Rocío Valverde

Rocío Valverde

La cocina peruana y sus “secretos” tradicionales

Un picante de mariscos puede arruinar las celebraciones de Año Nuevo

La cocina peruana y sus “secretos” tradicionales
Rocío Valverde
26 de marzo del 2018

 

Todo ocurrió el pasado 30 de diciembre. Estaba feliz en un restaurante de mi querida Lima, comiendo un picante de mariscos y pensando en dónde comprar un postre para el año nuevo. A mi lado mi esposo se estaba peleando con un picante de cuy y mi papá devoraba ferozmente un arroz con pato. Quién diría que horas más tardes estaría postrada en una camilla con una vía intravenosa en el brazo.

El 31 de diciembre a las 3 de la mañana empezó mi martirio. Mi familia tenía varias teorías: “Eso te pasa por comer helado encima del marisco”, “Yo creo que lo que le ha caído mal es la mezcla de comidas”, “No, no, no. Lo que a ella le ha hecho daño es esa copita de licor que tomó en la noche”. Mientras tanto yo, más blanca que un polo de comercial de detergente, intentaba defenderme con la cabeza metida en el váter: ¡Esto es una intoxicación alimentaria! ¡Ya no me engañan más! Mi esposo y nuestros títulos de microbiología se partían de risa. ¿De dónde salieron todos estos mitos?

En una de mis primeras navidades en España recuerdo sentarme en la mesa y espantarme al ver un plato lleno de chipirones a la parrilla. ¿Marisco de noche? Esto iba en contra de todo lo que me había machacado mi madre durante toda mi infancia. Increíblemente luego del marisco me sirvieron un sorbete de limón y luego me dieron un chupito de licor de hierbas para “ayudar a la digestión”. Tenía que ser amable y comer lo que me pusiera enfrente, pero internamente estaba esperando que me explotara la barriga por aquel coctel explosivo de marisco, helado y alcohol. Pero esto nunca ocurrió. ¿Qué otras mentirijillas me habría contado mi abuelita?

La abuela de un amigo juraba por su santo remedio para el corte de indigestión: machacar ajos con los pies. ¡Y yo que pensaba que mi familia era rara por hacer tomar miel con cebolla y ajo cuando tenía gripe! Imagínense lo que es crecer con una abuela que te mete ajos en los zapatos luego de un gran festín.

Otra gran abuela de una amiga del colegio tenía un secreto milenario para la indigestión, que consistía en tirar del cuerito de la espalda. Me costó creerle a esta señora porque ella podía explicar cualquier dolencia con “el mal del aire” o “el mal del calor”. Ambos misteriosamente podían curarse con un chucaque que me ofrecía muy bondadosamente cada vez que iba a visitarla.

Todas estas historias daban vueltas por mi cabeza mientras mi estómago se contrariaba y rechazaba incluso el agua. De camino ya a la clínica mi papá me decía, más convencido que nunca, que el culpable era el helado que me había zampado tan ligeramente. Me sacaron una muestra de sangre, esperé horas hasta tener los resultados que arrojaron una leve infección bacteriana. No podía comer por siete días, los cuales eran mis últimos siete días en Perú. Me iba a ir con la tripa vacía; pero con el espíritu lleno, porque al menos había acabado con la farsa que me habían contado durante 27 años.

Mientras esperaba en la farmacia mi papá simplemente me dijo: “Que piña eres, pero ese restaurante es muy bueno. La próxima vez no comas helado”.

 

Rocío Valverde
26 de marzo del 2018

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