Darío Enríquez

Darío Enríquez

FALACIA LABORAL DEL “MISMO” TRABAJO

FALACIA LABORAL DEL “MISMO” TRABAJO
Darío Enríquez
11 de enero del 2017

Ideas erróneas favoritas de la neo-izquierda y el marxismo cultural

Por Darío Enríquez

Empezaremos con la más difundida y repetida de las falacias que pretende argumentar una diferencia salarial entre hombres y mujeres “aunque hagan el mismo trabajo”. La falacia confunde “mismo trabajo” con “puesto” o “tareas asignadas”. Es bastante claro para quienes administran grupos humanos de trabajo que no necesariamente dos personas que ocupan el mismo puesto o que tienen las mismas tareas asignadas hacen el “mismo trabajo”. Es absurdo partir de esa premisa cuando todos sabemos que lo que sucede en realidad es todo lo contrario: siempre habrá quien haga mejor su trabajo que otro, incluso teniendo el mismo puesto, las mismas responsabilidades o las mismas tareas asignadas. Es algo consustancial a nuestra naturaleza humana. Esas diferencias en el desempeño laboral podrían explicar eventuales diferencias salariales, si fueran significativas o no. Sucede que detrás de la frase “haciendo el mismo trabajo, el hombre gana más en perjuicio de la mujer” está la idea colectivista de negar al individuo como tal, junto a la tentación del modelo burocrático estatista que estandariza falsamente e ignora las particularidades del aporte individual a la creación de valor.

De este modo, se niega la posibilidad de que los ingresos puedan ser definidos por el mercado; es decir, por la decisión y valoración del sector privado respecto de cómo y en qué cuantía los trabajadores en sus diversos estamentos —desde las labores menos calificadas hasta la alta dirección— contribuyen a la creación de riqueza. Eso es lo que refleja —o debería reflejar— la remuneración salarial. Fuera de toda esta lógica impecable, se insiste desde el Estado en la fijación de salarios mínimos, escalas salariales, homologaciones y otras perlas muy “creativas”, como la imposición de cuotas de género, salarios igualitarios, compensaciones étnicas, entre otras, tan pregonadas por estatistas, colectivistas y burócratas de todos los pelajes.

Si fuera verdad que frente al “mismo trabajo”, al hombre se le paga más en perjuicio de la mujer, a quien se le paga menos, ¿alguien desde una posición racional podría afirmar que un “cerdo” capitalista prefiera contratar a quien le cuesta más (y por lo tanto reduzca su ganancia) cuando otra persona puede hacer el “mismo trabajo”? Es evidente que en condiciones de competencia y libre mercado, frente a dos recursos con igual valoración, se prefiera el más barato. Eso no tiene vuelta de hoja. Lo que sucede es que los intervencionistas de aquí y de allá niegan el derecho que tiene el propietario de valorar la contribución de cada uno de los factores a la generación de riqueza y, de ese modo, distribuir la remuneración que cada factor merece. Por eso intervienen para “corregir”, porque —por supuesto— ellos, los intervencionistas estatistas, los que en el decir de Ayn Rand “nunca produjeron riqueza y no saben siquiera cómo producirla”, se autoproclaman las luminarias burocráticas que pueden definir el valor, “distribuir” y hasta “redistribuir” la riqueza generada. Falacia tremebunda y monumental.

El tinglado “intelectual” en el que se sustenta la pretensión de los intervencionistas estatistas es que el valor es objetivo y, por lo tanto, puede ser fijado por un procedimiento “científico”. Nada más falso. El valor es subjetivo, ni siquiera es el mismo para dos o más partes que participen de una transacción voluntaria de mercado libre. El precio final de esa transacción beneficiará a todos porque satisface la valoración y expectativas de cada quien, de otro modo no se pondrán de acuerdo y la transacción se truncará. Eso no lo cambia nada ni nadie sin atentar contra los derechos más elementales de individuos, familias, comunidades y sociedades.

Esta falacia del “mismo trabajo”, como podrá advertir el lector, no solo se aplica a la “lucha de géneros” sino que se extiende a todo tipo de “conflicto” que los neo-izquierdistas —desde el marxismo cultural— han aprovechado para alimentar y lanzar en forma vil, explotándolos hasta el hartazgo, al servicio de su causa. Ya la “lucha de clases” pasó de moda porque ha caído en tal descrédito que entre los obreros su mensaje es rechazado en forma abrumadora. Pero los cuatro jinetes apocalípticos de la neo-izquierda vienen ahora montados en el rojo sangre del anticlericalismo, el verde limón del ecologismo militante, el palo rosa de la ideología de género y el azul celestial de la falsa inclusión redistributiva. Han cambiado la hoz, el martillo, el fusil, la mordaza y las masas, por florecillas del campo, bracitos cruzados amorosos, infiltración mediática, élites falsamente progresistas y empresarios mercantilistas.

Darío Enríquez
11 de enero del 2017

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