Rocío Valverde

Rocío Valverde

Las figuritas del mundial

Adultos y niños las coleccionan febrilmente

Las figuritas del mundial
Rocío Valverde
11 de junio del 2018

 

El camino a la locura empezó hace unos meses cuando en mi casa en Lima mi papá, mi hermano y hasta mi sobrinito enano se compraron el álbum del mundial. Cabe destacar que hay treinta años de diferencia entre cada generación. Yo tenía la misma ilusión que ellos, pero no me faltaba un país con la fiebre mundialista, un país que hizo sonar la canción de Dschinghis Khan toda una semana y que del último gol marcado a Nueva Zelanda hizo un remix para la hora loca de los matrimonios. Me hacía falta el pueblo que había tomado la consciente decisión de idiotizarse y ser ignorantemente feliz hasta junio para que me sirva de sostén y normalice la situación de ver a un par de grandullones casi treintañeros pidiéndole a la cajera de supermercado cinco sobres de figuritas del mundial, a ser posible chocolateados para que por algún designio divino la posibilidad de repetidas se reduzcan.

Un día de abril, a las 2 de la mañana, decidí que era el momento de ceder a mi niño interior que me recordaba la amanecida viendo a la selección caer de muy mala forma ante Ecuador aquella madrugada del 22 de noviembre del 2007. Ese partido posiblemente me dolió más que el gol fallido del Cóndor Mendoza. Por esa niña que tenía trastorno de estrés postraumático cada vez que el árbitro marcaba un tiro de esquina y que miraba al cielo y prometía ir a misa si el futbolista tiraba un centro muy pasado; por esa ilusión que resistió habitar un pecho frio, me dirigí a un supermercado 24 horas y agarré el último álbum del mundial que se encontraba escondido bajo el álbum de Mi Pequeño Pony. “Solamente quiero tener las figuritas de la selección peruana” me dije. Esto es completamente normal.

Cada vez que contaba a compañeros que en Perú adultos y niños estaban coleccionando las figuritas del mundial me encontraba o con una sonrisita bastante cachacienta, o con unos ojitos que se abrían como platos y luego volvían a la normalidad borrando cualquier tipo de expresión. Unos pocos me entendían y me ofrecían preguntarles a sus hijos si tenían figuritas repetidas. Luego de mucho dinero gastado y de muchos kilómetros recorridos de supermercado en supermercado tengo casi completa la escuadra argentina, la mexicana y la inglesa; pero solamente tengo 5 jugadores peruanos y como 200 stickers repetidos, entre los cuales me han tocado tres “Advínculas”. Caí en pensar que, a 80 centavos el sobre, este era un hobby un poco caro para los niños que solo reciben propinas de los padres. Ellos no podían ser los que estuvieran arrasando con todos los stickers de mi zona.

Mi caritativo esposo, que creció viendo a Brasil y Alemania barrer con los mundiales, decidió ayudarme dejando un mensaje en el tablero de su trabajo: “Se coleccionan stickers del mundial. Si quieren cambiar sus stickers repetidos por favor pónganse en contacto conmigo”. Esa tarde recibió tres mensajes de adultos que querían cambiar en el futuro los stickers de sus “sobrinos”, cuando tuvieran un número considerable de repetidas. Y también recibió un mensaje de un hombre llamado James Smith, quizás el nombre más común y sospechoso de Inglaterra. Smith estaba interesado en cambiarme mis 200 stickers, pero quería que hiciéramos el intercambio mediante correo postal, aunque mi esposo y él trabajen en el mismo edificio. No quería ser visto por otras personas de su oficina. Luego de intercambiar unos cuantos mensajes quedamos en que podíamos encontrarnos fuera de una cancha de fútbol, pero nos plantó dos veces. No llegamos a buen puerto y el trato se canceló.

Aquí me encuentro con un álbum a la mitad y con doscientos stickers repetidos. Hoy de las tinieblas encuentro un mensaje de mi padre: “Ya no compres más stickers, yo te estoy juntando un álbum. Envíame tus repetidas porque a mí me faltan cien”. ¡Al mundial, al mundial, volveremos al mundial…!

 

Rocío Valverde
11 de junio del 2018

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