Eduardo Zapata

Eduardo Zapata

Escribir y textear

Hoy los estudiantes se sienten más cómodos “texteando”

Escribir y textear
Eduardo Zapata
28 de junio del 2018

 

Mientras nosotros escribimos, los millennials textean. Mientras algunos de nosotros creemos que no leen (porque no leen los mismos libros que nosotros), ellos sí lo hacen, pero leen lo suyo.

Si nos apartamos de las modas marketeras, cuando los hablantes crean distinciones o hasta inventan palabras, es porque su intuición lingüística los obliga a usar nuevas palabras ante fenómenos que para ellos constituyen más que evidencia. Algunos especialistas tienden a esperar que alguna universidad o institución de prestigio —mediante pequeñas investigaciones generalmente casuísticas— les informe sobre la ocurrencia de un fenómeno, y llegan hasta a negarlo mientras esta data no aparezca formalmente en revistas indexadas.

Pero no ocurre así con la sensibilidad de los hablantes. Cuando estos perciben sistematicidad en la diferencia entre los quehaceres, no dudan en hacer distingos e incluso poner nombres diferentes para evitar sinonimias perturbadoras. El maestro de aula, que de veras vive la experiencia del aprendizaje con sus alumnos, tal vez no proponga nombres diferentes, pero sí tiene la mente abierta para percibir el cambio. Aun cuando no se lo diga institución alguna.

Y esto viene ocurriendo hace un buen tiempo con las palabras textear y escribir. Mientras textear remite al uso de artilugios electronales, escribir se asocia más bien con lo que suele llamarse “escritura a mano”.

Basta con observar alumnos enfrentados a la tarea de escribir en una evaluación cualquiera. Del tiempo que se les asigne para el desarrollo de la prueba, ellos dedicarán gran porcentaje de su tiempo a masajear la coyuntura entre el dedo índice y el dedo pulgar. Lo que no ocurre cuando textean. Y ello nos pone en la pista de que escribir por influencia de la electronalidad empieza a ser una artificialidad.

Y si vamos a la riqueza de contenido de lo escrito o lo texteado, esto último nos informa acerca de que los estudiantes hoy no solo se sienten más cómodos, sino que esa comodidad redunda en la calidad de lo dicho.

Algunos esperarán las investigaciones casuísticas —que inicialmente suelen ser contradictorias— y darán validez al hecho inédito recién cuando una revista indexada lo suscriba. Pero ese proceso puede durar meses o años, y mientras tanto estamos inhibiendo —y aun frustrando— la capacidad expresiva de nuestros estudiantes. Y aun midiendo distorsionadamente sus saberes.

No se trata de un trending topic o de una moda circunstancial. Tal vez haya llegado el momento de permitir que allí donde las condiciones lo permitan, por el momento, los estudiantes rindan sus pruebas en su computadora.

 

Eduardo Zapata
28 de junio del 2018

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