Raúl Mendoza Cánepa

Raúl Mendoza Cánepa

Facebook en vitrina

¿Cómo reaccionaría usted si desapareciera Facebook?

Facebook en vitrina
Raúl Mendoza Cánepa
02 de abril del 2018

 

“It is time. #deletefacebook”, escribe Brian Acton, uno de los creadores de Whatsapp en su cuenta de Twitter. “Ya es tiempo de borrar Facebook” dice, con 11,000 “Me gusta” y cerca de 6,000 retuiteos. Las recientes revelaciones del uso de información del perfil personal de Facebook para campañas políticas y algunos otros fenómenos que se observan a menudo nos señalan que los usuarios somos vulnerables.

La verdad es que al margen de sus algoritmos y el puritanismo que empieza a regurgitar, casi “tapándole con manteles las patas a las mesas”, todas nuestras vidas residen en un sistema que nos advierte que nada de lo que está en Internet se puede borrar. Los accesos que permitiste, las informaciones que confiaste y hasta las interacciones excesivamente privadas están sujetas al poder del gran ojo avizor. Si su creador enloqueciera y deseara mofarse del mundo, voltearía la plataforma presentando los mensajes de Messenger en el muro, enterrando irónicamente lo público en el canal privado. El caos social que se generaría sería de imprevisibles consecuencias. Desde luego, nadie piensa que un malévolo ser puede apoderarse de los muros, como nadie piensa que esta noche un malhechor cruzará la tapia para robar su casa.

Al margen de este juego escabroso de múltiples posibilidades, dentro de un mundo en el que un fragmento de la vida del individuo es secreto, hay objetos que una vez que son de nuestra propiedad terminan por apropiarse de nosotros; uno de ellos es Facebook. Esta red social ha cumplido con creces la integración y la reintegración social. Podría ser que sin el gran álbum virtual azul, quienes pasaron por nuestras vidas serían aún partículas borrosas de esa gran nebulosa en que terminan convirtiéndose nuestras memorias y nuestras vidas. Muchos se han reencontrado con compañeros de clases, amigos de infancia, parientes a los que, se supone, no volverían a ver; otros se han enriquecido con “humanidades nuevas”. Ese proceso no tiene precio, es la gracia de un descomunal mecanismo de lost and found personal.

Sin embargo, estamos dispuestos a tolerarlo todo por una dosis diaria de esa droga social que nos proporciona el gran hermano: nuestra adicción, la crisis de los medios impresos, la relativización de los libros, la infravaloración del tiempo libre, la marginalización del encuentro real. La vida entera puede transcurrir a través de esa pantalla donde nos reencontramos, nos aplaudimos, nos odiamos y nos recordamos (o les recordamos a los demás) que “existimos”. Alguien dijo alguna vez: “quien no está en Facebook no existe”. Extremo, como aquel que sugiere que llegará el día en el que hasta el diván se torne innecesario si la interacción se hace intimista. Un post tan dolorosamente expresivo como el lamento por la pérdida de un ser querido puede proporcionar decenas y centenas de palmoteos virtuales que ayudan, pero que nunca podrán reemplazar al abrazo real, presencial, cálido y único de otro ser humano.

Quizás las claves escondidas del éxito de Facebook sean la soledad y la incomunicación de un mundo real que no nos ha enseñado a socializar con autenticidad y con descaro. La cortesía suple al cariño, la formalidad al sentimiento y la frialdad esconde el gemido interior, pascaliano, que nos impulsa a volcarnos sobre el otro sin pudores, pero nos detiene.

Difícil imaginar un mundo sin Facebook. Ni la crisis de 1929 llevó a tal despeñadero y a ese gran criadero de suicidas sensibles y solitarios que un día amanecerían arrollados por un “Nos fuimos para siempre” o “Facebook was deleted”, ¿Cómo reaccionaría usted? Sospecho que como en toda “entrega” o como en toda sumisión, la mayoría estaría dispuesta a obsequiar toda su data, su perfil, sus tendencias y hasta sus secretos a un desconocido del que “solo sabemos que debemos confiar”. Tanto escudriñaron algunos filósofos sobre el significado de la misteriosa frase de Nietzsche para terminar siendo no más que un “pie de página” para la ocasión: “Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo termina mirando dentro de ti”.

 

Raúl Mendoza Cánepa
02 de abril del 2018

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