Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

La literatura y el mal

Creadores de grandes obras, pero moralmente cuestionables

La literatura y el mal
Raúl Mendoza Cánepa
19 de marzo del 2018

 

El título no nos conduce a la obra de Bataille. No es este el análisis de personajes capturados por la maldad y la obcecación destructora, sino de autores cuya admiración deviene en desengaño. Quien tenga injerencia en el mundo literario sabrá que la maledicencia, la mezquindad, la envidia y las sombras superan las características de los personajes creados. Pablo Neruda era en otros tiempos el tótem relumbrante de los primeros versos de cualquier poeta. El chileno le cantaba a las cosas sencillas. Odas elementales nos sobrecoge por la grandiosa simplicidad de una cebolla.

Quien se acerca a la literatura con ojos diáfanos ve a la obra y a su creador como dos partículas enlazadas. Cuando se madura como lector, se les separa. Mis descubrimientos orgánicos sobre la vida del poeta me recuerdan que la literatura y el escritor son dos entidades distintas, que de tocarse se destruiría toda la creación humana. Ryszard Kapuscinski decía que “para ser buen periodista hay que ser buena persona”. La verdad es que la calidad del trabajo, su prolijidad y precisión, ninguna relación tienen con la condición privada del creador (salvo la transferencia de la venalidad). Un buen periodista puede ser también una mala persona.

Al margen de si Neruda fue mal poeta o no, su obra es una entidad separada, lo sobrepasa y se desgaja de él. El gran error de muchos es crear íconos, admirar al hombre como se admira a la obra y creer que existe una fusión entre ambos. Si el hombre cae, la creación cae con él. “Esperar de alguien” es siempre el camino a un desencanto inexorable. Frisaba los quince cuando alguien puso en mis manos un libro ya viejo y polvoriento que titulaba “Confieso que he vivido”, las memorias de Neruda. Lo leí con fruición. Como adolescente despistado, revestí mi admiración y dejé cosas pasar sin juicio. Algunos años después lo releí para tantear esos flujos de conocimiento que descuidé. Descubrí con estruendoso pavor esta frase:

“Decidido a todo, la tomé fuertemente de la muñeca y la miré cara a cara. No había idioma alguno en que pudiera hablarle. Se dejó conducir por mí sin una sonrisa y pronto estuvo desnuda sobre mi cama. Su delgadísima cintura, sus plenas caderas, las desbordantes copas de sus senos, la hacían igual a las milenarias esculturas del sur de la India. El encuentro fue el de un hombre con una estatua. Permaneció todo el tiempo con sus ojos abiertos, impasible. Hacía bien en despreciarme. No se repitió la experiencia”.

Se refería a una mujer de Tamil Nadú, cuando fue cónsul en Ceilán; una paria, esclavizada, temerosa, pasiva, aplastada en su ego para intentar resistir, el producto de una opresiva sociedad de castas y descastados. Imagine la humillación y el dolor de verse cosificada, presa del abuso sexual, que de seguro conoció más de una vez y que calló y soportó.

El ego perverso y desafortunado, tanto como la inconsciencia del mal, puede tener muchas formas de manifestarse. Malva Marina fue la única hija de Neruda (1934), fruto de su matrimonio con María Hagenaar. La niña tenía hidrocefalia y estaba condenada a morir en pocos años. El poeta nunca le obsequió piedad. La llamaba “ridícula”, “vampiresa”. Trató de esconder el hecho y cuando la niña alcanzó los tres años, la abandonó sin preocuparse. La vida del poeta transcurrió lejos, entre juegos de seducción, goces y poesía.

Lector ávido de memorias, diarios y biografías, podría este columnista elaborar una lista de toda la bazofia humana que erigió mundos luminosos con el material sublime de la literatura, las artes plásticas, la filosofía y el cine, demoliendo, a la vez, la condición humana en su cotidianidad. Vita ars imitatur. Prefiero a las personas que brillan en su soledad y que serán poco perdurables, como las luciérnagas, pero que llevan en el vuelo más luz que la que dejarán en la Historia. Escribe Moliere: “en lo escrito y en lo impreso / es algo que no puedo negar / estoy convicto y confeso / se puede ser un buen hombre / y hacer muy malos versos”. No obstante, no hay más noble ni más callada trascendencia que esa.

 

Raúl Mendoza Cánepa
19 de marzo del 2018

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