiente y ido cortando un poco de sus tallos. Hoy, tres días después, a las tres de la tarde los tulipanes lucen abiertos y radiantes, han llegado al pico de su belleza. Este momento cumbre se va en un pestañeo, pues con el llegar del ocaso los pétalos pierden su vibrante color. La muerte ha empezado.

Esta tarde he hecho un pastel de manzana usando la receta del famoso libro que ha pasado de generación a generación en mi familia. Ese olor a manzana horneada me ha transportado a mi casa en Lima, a 1999. Como era ya costumbre, al regresar del colegio entraba a las habitaciones de mis abuelos y mi bisabuela para preguntarles si querían que les comprara algo de la bodeguita. Mi bisabuela siempre quería manzanas y pasas borrachas, mientras que mis abuelos pedían chocolates.

Este gesto tenía un tinte más profundo. Estos eran los años en los que la estrella de mis abuelos comenzaba a ocultarse. El Parkinson había empezado a robarle la vitalidad a mi abuelo, congelándole los pasos; la osteoporosis había convertido a mi abuela en una muñeca de cristal y a Herminia simplemente los años comenzaban a pesarle cada vez más en la joroba. Al ir yo a la bodega solo quería evitar que se tropezaran enredándose con sus propios pies haciendo los recados más mundanos. Yo solo quería que no se volvieran a romper un hueso. Me iba de su casa solo cuando ya estaban metidos en la cama. No quería que se cayeran de noche y solo tuvieran de compañía al frio suelo hasta que alguien los encontrara por la mañana. Quería que me duraran un poco más.

En estos momentos trabajo en un par de estudios de enfermedades degenerativas del sistema nervioso. Uno de ellos es un ensayo sobre el Parkinson, y aunque trato de no involucrarme hay días en los que, sin darme cuenta, algunos casos me pegan con más fuerza. Estas personas llegan desesperadas en busca de ayuda en la flor de la vida. Son conscientes de que sus capacidades se van a ir deteriorando rápidamente. Tareas simples como ducharse, ir a comprar el pan o cepillarse los dientes se van a convertir en retos diarios. Sus parejas han aceptado que en unos cuantos años, dependiendo de cómo progrese la enfermedad, tendrán que convertirse en sus cuidadores.

Aunque no los conozco, para mí ellos no son simplemente un número de identificación, un número que simplemente esperas se mantenga vivo, no te cause problemas y no se desvíe de lo establecido por el ensayo. En cada una de estas personas veo un poco de mi abuelo, veo la preocupación de su familia y veo quizás a alguna nieta que ha descubierto que la vida le ha dado vuelta a ese reloj de arena. No puedo evitar leer en la prensa los maltratos que sufren las personas en los centros de salud y me pregunto cómo se puede tener tan poca sensibilidad conociendo la historia y la cara de los pacientes.

Cada día se me hace más cierto eso de que vivimos en un mundo donde hay humanos, pero no hay humanidad.

 

Rocío Valverde
19 de febrero del 2018

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