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Las reformas y su contexto

Columna

Las reformas y su contexto

17 de Julio del 2017

Aprovechar la actual crisis política para hacer reformas

A propósito de comentar el encuentro entre Keiko Fujimori y el presidente de la República, en la entrega de la semana pasada precisaba que debemos buscar los ejes centrales para las reformas que el país demanda, aun cuando las discrepancias se vayan a mantener, considerando la labor de fiscalización y oposición que le corresponde a Fuerza Popular. No se debe perder de vista que la última gran reforma se implementó a inicios de los noventa.

Si bien el país viene creciendo y tenemos un potencial de crecimiento entre 4% y 5% del PBI, requerimos de un crecimiento mayor para que en el mediano plazo accedamos a una sociedad realmente equitativa; o por llamarlo en términos más cotidianos, una sociedad moderna. Se requiere sin duda “oxigenar” el modelo, no cambiarlo o derogarlo. Requerimos de una mayor velocidad del Estado en el logro de sus propósitos, que se encuentran rezagados, así como para los agentes económicos y la ciudadanía en general. De lo contrario, revertir los problemas de la seguridad, corrupción, pobreza e informalidad, así como los otros problemas graves que nos aquejan, nos tomará mucho tiempo, lo cual es injusto para quienes se mantendrán excluidos de la “modernidad” en ese periodo.  

Sin duda las grandes reformas se han gestado en escenarios políticos, sociales y económicos muy complejos, y ello se considera que fue una de las bases para la gran reforma de los noventa. Sin embargo, la mayor interrogante es si tenemos que esperar una “gran crisis” para emprender nuevas reformas y con mayor profundidad. Los argumentos en esta línea de pensamiento son muy extendidos y sólidos. En una reciente entrevista en El Comercio al economista Waldo Mendoza, quien comentaba a propósito de las reformas emprendidas por el MEF, indicó que “Muchos creen que la reforma se puede hacer en cualquier momento y circunstancia, pero la experiencia internacional y la peruana muestra que no es así. Acemoglu y Robinson dicen que las reformas que cambian las estructuras económicas en un país se dan en tiempos de guerra, cataclismos, crisis económicas agudas y golpes de estado”.

En la búsqueda de respuestas para lograr reformas en escenarios distintos, accedí a una reciente publicación escrita por Omar Awapara y Eduardo Dargent, titulada Huntington en el Perú (o Cuidado con las reformas), mediante la cual buscan explicar la tesis de este académico (Samuel Huntington) a partir de las reformas en el país: “Los enormes cambios sociales producto de la modernización, vistos por muchos con optimismo, producen desorden político en estados con instituciones débiles”.

Estos autores parten de una premisa para su explicación: la debilidad de la institucionalidad en el Perú, lo cual deriva en una baja legitimidad del Estado y de sus instituciones. Precisan que no obstante la debilidad indicada, es común que los hacedores de reformas las lleven adelante y no tomen en cuenta las carencias del Estado, ni el contexto político en el que se implementan las reformas.

Los autores argumentan, y coincido en ello, que son dos los mecanismos que hacen que el cambio institucional no meditado, mal calculado, sea común en el Perú: “Primero, la discrecionalidad política del Poder Ejecutivo, que históricamente le ha permitido realizar reformas inconsultas, elaboradas en círculos cerrados. Segundo, la difusión de políticas e ideas de reformas entre hacedores de política que deciden impulsar estos cambios por su prestigio en sectores especializados, o por supuestas experiencias exitosas en otros Estados”. Precisan que, además, se genera una estrategia de crear “islas de eficiencia” para incrementar la capacidad estatal, que es una respuesta parcial y muchas veces va de la mano de otros costos, como una cercanía con el sector privado —del que provienen los cuadros técnicos— o mayor aislamiento de la sociedad al momento de diseñar políticas públicas.

Como conclusión, estos autores señalan que si las reformas se adoptan con poca capacidad crítica y sin considerar cabalmente sus probables esfuerzos negativos, tendrán harta posibilidad de fracaso, con resultados inesperados, incluso con graves consecuencias para la gobernabilidad y la propia legitimidad del Estado. Por ello, las reformas deben considerar todas las carencias que tiene el Estado y el contexto político.

El análisis presentado previamente nos da un enfoque de lo complejo que resulta llevar a cabo las reformas integrales o parciales que el país requiere con urgencia. No obstante ello, consideramos que se debe ensayar alguna de estas reformas a partir de la crisis presentada con ocasión de los graves hechos de corrupción vinculados a Odebrecht. Pero ello nos debe también generar la atención que nos han señalado los autores previamente citados, para que las reformas se viabilicen y tengan éxito.

 

Úrsula Letona