Carlos Adrianzén

Carlos Adrianzén

La herencia setentera

Si no se hace algo, las crisis paperas se repetirán

La herencia setentera
Carlos Adrianzén
13 de febrero del 2018

 

Posiblemente existan pocas cosas tan perniciosas como creer en algo que no es verdad. Y esto es particularmente cierto cuando creemos en una receta errada y la aplicamos tozudamente, o cuando llegamos a creer que hicimos lo correcto, sin haberlo hecho (quedándonos satisfechos con la retórica). Esta observación tiene especial aplicación cuando buscamos comprender lo que pasó y continúa pasando en el sector agrario peruano desde los aciagos años sesenta hasta ahora.

Hoy, con gran candidez, aún nos escandalizamos cuando —año tras año— en ciertos valles paperos del centro y sur del país se repite tanto lo económicamente lógico (i.e.: cuadros de producción irracional de papa, derrumbe de precios en chacra, abuso de posición de dominio de los intermediarios, acumulación de cartera pesada en el banco estatal de turno, etc.) cuanto lo políticamente lógico (i.e.: cambios de ministros y operaciones demagógicas como las operaciones de salvataje, introducción de subsidios a los productores medianos, etc.), a modo de decenas de muertes anunciadas. Y es que los dramas paperos resultan el reflejo directo y lógico de décadas de políticas agrícolas diseñadas por ese oxímoron denominado “tecnocracia de izquierda”.

Como en todo drama… existe un capítulo de inicio. Todo se prepara en los albores de la hedionda dictadura militar de 1968. Por aquellos años, gradualmente las ideas económicas de la izquierda sudamericana (esa sugestiva mezcla de mercantilismo y socialismo) van tomando el control del Gobierno, mientras se profundiza en el gobierno idílico de la izquierda nacional: el régimen totalitario de Velasco y sus colaboradores (tanto mercaderes cuanto dizque intelectuales).

El diagnóstico agrarista de toda moda en aquellos días se refrendaba —como era predecible, dada la estatura de sus ideólogos— en un eslogan: “el patrón ya no comerá de tu pobreza”. En él las sesudas lecciones de la primera y hasta la segunda revolución agraria global eran descartables. Solo era cuestión de robar (perdón, de expropiar) fundos para redistribuirlos politiqueramente, y seguir la receta de Raúl Prebisch (un difunto economista platense, máximo exponente del mercantilismo socialista sudamericano). La receta del aludido implicaba subsidios cambiarios y crediticios, controles de precios y cambios, y un Estado controlista tan torpe que hubiera generado escasez de arena en el mismísimo desierto de Sahara.

En nuestro caso la política agraria implicó y construyó un agro minusválido. Un sector caracterizado por las sucesivas quiebras de los bancos de desarrollo del agro, la formación de predios de escala no competitiva (el minifundio), el deterioro de los derechos de propiedad y el tránsito desde un sector primario domésticamente líder (era el segundo sector productivo del país a inicios de los sesenta) hacia otro en deterioro continuo, además de sinónimo de descapitalización, corrupción y atraso. A fines de los años ochenta ya configuraba una especie de gran bastión de la pobreza rural; y un botín contestatario para la izquierda limeña, cada día más exquisita en sus gustos culinarios.

Desde los tiempos de Fujimori a la fecha, pasamos desde creer ciegamente en la receta errada hasta creer que ya se había hecho lo correcto, quedándonos satisfechos solo con la retórica. Se mantiene el minifundio (no se ha incentivado la reconcentración de la propiedad), el respeto a los derechos de propiedad persiste difuso, y se abarata el dólar y se subsidia al sector irracionalmente, mientras los avances en materia de dotación de infraestructura y formación de capital humano en áreas rurales resultan algo muy parecido a nulos. Solo la franja costera ha desarrollado una pujante agricultura de exportación. Aunque se mantiene ese inefable botín político de la izquierda limeña, reflejado en las recurrentes crisis paperas.

Si hoy no hacemos lo necesario, las crisis paperas se repetirán. En tiempos de enfriamiento de la demanda interna, Lima comprará menos papa. Gracias a un simpático cocinerito y a la moratoria del ingreso de biotecnologías reguladas en el agro peruano, nuestra producción de papa serrana estará excluida del ingreso a mercados globales, dados los pesticidas cancerígenos que usa. Y de tiempo en tiempo, cuando la papa no se pueda vender localmente, los productores medianos y más grandes de papa incentivarán las protestas y toma de carreteras de los más pequeños y pobres. Al final los contribuyentes en Lima pagaremos la factura. Y calladitos. Será, pues, plata fácil para ciertos productores y comerciantes entre Andahuaylas y Lima.

No lo olvidemos, si queremos menos pobreza rural y un agro dinámico y competitivo, no solamente no hemos avanzado mucho en los últimos años. Algunos ya extrañan hoy el regreso de la corrupción agrarista, y van ganando terreno político en medio de estas recurrentes y previsibles crisis paperas.

 

Carlos Adrianzén
13 de febrero del 2018

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