Manuel Gago

Manuel Gago

La Rusia de Gorbachov

Dejando en claro que el socialismo no va

La Rusia de Gorbachov
Manuel Gago
02 de julio del 2018

 

El Mundial de Fútbol me recuerda que tenía un boleto de retorno que salía de Madrid hacia Lima, pasando antes por Luxemburgo, Moscú, Gander (Canadá) y La Habana (Cuba). Un vuelo charter barato para estudiante “misio”, sin ninguna beca que me aupara. Era 1988 y no podía perderme los acontecimientos de esos días en la Unión Soviética. Una asociación de amigos del gigante asiático organizaba viajes para visitar el país a punto de volverse occidental. Tres semanas para observar las reformas organizadas por Mijaíl Gorbachov, convertido en un pop star gracias a una ayudita de sus amigos Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

Perestroika, el libro de Gorby —como le decían cariñosamente— estaba en los escaparates de las librerías y en los centros comerciales europeos en todos los idiomas. Lectura obligada para no quedar como un zonzo, porque no había quien no hablara de la contabilidad de costos, que se repetía una y otra vez, de comienzo a fin, en todo el libro. Así, Gorby quería remarcar que su país no sobreviviría si la contabilidad estatal estaba en rojo: gastando más de lo producido.

¿Cómo así, una unión de diferentes nacionalidades, de 22.4 millones de kilómetros cuadrados de extensión (más del doble de Estados Unidos) y 290 millones de habitantes pudo haberse transformado tan rápidamente, convirtiendo orden y autoridad en democracia y libertad? ¿Y cómo en un Perú pequeño —de 1.28 millones de kilómetros cuadrados y 30 millones de habitantes— sobreviven la corrupción, el desorden y la ineficiencia en distintos sectores de la sociedad? ¿Y como hay personas que todavía aspiran a una patria socialista?

Antes de aquel viaje, una encuesta preguntó a los soviéticos sobre Joseph Stalin. Los resultados fueron sorprendentes: la mayoría de los consultados había olvidado al sátrapa, al tirano, al asesino comunista. Algunos sostenían que ese olvido era una buena señal. La mejor manera de romper con un pasado infame. Así ya no habrá ni lágrimas, dolores ni heridas para resanar.

Anduvimos por los troles de San Petersburgo hasta llegar al grandioso The Hermitage. Obras de Pablo Picasso se exhiben allí. En Nóvgorod, admiramos las cúpulas de forma “encebollada” de la catedral de Santa Sofía. De igual manera la catedral de San Basilio en Moscú. Por supuesto que estuvimos en el Arbat, la calle consentida que apuntaló la perestroika (revolución) y el glasnost (transparencia) planteados por Gorbachov para los soviéticos, todavía un solo puño de naciones diferentes.

La inmensidad soviética no fue solo geográfica. Los gobernantes construyeron enormes conjuntos residenciales, escuelas, universidades, parques, avenidas, monumentos, centros de esparcimiento y toda clase de edificaciones. Stalin y los comunistas del buró que lo sucedieron jamás imaginaron que el sistema de libre mercado se impondría sin disparar una sola bala. El comunismo se extinguía casi de la noche a la mañana, dejando atrás la racionalización y centralización de la comida, vivienda y trabajo. Gorbachov no podía seguir ocultando la pobreza y las enfermedades de la población. No podía sostener la ficción de una inexistente potencia mundial con la que los rusos timaron al mundo entero.

En Moscú me entero de que podíamos llevar libros, discos, casetes, revistas, blue jeans, brasieres, medias de nylon, cosméticos y objetos menores para canjear por caviar y vodka. Mercado negro al menudeo.

Mijaíl Gorbachov —joven, carismático y popular— instaló en la Unión Soviética una precaria libertad y democracia. Acabó con los estipendios de los líderes comunistas del mundo y de los soldados cubanos en Angola. El Kremlin gastaba un millón de dólares diarios en Cuba para perennizar el ideal socialista. Para expandirse, desde la isla caribeña, a la región Latinoamericana.

En poco tiempo, Rusia dejó de ser sombría y de gris perpetuo, de anaqueles vacíos y colas por doquier, de rostros tristes y desesperanzados, de edificios y vehículos despintados. Diez años después, en 1998, volví nuevamente aprovechando otro ticket desde El Cairo a Lima. Otra semana para contrastar el buen recuerdo del primer viaje y dejar en claro que ¡el socialismo no va!

 

Manuel Gago
02 de julio del 2018

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