Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

Guía para hacer política

El servido es el ciudadano y el servidor es el político

Guía para hacer política
Raúl Mendoza Cánepa
29 de enero del 2018

 

Hace algunos años quien traza estas líneas escribió una tesis de grado sobre los partidos. Se centró, aún sin la experiencia política, en un tema que le era clave: las oligarquías partidarias. Robert Michels tenía un libro al respecto, titulado La ley de hierro de las oligarquías. Desde luego, las perspectivas cambian porque la participación plena tiene distintas vías y también algunas desventajas.

Hemos observado que los partidos son vehículos electorales para cualquiera, y no son escuelas o headhunters de talentos. Tampoco tienen filtros para depurar defectos esenciales. No extraña que diversos partidos sean el puente entre la calle y el poder para muchos improvisados y corruptos. Muchos asumen la política como un buen negocio, pocos como un servicio o una vocación. Lamentablemente la puerta se abre para quienes la creen un escalón del éxito o del dinero, cuando es todo lo contrario. En 2011, postulando a un escaño por Adelante (liderado por Rafael Belaunde), supe por convicción y por formación ética dentro del partido que la política es bajar peldaños, es servir, porque el servido es el ciudadano y el servidor es el político. Destacamos que dentro de esta sociedad virreinal y cortesana muchas autoridades creen ser los primeros en el escalafón social y gustan de pavonearse llamándose “autoridad”. El poder los envanece. De allí el lema de Adelante: “Al ciudadano se le respeta”.

Sin embargo, para comprender la política como un servicio hay que inyectarse una sustancia que debe perdurar en las pruebas: la mística. Sin mística no hagas política, haz negocios, búscatela lejos. El Papa Francisco dijo en 2016: “Aquel que tenga demasiado apego por el lujo, el dinero y las cosas materiales, por favor, no se meta en política porque va a hacer mucho daño. El mejor antídoto contra la tentación de la corrupción es la austeridad, la misma que además se debe practicar con el ejemplo”. El amor al dinero y a la buena vida aleja al político de su misión esencial, como lo aleja la pasión por el glamour y el poder. El brillo ciega y el culto al brillo corrompe.

Aunque disto del aprismo, hay algunas frases de Haya La Torre que todo político, desde los liberales hasta los socialdemócratas y socialcristianos, deberían guardar bien en la memoria. Porque, valga el empecinamiento, si no te invade la mística, si no te entregas a los pobres, si no te punza la compasión, bien te vienen los negocios, porque careces de la fuerza moral que la política reclama.

Haya decía: “Gobernar no es mandar, no es abusar, no es convertir el poder en tablado de todas las pasiones inferiores, en instrumento de venganza, en cadalso de libertades; gobernar es conducir, es educar, es ejemplarizar, es redimir”. También dijo: “A Palacio llega cualquiera, porque el camino de Palacio se compra con oro o se conquista con fusiles. Pero la misión del aprismo es llegar a la conciencia del pueblo… A la conciencia del pueblo se llega, como hemos llegado nosotros, con la luz de una doctrina, con el profundo amor de una causa de justicia, con el ejemplo glorioso del sacrificio”.

¿Y qué decir de Fernando Belaunde? Su liderazgo fue el de una inagotable pasión por el Perú. Gobernó con honestidad y concluyó su existencia con austeridad. Belaunde no solo enseñó con palabras, sino también con la grandeza de sus actos. En un mundillo en el que las venganzas, los rencores y el conflicto parece ser el signo de los nuevos tiempos, Belaunde nos mostró el rostro de la grandeza, del desprendimiento y de la excelencia moral. En octubre de 1968 el oficial a cargo de su expulsión de Palacio, durante el golpe de Velasco, fue el coronel Rafael Hoyos Rubio. La vida tiene sus ironías, porque cuando Belaunde fue elegido presidente en 1980, Hoyos Rubio era el aspirante de primera línea para ser comandante general del Ejército. Hoyos estaba desmoralizado. Creyó que, por represalia, sería pasado al retiro. Ante su sorpresa, Belaunde firmó su ascenso.

Sin mística, sin moral, no hay política grande. El reto lo tienen los partidos.

 

Raúl Mendoza Cánepa
29 de enero del 2018

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