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Entre la ley y la piedad

Columna

Entre la ley y la piedad

7 de Agosto del 2017

Delito, castigo y perdón en “Los miserables”

Existen circunstancias peculiares que agitan la imaginación, como salir de casa olvidando la billetera y percibir (niños de por medio) lo que es no tener un solo centavo para saciar el hambre. En esos instantes volamos hacia algún paraje en alguno de esos viajes interiores que nos reinsertan en la realidad. Acaso, ¿robar un pan? Entonces, Jean Valjean, el inmortal personaje de Víctor Hugo en Los miserables, asoma como una visión.

Valjean robó unas hogazas de pan para alimentar a sus sobrinos. Una transgresión que se comprende, aunque formalmente no se justifica. El acorralamiento frente a los niños lo redime, pero la ley es la ley. Desde luego, el Derecho  no se atiene siempre a la justicia y la condena se prolonga a casi veinte años. Valjean se envilece con el padecimiento y se carga de rencor. Su odio se acendra como su desconfianza.  

Logra la libertad condicional, pero su pasado lo condena, pues es rechazado en todos los lugares a los que recurre por trabajo o albergue. Solo un hombre abre sus puertas. Desprovisto de temor, el obispo de Digne, monsieur Myriel, se apiada y Valjean obtiene habitación y comida. El envilecido exconvicto había olvidado la sustancia de la gratitud, roba los cubiertos del religioso, aprovechando la oscuridad. La bondad del obispo es defraudada. El exconvicto huye y es atrapado por la policía, que lo confronta con Myriel. En un giro inesperado, la misericordia asoma como una luz, el obispo afirma ante la autoridad que obsequió los cubiertos y unos candelabros a Valjean. Estos, por cierto, no habían sido robados, pero le son ofrecidos como un anexo oculto. Valjean se ve retratado en su propio bestiario, como en algún momento lo hará Javert, el inspector obcecado que lo perseguirá sin conciliar con la idea de la redención moral de un hombre. Javert dedica su existencia a la persecución implacable de  Valjean. El conflicto entre ambos aviva la vieja guerra entre la misericordia y el castigo.

Para Javert un preso no merece el perdón. Por tal razón cuando descubre que Valjean tiene una nueva identidad, la del alcalde de una pequeña localidad. Su obsesión es devolverlo a las canteras. Por tal, Javert no tendrá remilgos en irrumpir en la agonía de Fantine, cuidada por el piadoso Valjean. Persistirá cuando Cosette (hija de Fantine) se convierta en mujer. La ceguera de la Justicia no atañe al rigor sino a la imparcialidad, pero Javert no lo entiende así.  


Mientras el protagonista encarna a la misericordia, el perseguidor se torna en la cara torva de la ley. A veces comprendemos poco a los personajes de nuestra realidad como a los de las novelas que leemos. No logramos concebir que desde una visión del mundo hay la historia de un hombre. El pesimismo de Schopenhauer no hubiera dado réditos en la filosofía sin la trágica y tirante relación con su madre. De igual manera el parricidio de la novela no sería tal sin un pasado explicativo del autor ¿Cuánto de Dostoievski hay en sus novelas? La relación narrativa-biografía está perfectamente marcada.

Javert, aún ficticio, no escapa de estas extrañas ligazones. No negocia. Quizás algo de su comportamiento lineal se explique en la historia lumpenesca de sus padres. Amor-odio-desprecio.  Javert se nos humaniza porque sigue un principio a partir del cual podemos comprender algunos eventos, no es un personaje maléfico, llega finalmente al dilema moral. No atamos esta aseveración al juicio de Hannah Arendt en la expresión “banalidad del mal”. El nazi Eichmann se esconde en el cumplimiento del deber, pero es una fría pieza en la maquinaria de matar de Hitler. Javert es un ser complejo que no logra comprender el vínculo entre su obsesión y su pasado. Algo rutila en su interior cuando Valjean lo desconcierta con su bondad. Este tuvo la oportunidad de asesinarlo durante las barricadas, pero lo dejó escapar. La nobleza insospechada de Valjean destruye la coherencia de Javert hasta desarmarlo moralmente.

Hay novelas que nos permiten comprender la sustancia de la que estamos hechos, la victoria del bien aún en la derrota y a algunos personajes que, para bien o para mal, nos representan frente a los más íntimos e insobornables de nuestros inescrutables espejos.

 

Raúl Mendoza Cánepa