Darío Enríquez

Darío Enríquez

Lima: políticos desconcertantes e incierto destino

Limeños se han habituado al caos cotidiano y sin solución a la vista

Lima: políticos desconcertantes e incierto destino
Darío Enríquez
27 de junio del 2018

 

En algunos meses más tendrán lugar las elecciones municipales y regionales en todo el Perú. En un variopinto festival de promesas imposibles, torpes propuestas y dichos disparatados, la confusión reina entre tanta candidatura y los ciudadanos miran perplejos que se hace evidente un gran vacío de liderazgo positivo. En Lima, donde se concentra el 30% de la población peruana, esta confusión adquiere niveles alarmantes. La increíble declaración de un alcalde distrital —que pretende ser burgomaestre metropolitano—, afirmando que “Lima es plana y debemos aprovecharlo”, es una penosa muestra del bajo nivel cultural e intelectual, además de la lejanía que hay respecto de la realidad por parte de algunos miembros de nuestras “élites” políticas.

Una banda de delincuentes organizados perpetra un asalto de proporciones al interior del centro comercial más emblemático y vigilado de nuestra capital. Mientras tanto, las autoridades responsables siguen brillando por su ausencia y los candidatos juegan al superhéroe, haciendo promesas que se encuentran absolutamente fuera de las atribuciones ediles. Le compete al Ministerio del Interior y no a la Municipalidad Metropolitana enfrentar el grave problema de la inseguridad ciudadana.

En la línea de preocupaciones por el medio ambiente —algo que en principio es bueno—, desde el Congreso, y también desde algunas comunas, se propone prohibiciones de materiales como el plástico o el poliestireno (que en Perú llamamos “tecnopor”). Se ignora flagrantemente que hay una enorme cadena de operadores de estos materiales, en diversos formatos y usos, desde la producción hasta la comercialización para su uso cotidiano. Se deja de lado que la economía de un gran número de personas y familias dependen en este momento de expender esos productos. Además, las prestaciones que proporcionan tales materiales no pueden ser cubiertas de modo eficaz por ningún otro material disponible en este momento. ¿Cómo pueden proponer tales medidas sin rubor alguno, cuando aún no se cumple con la mínima tarea de recoger eficazmente toda la basura que se produce en la ciudad? Y en algunas zonas periféricas esto sigue siendo un grave problema sanitario.

En general, sin mayor análisis, asaltados por el tonto deslumbramiento propio de turistas desavisados que vienen de visitar ciudades del “primer mundo”, algunos políticos vuelven de esas visitas y proponen trasplantar medidas, normas y reglamentos de esas otras ciudades. No se percatan ni por asomo de que debemos atender prioridades, que en esas ciudades los problemas urbanos fundamentales ya han sido solucionados, que la ciega e irresponsable comparación con ellas solo nos lleva hacia el absurdo.

Otro testimonio de ese deslumbramiento es el caso de quienes desean fomentar el uso de la bicicleta como supuesta solución para el transporte público. No hay absolutamente ninguna gran ciudad en el mundo donde ello sea una solución. La bicicleta es útil si se trata de traslados individuales y cortos, pero es poco eficaz —además de altamente riesgosa en una ciudad como Lima— para trayectos medios y largos. No hay ninguna justificación racional para destinar dinero de los contribuyentes a la construcción de inútiles ciclovías, despilfarrando recursos y restando espacio para el aún caótico tráfico de vehículos. En todo caso, tiene prioridad marginal, y quienes desean podrían promover iniciativas privadas de alcance local. Toda nuestra energía debe orientarse hacia mejoras continuas y dramáticamente necesarias en el sistema de transporte masivo. Especialmente la gran inversión en infraestructura y vialidad: continuar con el tren metropolitano, ampliar la cobertura de buses metropolitanos, promover mejoras en las empresas privadas de transporte masivo, y construir tantos pases a desnivel, viaductos, vías de evitamiento, autopistas, corredores viales, etc. Lo que sí puede resultar efectivo es construir ciclovías de uso turístico o de esparcimiento, pero de ninguna manera debe venderse la masificación del ciclismo como una solución al estresante tráfico limeño cotidiano.

No perdamos de vista que nuestro objetivo de alcanzar el bienestar personal, familiar y social se concreta necesariamente en la ciudad donde vivimos, pues ese es el espacio geográfico, tangible y físico en el que desplegaremos ese nivel de vida deseado. Si no atendemos este hecho objetivo, entonces las cifras positivas de la macroeconomía alcanzarán a reflejarse muy débilmente en nuestra cotidianidad. Un elemento fundamental en ese bienestar es el derecho inalienable de todo individuo para concebir y llevar adelante su propio plan de vida, en el contexto de la familia, comunidad o sociedad a la que pertenece. Lo que nos lleva a recordar que la vida, la libertad y la propiedad privada son derechos fundamentales, sin ninguna otra condición ni restricción que no sea la defensa de estos derechos bajo cooperación mutua, convivencia pacífica e incluso indiferencia, según voluntad expresa de cada uno.

Formulado desde dos orillas contrapuestas del pensamiento, tanto por Ayn Rand como por Jane Jacobs, el derecho al propio plan de vida debe ser respetado y protegido por el Estado. Se trata entonces de una libertad sostenible en la verdad, la razón y la responsabilidad; y que implica respeto a los demás, según lo puntualiza Ratzinger. Una real libertad para todos. Es intolerable y debe ser rechazada toda pretensión falaz de una “ciudad para todos” desde una posición ideológica que imponga decires, pensares y sentires ajenos a la voluntad libérrima de los ciudadanos. Es que, en la neolengua de los constructivistas de diverso color, sabor y textura, “todos” deja fuera a los que no piensan como ellos. Cuidado.

 

Darío Enríquez
27 de junio del 2018

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