Dante Bobadilla

Dante Bobadilla

La decadencia de la izquierda

Carece de moral, dignidad y hasta de ideología

La decadencia de la izquierda
Dante Bobadilla
30 de noviembre del 2017

 

Tras el colapso mundial del comunismo, seguido acá por la derrota del terrorismo izquierdista, pensamos que al fin nos habíamos librado de esas fracasadas ideas de izquierda. Pero como la estupidez humana es infinita, el nuevo milenio nos trajo un versión sudaca del socialismo con Hugo Chávez y Lula da Silva, quienes —a falta de ideario— iniciaron una feroz competencia de corrupción en la región.

En el Perú la izquierda se había colado rápidamente en el gobierno de Toledo por la astucia de la caviarada; es decir, de la izquierda pituca y académica. Se infiltraron como asesores y ministros, extendiendo su red de influencia mediante oenegés. La nueva cara de la izquierda se maquilló con la defensa de la moral y los derechos humanos, pretextos perfectos para su cacería de brujas contra el fujimorismo y los militares, en una clara muestra de ruin venganza política.

El apogeo de la izquierda se dio con los triunfos electorales de Ollanta Humala y Susana Villarán, consolidados con una red de medios adictos, gracias al generoso reparto de publicidad estatal y la compra directa de periodistas “mermeleros”. Mientras el pueblo era hipnotizado con el cargamontón del antifujimorismo diario, el circo de los indignados, las lavabanderas, las vigilias contra la corrupción y el corso del progresismo callejero, la izquierda festinaba los contratos más onerosos de la historia con la mafia brasileña, no solo devolviendo favores de campaña sino recibiendo coimas mediante enrevesados contratos. La corrupción había escalado a niveles inéditos, no solo en montos sino también en modalidades que superaban a la ley.

Una reconocida mermelera defendía a Susana Villarán con el argumento de que su obra estaba al nivel de un Ministerio de Transportes, y que había roto el mito de la izquierda enemiga de la empresa privada, pues todos los grandes contratos del Municipio, por montos fabulosos, se habían hecho con empresas privadas. Es verdad que había mucho de extraño y sospechoso en esta nueva izquierda amiga de las empresas privadas y de los contratos onerosos. Nunca hubo ninguna evolución ideológica.

Al final la izquierda acabó embarrada en el mayor escándalo de corrupción continental que se haya visto jamás. Pero la derrota no fue total. Luego de pervertir las instituciones del Estado y maniatar a la democracia, Nicolás Maduro y Evo Morales aún se mantienen y tienen para rato. En Colombia las FARC lograron un vergonzoso acuerdo que les permitió introducirse por la ventana en el sistema democrático.

En el Perú la izquierda ya ha demostrado carecer de moral, dignidad y hasta de ideología. Muchos están vinculados a la corrupción del toledismo o del nacionalismo humalista; o los han apadrinado sin escrúpulos o están directamente vinculados a la mafia brasilera. Los demás por lo menos pecaron de ingenuos y tontos útiles.

Pero además de la corrupción, la nueva crisis de la izquierda debe dejarnos la enseñanza de que sus tesis son embustes seudointelectuales. Lo son porque utilizan situaciones propias de la condición humana para “combatirlas”, apelando a burdas entelequias como explicación de los problemas; ejemplos: la pobreza, la corrupción o la violencia. Pelear contra entelequias personificadas en enemigos de turno es un truco sucio y barato que la izquierda usa y que ya no debería engañarnos más.

Ni la pobreza es culpa del capitalismo, ni la corrupción es culpa del neoliberalismo, ni la violencia contra la mujer es culpa del patriarcado. Todas esas tesis no son más que boberías útiles para venderle humo a los tontos. La decadencia de la izquierda no es solo moral y política, lo es también intelectual. Han fracasado en todas sus tesis, y solo mediante la captura de ciertos organismos internacionales pueden todavía tener fuerza en sus descabellados propósitos de cambio social, con la eterna mascarada de la defensa de los derechos, la igualdad y otros cuentos.

 

Dante Bobadilla
30 de noviembre del 2017

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