Neptalí Carpio

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Metástasis

Crisis y renovación de la política peruana

Metástasis
Neptalí Carpio
22 de diciembre del 2017

 

Cuesta decirlo, pero creo que están profundamente equivocados quienes imaginan que en cualquiera de los escenarios que se generen por la decisión del Congreso, este jueves 21 de diciembre, la actual crisis política se resolverá (este artículo fue escrito en la víspera de la discusión sobre la moción de la vacancia presidencial). La crisis puede amainar por un tiempo, pero volverá a reaparecer, una y otra vez, en búsqueda de una salida integral, frente a la descomposición del sistema político actual.

Albert Einstein decía: “No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países porque la crisis trae progresos. La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis que nacen la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias”. No le faltaba razón al inventor de la teoría de la relatividad. Los síntomas de la crisis actual muestran a un sistema político sistémicamente enfermo por la corrupción. Es como si hubiera llegado a una situación de metástasis, como un cuerpo en cáncer terminal, donde las células cancerosas se separan del tumor original (primario) y viajan a través del sistema sanguíneo o linfático para formar otros tumores nuevos en otros órganos o tejidos del cuerpo.

Puede darse, incluso, una situación en los próximos meses, como lo señalan varios economistas, en la que se produzca una parcial reactivación económica que arañe el 4.5% del PBI. Pero no por ello la crisis institucional del sistema político quedará neutralizada o culminada. La razón de ello estriba en que la corrupción sistémica afecta el núcleo central del sistema político, mientras los actores políticos no muestran una real voluntad. No solo para evitar la impunidad de todos los actores comprometidos con casos de corrupción, sino también para producir una radical reforma del sistema político atravesado por la corrupción, el narcotráfico y una extendida economía delictiva.

La causa histórica de esta situación radica en que después de la caída del decenio fujimorista, el año 2001, no se produjo la transición hacia un nuevo estado de cosas, como fue la promesa. Los propios demócratas que acompañaron a Alejandro Toledo en la “Marcha de los Cuatro Suyos”, terminaron envueltos en la misma situación, empezando por el propio líder de la Chakana. Peor aún, connotados empresarios y hasta un vicepresidente de la Confiep están presos o perseguidos por la justicia. No era, pues, tan cierto que vivíamos una economía de libre mercado, sino un “capitalismo de compinches”, como expresión de la antigua tradición del Estado mercantilista que Hernando de Soto criticó de manera brillante en El otro sendero. De Soto decía que había mercantilismos de izquierda y de derecha, aunque no imaginó que décadas después la corrupción comprometería casi a todos los sectores políticos, dentro y fuera del Gobierno. Yo diría incluso que la corrupción sistémica actual es intergeneracional y convive con una alta tolerancia social. Esto último explica por qué existe una escasa movilización ciudadana frente a un mal que todas las encuestas señalan como el principal problema a enfrentar.

Es oportuno entonces volver a Einstein, cuando decía que “La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia. El inconveniente de las personas y los países es la pereza para encontrar las salidas y soluciones. Sin crisis no hay desafíos, sin desafíos la vida es una rutina, una lenta agonía. Sin crisis no hay méritos. Es en la crisis donde aflora lo mejor de cada uno, porque sin crisis todo viento es caricia. Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo. En vez de esto trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora que es la tragedia de no querer luchar por superarla”.

 

Sí, pues, ahí tenemos la incompetencia del gobierno de PPK, la atomización y excomunión permanente de las izquierdas y la incapacidad del fujimorismo para ordenar el escenario con una agenda legislativa de reforma de las instituciones y de profundización de una economía de libre mercado.

 

Desafortunadamente, desde mediados del siglo XIX no ha surgido en el Perú un proyecto liberal refundador de nuestro sistema político. Los liberales peruanos, adocenados, temerosos y de pantalones cortos tienen, por ejemplo, el temor de que la convocatoria de una Asamblea Constituyente o una reforma parcial de la Carta Magna sea un motivo para validar una propuesta izquierdista, cuando en realidad la creación de un momento constitucional fue creación del liberalismo clásico.

Si el país requiere soluciones de fondo, ¿no es acaso profundamente liberal apelar al soberano, a la voluntad popular, para crear este momento fundacional para reformar nuestras instituciones? Pretender resolver la crisis desde las entrañas de un cuerpo enfermo, no solo es antidialéctico, sino clínicamente imposible. En la historia de la humanidad hay numerosas muestras de que en estos momentos de profunda crisis, lo mejor es generar las condiciones para un nuevo contrato social para, en el marco de una extensión de la democracia liberal, llevar a cabo las profundas reformas del sistema político (bicameralidad, anulación del voto preferencial, democracia de los partidos, financiamiento público, fortalecimiento de los controles políticos, acabar con los privilegios del sistema salarial, profundizar la economía de libre mercado, etc.) y llevar a cabo la frustrada transición de la década pasada.

Pero todo parece indicar que seguiremos en el pantano, de crisis en crisis.

 

Neptalí Carpio
22 de diciembre del 2017

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