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¿Ideología o sentimientos?

Columna

¿Ideología o sentimientos?

8 de Junio del 2017

La gente busca un líder autoritario y carismático

No me extraña ver que en los últimos años ha crecido entre los peruanos un sentimiento definido por los analistas como “autoritario”. En mi concepto revela algo diferente de lo expresado con cierto horror. Incluso me parece lógico que haya crecido este anhelo de autoridad, después de vivir cinco años gobernados por un pelele como Ollanta Humala. Lo que las personas detestan y temen es el caos, el desorden y la incertidumbre. Necesitan saber que hay alguien a cargo del timón.

Cuando la gente percibe que no hay autoridad, crece la angustia y surge la necesidad de un régimen “autoritario”. De hecho, a la gente le gusta tener un líder con autoridad y carisma que le evite la angustiante sensación de anarquía. Esto no es ningún descubrimiento. Es parte de la naturaleza humana que solemos olvidar por incómoda. Apostaría a que en la próxima evaluación este sentimiento “autoritario” crecerá, luego de la experiencia de este gobierno blandengue y sin rumbo.

No estoy de acuerdo con los conceptos del Test de Nolan. Por lo menos en el Perú, no se puede decir que un conservador es quien desea que el Estado garantice “cierto orden con poca regulación económica”. ¿Entonces qué somos los liberales? La definición de liberales dice casi lo mismo con otros términos. No es raro pues ver tan pocos “conservadores” en este estudio. Además, este término no debería usarse por estar muy estigmatizado. En esta ocasión han cambiado el término “totalitario” por “autoritario”, y deberían cambiar también el término “conservador” y definirlo mejor.

Tampoco me sorprende que haya tantos estatistas. Este es un país donde se enseña a las personas, desde niños, que existe un dios todopoderoso que lo ama y resolverá todos sus problemas con solo una oración. Esta mentalidad, en la adultez, quiere un Estado todopoderoso que le resuelva todos los problemas y lo colme de derechos. A nadie se le enseña a ser autor de su propio destino y responsable de sus actos. Al contrario, siempre hay alguien que lo hará: un padre, un dios, un Estado. Hay una curiosa coincidencia entre conservadores de talante religioso y progresistas: ambos quieren utilizar al Estado para imponer su propia moral social, con sus propias leyes, penalizando conductas reprobables desde su propia perspectiva moral.

Celebro que el liberalismo haya crecido alguito. No es fácil ser un liberal porque, en primer lugar, hay que deshacerse de la comodidad que ofrece la creencia de que hay un ente a cargo de nuestra existencia. Un liberal tiene claro que el principal escollo para su libre desarrollo es el Estado. A diferencia de la izquierda socialista y de la derecha clerical, no deseamos capturar el Estado para imponer una moral social. Los liberales solo deseamos limitar el accionar del Estado para que sean las propias personas las que desarrollen sus vidas en el ambiente de mayor libertad posible.

Las personas temen la libertad. La asocian con caos y anarquía. Pero los seres humanos poseemos racionalidad que, desde la izquierda y la derecha, pretenden anular para convertirnos en seguidores de causas bobas y defensores de dogmas colectivistas. Un ambiente de libertad desarrolla la creatividad de las personas en la búsqueda de su beneficio individual, familiar y comunal. El Estado debe garantizar la libertad individual y proteger la propiedad, antes que ofrecer soluciones colectivas.

El estatismo está en relación directa con la incapacidad de los individuos para resolver sus problemas. Es sinónimo de parasitismo social y dependencia política. Nada resultó más patético que ver jóvenes progresistas marchando para exigirle al Estado sus “derechos laborales”, en vez de empleo firme. Esta es la mentalidad que nos tiene rezagados en los índices de competitividad global, y que refleja nuestra incapacidad para resolver nuestros problemas. Siempre están pidiendo que el Estado se ocupe de todo, con más leyes y más derechos. Seguimos patinando en ese fango.

Dante Bobadilla